HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Me habló. No hemos arreglado el grito. Pero hemos juntado un instante. El grito es complejo, ambiguo, jeroglífico de un jeroglífico. Él se acercó y me dijo ¿se te pasó la ventolada?. Eso fue arrogante. Pero también es su forma de pasarme la pipa de la paz y de acercar piedras de fuego. Nuestro canuto siempre tiene una hierba algo amarga y nocturna, una gota de sangre. Nuestra comunicación a veces es más por señas de humo que por palabras. Siempre hemos jugado a los secretos. Al tirar y a la tijera. Al yo seré mucho más cínica que tú. Y yo más.

La bala sigue estando ahí. Es necesario desnudarla. Adentrarnos. Descorrer todos los diques del corazón y del escenario. Y ver entonces qué música o qué jamás.

Vuelvo con los perros. Está algo sucio el suelo. Los tejos tienen sangre. Hay que ir más rápido. Algo me hiere, pero es un gorrión que cruza el río, en su tez la nada escribió la armónica que presiente la furia de la noche. Su crueldad es la honradez.
Me olvidaré de ese opio. Con los suspiros de la mujer esqueleto saldrán los corales que el puerto quemó en sus labios de droga, y volverán al mar. Y entre palmas y tacones, convertidos en perros, encima de la luna, volveremos a cantar, sin cicatriz, intactos como la dinamita, como la primavera, como la memoria de los árboles muertos.
La canción cantó. Si chocó con la muerte, no fue culpa del corazón que pusimos en medio. Si ella regresó, fue porque nuestro barco siempre fue de contrabando y de nadie la tierra, porque era muy bella la amapola, porque sólo teníamos una cabeza, porque los fusiles fadaron desiertos que removimos en el canto de los leones. Porque dimos todo lo que teníamos. Y el Bosque quería más huesos.
Me olvidaré de tu noche en llamas. Tal vez, al cuarto vaso. Tal vez en la nieve haciendo trampolines con los osos. Me olvidaré del deseo de desearte cuando sólo somos vagabundos sin manada que jamás tuvieron un hombro, ni un verso de amor. No me dirás que no me vaya. No te diré que te quedes. Porque los dos, dormimos con Drácula. Porque caminamos serenamente de la mano de la muerte. Porque la soledad siempre pagó mejor el misterio. Porque ya lloramos sobre ésta tumba con otro nombre desangrando en el corazón. Porque alguien que no fui yo te envenenó todas las rosas. Porque alguien que no eras tú, me enterró el romanticismo en un cuchillo. Porque de lobos, las garras. Porque siempre hay una silla vacía en la taberna. Porque siempre hay otro camino para bailar la perdición.
Era una historia que empezó sobre el fuego cuando ningún leño calentaba el hogar. Era la casa, la lluvia en los huesos, el vino en la piel, intemperie sin botones ni liguero. Lo quise porque no preguntó mi nombre. Porque nuestra historia no importaba. Porque ningún mañana nos preguntaba la hora ni ningún barco nos hacía subir. Era una historia de una noche. 
Ese tipo de historias acaban como empiezan. Es mejor dejarlas marchar. Que canten su risa en los andenes. Son gozo y luna pasajera. Son sueños que no hieren, que no permanecen. Son música vagabunda que mana. El peor error es enamorarse.
Nuestra historia se alargó muchos meses, cuando sólo era flor de un día. Y a ciertas horas en la taberna ya no queda licor y un monstruo empieza a ladrar a los tabiques. Y llegados a cierto canto, sólo un alijo de huesos está sentado al piano sangrando rosas.
Ahórrate el drama. Fúmate la mar. Que corran los perros. Que se nublen los cielos. Que los rayos bendigan el camino incendiado.
Ahórrate la pena. Los peces nunca perdieron sal. Los zapatos rotos nunca dejaron deudas en la cantina.
Íbamos sin rumbo, sin tierra a la vista, sin pan bajo el brazo. Íbamos enredados como una calada de opio. Con el esqueleto del cuervo cavando la noche cuando nos distraía el whisky, la taberna, el delirio de la amapola, el sueño del hombre de hojalata. El puercoespín, el águila y la serpiente, el baile de perros sin tierra, ni porvenir,  ni hueso en el que encayar la mar.
Íbamos como dos ladrones robando estrellas entre las ruinas.
Borrachos de clavel y de luna, de ramas en la pobre en la mano, de alucinación en el sapo, de aurora boreal en la esquela del tiempo.
Agujereados por la belleza y el Sol. Hambrientos de paz y de hogar, rompiendo las cuerdas, quemando los muebles, tirándolo todo por la ventana hacia las vides de la lluvia.
Confundí tus besos con la mar.
Confundí tu voz con el poema.
Confundí tu alcohol con el barco.
Esa hoguera con mi casa.

