HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

No volveré a escribir aquellos poemas. Ni destinados al blues, ni a los bares, ni al quiéreme ahora que se raja el cielo espada rota del quijote apaleado.
No escribiré al amor, de sabandija romántica ni anfibio de 7 agujeros, rompiendo tejados con embestidas de llamas, ni del nosotros, ningún nosotros, ni del dame tu mano, porque el frío ha sepultado mis ojos. 
Ya no llegan los acordes de los versos, a la misma cama, ni en mi cuerpo llagan la rebeldía de aquella payasa de ceniza y fango.
Porque me encontré muerta, conmigo a mi lado, tocando violines de maíz en ruinas hacia la pared que en su espejo, levantaba naufragio para atravesar mi hueso y hallar el beso de la nada. 
No le debo ya a aquellas que fui, tan lejos de la vida, ni venganza ni whisky, ni una noche de orgia en cementerios ni islas.
De aquella mía, sólo el impulso de su urgente asesinato, reviviendo en su cadáver, la danza del sol y la mar, luna encayada cuando tus brazos extienden lobos que atraviesan el inframundo, para llegar todo negros al mediodía del agua. 
No soy ya ella. No me busques en sus viejos escondrijos de raposa hambrienta, de rezadora de crucigramas de tiza, miel y coñac. Ni entre mis piernas quieras un beso para tu muerte. No soy ya la que guarda epístolas para formular réquiem. Ni acumulo melancolía para cargar pistola. Ni coso los pedazos de mi caballo de madera. Ni me grangreno heridas para afilar a Franquestein si es que te encuentro en el sótano de los muertos-vivientes.
No soy ya la que escupe al otro lado de la acera, usándote de chubasquero para robar en el río tu humedad maldita. Si escupo, lo hago hacia dentro, para delimitar tu calle entre mis costillas, ahogarla en mi útero y menstruar tu cementerio, a la luna que alta vive.

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