Íbamos sin nombre, sin una costilla de menos, sin media naranja. Con harapos. Con soldaditos de plomo y Monstruos que nos llevaban a la primavera por el camino más retorcido. Íbamos con un muerto haciéndonos las notas salvavidas. Íbamos solos como la suerte, como la memoria de los muros. Como el sueño que soñamos.
Yo era una descosida. Tú una botella sin garras para devolverle a mi borracha el vino derrochado de la muerte.
Yo era una vagabunda. Tú un inmigrante sin país y sin billete.
Yo era un barco sin puerto. Tú eras un mar sin orilla.
Yo era la cuarta copa sin descendencia. Tú la ceniza reverdeciendo calaveras en el fondo del fondo del pantano sin luna.
Yo era una sombra con sangre en el tambor. Tú eras un animal hambriento evocando selvas en la droga.
Yo era un perfume lejano de la montaña perdida. Tú una huella extraviada del lobo.
Yo no tenía como tú nada, como tú, cicatrices de un cielo que huía. Como tú un poema sin manada.

Hoy cada cuál en su ruina, echa afuera las palmas y el vino.
Y no junta en nuestros labios, el pájaro.
Y no une en nuestro corazón, el corazón.
Y fada la marea. Y cada uno, en su uno, sin el otro, sin tierra, sin dios.


Porque vi la muerte.
Y tenía tu camisa.
Tu cigarro de hash. 
Tus sortijas de mar y rama.
Tu nube de sima.
Tu voz de cueva.
Tus labios de ginebra.
Tu andar de noche contra mi playa.
Tu romper de ola contra mi hoguera.

Porque detrás, estaba mi calavera, entre palmas y whisky, tragando arena, arrancándome los años.
Porque eras tú la última palabra en la muñeca suicida de la barandilla de la galerna. Porque eras tú la botella que acababa en la cintura de la parca. Porque otra vez, era el esqueleto fuera de la carne, tocando tambores al infierno. Porque el opio del delirio. Porque tan sola la soledad entre tus brazos. Porque tan rojo el vino. Porque tan loco el vals de los que no tienen nada. Porque tan bella la belleza. Porque tan lejos el sol. Porque no eras tú. Porque todo lo nombraste sin conocer mi nombre. Porque me enredaste con tu beleño al velorio que cantaba el beleño. Porque yo ya tenía mil tumbas en la tumba que abriste con tus besos. Porque los muertos nunca quisieron dormir. Porque el viento encayó en el relincho de esa habanera sin dios.
Ahora cierto silencio. Desmigar de urracas en la sombra del tilo. La nueva deshacienda de mi corazón, se echa andar y vaga. Sus muertos, son vino tinto. Hijos de estrellas fugaces. No son heridas de muerte, no son ni siquiera heridas de guerra. Son tumultos de cantina cuando la calle se vacía y las horas dan las deshoras. Son escombros y frutos del paraiso. Cuando el camino al Bosque tenía que quedarse sin nada.
Por eso no estoy del todo triste. Estoy triste con el dedo gordo del pie. Con la brazada del río. Con la montaña que pare otra montaña. Con el desierto que exige ahondar en su noche. Pero no mirar atrás. Otros veranos mueven los barcos. Irse es inevitable. Cuando uno se va así, nunca lleva nada ni sabe dónde pasará la noche, ni si será más frío el viento que vendrá. Pero cuando suena el coyote, hay que ir.
Tal vez yo no tengo casi nada. Una canción de liebres, antorchas que el naufragio prendió cerca de la luna y de la nada. Un corazón vagabundo y esquizo-tambor. Mis harapos. Mi canto de pan y de gorrión. Ninguna certeza ni casa que ofrecer. Pero sé que empieza ahí en mi pobreza, lo único que yo quiero conservar. Esa fe de los que ya no tienen mundo. Las ganas de tocar todavía una canción. 

Creo que éste invierno he estado poniéndome pellejos que no eran los míos. Los míos son muy pobres, con la piel ensangrentada, con petricor y hojarasca encima. Y he de volver sólo con ellos al bosque.
Mi soledad antes era mi fuerte, mi mar, mi mástil y mi cañón, mi isla, mi agua y mi tierra y mi fuego.
Luego se me averió una rana.
Me rozó la felicidad junto a los humanos. Y las brasas de mi corazón se hicieron torpes y taciturnas. Un aullido de Franquestein deseó todas las estrellas en un beso que descorriera sus escafandras, que socorriera sus noches clandestinas.
Y esa fue mi desgracia. 
Vulnerabilicé a las criaturas de mi bosque.
Porque alguien en mí no quiso volver a estar sola.
Pero ahora mi Soledad se ha puesto delante y detrás de mí. Y yo vuelvo con ella hacia casa. 
Fue bonito también el camino de la cantina y el puerto. De la pasión y el opio. De las canciones ebrias fumando a la luna en las esquinas. Fue bonito creer que habitaba el amor. Que el hielo se había derretido. Que los jabalíes tocaban palmas al pasar.
Pero no era del todo cierto. Una espina de nitroglicerina cantaba el adiós. Un cacho de mi corazón se recubría todas las noches con el frío. Un poema roto atizaba las grutas en mi Infra. Una palabra que no escuché retumbaba el Bosque junto a los monstruos, para que yo volviera.
No era él, el que podría abrir la mar en mis sombras. Sin querer, por vehemencia, por estupidez, porque los animales no piden permiso, él se hizo, el motín de Alicia. Él se hizo un cuchillo en sus venas. Un ladrón. Un Teatro que ya no conocía canciones de amor y que alejaba al Sol entre botellas.
Yo también fui culpable. Porque eché afuera mis perros de diógenes, mi pecado, mi extralimitación, mi alcoholismo, mi payasa de cobre y hojas, mi hambre de puma, mi pájaro de madera, mi quebranto de blues y gasolina. Mi mentirosa quimérica de las huellas de carbón de la liebre y de la urraca. 
Él era muy bello. Pero mejor que siguiera siéndolo sin acercarse demasiado.
Yo lo amé con mi desesperación y con mis sueños. Con lo que no tenía la tierra para nosotros. Con lo que no éramos cuando íbamos juntos de la mano. Con la mirada que él nunca descubrió en mi mirada.
Yo aticé hasta el último leño, la pasión de los poemas. O tal vez no hasta el último, me paré a la medianoche cuando el cuervo tocaba el canto de la mar. Cuando los trenes se habían ido. Cuando los carámbanos dibujaban mantequilla en las estrellas. Cuando te quemabas al tocar. 
Yo empecé a pasar mucho frío entre sus brazos. Mi piedra ensangrentada, sangró mucho más. Era hora de irse. Hacia los tuétanos del Polo Norte. Hacia la Huesera de la nieve. Era hora de volver a casa.
Cantan los gallos. Hoy voy a limpiar la casa, porque viene mi viejo. Él hace 15 años que no para por aquí. Aquél barco de la familia se había hundido y en sus ruinas no quedó nada. Éste pueblo fue una tumba para todos. Yo le he dicho que no quiero volver a la ciudad, que venga él a verme, que acá verá gansos y zorros, garzas y venados, que oirá cantar al cuco y a los sapitos, que el monte está muy hermoso. Que pasearemos a la vera del río. Que los árboles cuidarán de él. Le he dicho que para mí también está muerto el pueblo, pero que sus montañas están vivas y son muy bellas.
Hay que alimentarse en el Bosque y beber de su fuente. Hay que hacerlo en casa. Aunque se llegue del todo pobre, con piedras de hielo en el corazón. Es preferible pasar hambre que tomar alimentos que no sean del bosque. Porque eso empeorará mucho más el hambre y su sombra.

Yo voy entrando al bosque, algo malherida. Con nuevas heridas en mi cuerpo. Pero en el bosque esas heridas son musas. Son puzzles mágicos de los barcos de fuego de las montañas escarpadas, de la desnudez del hueso y su diccionario.

Atravieso un duelo. Y he de dejar que lloren y sangren los muertos.
Que las margaritas caigan en la sartén de la cueva y diga la verdad la luna. Aunque la verdad traiga también a la muerte y haya que darle lo que pide y cavar un nuevo agujero hacia la inhamación del Fauno.
Soñaba algo de que el alma estaba herida, y aplazó la incursión en la gruta, había no sé que zona del intra y otra del infra. El sueño lo explicaba todo en una especie de espiral. Y parecía que era la explicación metafísica del sueño anterior.

Ya ha subido el sol el monte. Busco las palabras. Anoche estuve algo triste, algo perdida por un extraño sentimiento que se introdujo en mi habitación y me hizo cantar no sé qué deseo de amor rodeado por un malecón de hielo. Yos. creo que está molesto por lo que le dije la última vez. Yo no quiero dar el paso de acercarme. Prefiero un tiempo unirme a las cenizas y al discurso de los árboles. Parece una cuestión de orgullo. A él con mis palabras le forcé de algún modo a distanciarse. Y ahora como dos niños nos escondemos el uno del otro. Yo quiero que sea él el que descorra la puerta de hielo. Él el que traiga un croak croak. Yo he sido todo éste invierno la que ponía la música y el tequila. La que regaba la marihuana. La que iba por ahí coleccionando lagartijas para luego cantárselas. La que iba, en contra de la hondura negra de Alicia, dejando siempre viva una cerilla para encender el fuego con él. Yo tomaba la iniciativa entre las colchas de luna y las bibliotecas de monte y jabalí. Eso fue dejando solo un cacho de mi corazón. Porque me ponía siempre a tiro, con taitantas botellas para el baile, muchas canciones las tenía que robar a las estrellas porque yo no las tenía.

Creo que esa forma de ser la ramera del opio. Es parte de mis años en el exilio. Esa forma de entregarme más allá de lo que debía, es el rasguño del iceberg bajo el que viví. Cuando alguien o algo roza una lumbre en mi corazón o en mi risa, yo tengo la oscura sensación, de que sólo por ello, le debo la luna. Como si yo escondiera un Monstruo que me dice que nada nunca será mío y que todo se irá. Una vieja cicatriz. Un discurso que dijo que yo nunca sería amada. Esa sombra vive oscura en mi subconsciente. También está allí K. Y esa ventana de éter que me emana como una cascada deconstruida incomprendiendo las fronteras entre el yo y el tú. 

Por eso. Y por lo que trajo la Polilla Negra. Yo ahora me voy al bosque, recojo mis escombros, mis rosas de arena y de calima. Soplo el rojo de la tarde. Dejó mis huellas en el barro. Y me voy.

Aunque mi corazón sea una escafandra ahí afuera. Aunque juegue a los jeroglíficos y al teatro. Aunque viva como si yo no necesitara para nada el amor. Alguien en mí sí lo quiere. Quiere oir un canto cuando las luces están apagadas. Cuando la fe se hunde debajo de las quillas del naufragio. Cuando ya todos van a renunciar, ver a aquél que trae el cóctel molotov y la guitarra. Que salva el amor, cuando todo pelea contra él en el Infra.

Vivo muy unida a mi soledad. A días y noches cerca del monte sin ver a nadie. Mi ser entonces viaja por muy extraños y lejanos lugares. Y también me gustaría oir entonces la palabra-corazón que descorra el telón y desvele la nocturnidad de los ciervos, y acerque la tierra mojada a los labios. Sentir que alguien sabe de esos lejanos montes y su noche y se preocupa de veras dónde estoy y quiera oirme. 

No creo que sea Yos, esa persona.
Alguna vez lo fue.
Pero ahora son tiempos extraños. 
Antes no me importaba que él no fuera. Yo estaba muy entretenida con la antagonia de Alicia, ciega de sus estrellas fugaces, instrospecta de mi brecha de etanol. Yo iba a él como se va al circo y a la cantina. Escondiendo mis harapos y cicatrices del infra. Deseando un baile. Aunque acá en mi suelo todo estuviera lleno de calaveras. Yo exteriorizaba un ansia de astro. Le cantaba algo todas las noches. Él no rompía mi hielo. Yo engañaba a mi hielo con mezcal. Él no lo veía. Y eso poco a poco, fue haciendo vanidoso a mi hielo. Fue haciéndome clandestina de sus profundidades. Y vino la Polilla. Y yo empecé a ir al Bosque sola. Y ya no deseé tanto el circo y la cantina. Y mis pasiones cambiaron. Y la soledad que estaba muy sola junto a Yos. empezó a estar acompañada en el monte. Y él no se enteró de nada.

El amor nunca se pide. Está y canta. O no está y se pierde en la bruma. Al amor no se le engaña con hongos ni con flautistas de Hamelín. No se le reza, no se le hacen ofrendas, no se le abre camino. Él lo hace.

Si no está, es mejor acudir a la bruma. Aunque se pase un poco de frío. Es mejor la honestidad de la bruma que morar el artificio del amor. Es mejor el frío que las luces de neón. Es mejor el desierto que el circo. Es mejor la soledad que las medias tintas del hambre y la deriva.

Dentro de unos días, tengo que pasar un par de días en la ciudad. Y eso me inquieta un poco. Me inquieta irme de la naturaleza. Estos días he vuelto a entrar en mis ciclos naturales, a sumergirme en mi abajo, en mi flor de piel del desierto y del bosque.
Ahora se oyen cantar a insectos y al cuco,  las ocas, el relincho de un caballo. Yo estoy agitada por la vida que golpea mi puerta y cambia de sitio todas mis habitaciones. Por la construcción de la casa para la familia de la psique, mi retorno al bosque.
Sé que a veces albergo un fuego que también es peligroso, cuando sacrifica con pasión ciertos cantos que pertenecen también a mi corazón. Aunque a veces es necesaria esa violencia. He de aprender a que sea creadora y armónica de mi camino. A que no sea el arder de todo y el delirio de la individualidad de Alicia en el alzar de sus sombras, y en el desquite de sus cielos clandestinos. Tengo que cantar. Tengo que respetar lo que trajo a la Polilla Negra y mi canto triste. A veces se me suben las revoluciones y el alter ego de Alicia, me hace descompensar mi corazón. Me da la adrenalina enamorada de la adrenalina... y algo en mí deja de pertener a éste mundo y ya no es consecuente con lo que se sufrió y se mutó en el Infra. Es necesario cierto ardor de pájaros y de animalidad. Pero buscar el latido que unifica a todos los animalarios.
Hoy volví a sentir mi violencia. La violencia creadora. La que me une al bosque. La que va con el ojo del lobo abierto ahí afuera. La que expulsa ciertas emanaciones. La que pertenece al corazón del Tigre, a la creatividad, a la sensualidad, a la libertad, al monte, a la dureza, al fuego, al canto de la vieja bruja, de la bestia solitaria, al secreto de su corazón protegido obligatoriamente con una odisea y con la puesta en marcha de la emboscada de las criaturas de la psique sino se respeta la ley y la música del Fauno. 
Comprendí que mi violencia, era puesta en peligro, en el sexo con Yoseba, y sobretodo en nuestros rollos amatorios y afectivos y humanos. 
Comprendí que la realidad que rodea a Yoseba y de la que yo me hacía cómplice para esconder a mi monstruo, era la realidad que estaba haciendo mucho más monstruoso a mi monstruo y mucho más hambriento a mi animal y a mi corazón. Comprendí que yo fumaba peligrosamente la luna por la promesa de humo de la danza de las serpientes. Y comprometía gravemente mi libertad, al jugar a ser semejante a Yoseba, al jugar a vivir en su mundo, al jugar a quererlo y a querer ir a su lado. A permanecernos. Comprendí que yo estaba herida. Que iba a la deriva. Que empecé a asimilar dentro de mí, ciertos sentimientos que no son verdaderamente mis sentimientos. Ciertos caminos que no son mi camino. Ciertas tabernas de locos con el corazón hecho mil pedazos que me embrujaron contra mi loba. 
Comprendí que mi violencia, mi sensualidad, mi pulsión sexual, mi forma de caminar y de sentir verdaderamente las vibraciones de la tierra, del agua, del fuego, está vinculada exclusivamente con el Bosque. Y que yo no me caso con nadie. Y que es sólo entonces cuando vibro mi corazón libre. 
Estos días he estado en mi Infra junto a la polilla negra, quitándome de encima el alijo de escombros y de muertos que llevaba sobre mi espalda e introspectándolos al gemido del árbol y del río oscuro. 
Ahora mi camino es seguir mucho más allá a mi animal salvaje. Devolvér el diástole del suburbio de mi corazón, a la fuerza de la noche. A la mariposa boca abajo. Ser otra vez independiente de mis anamalarios y quemar todas las cuerdas que añadan semánticas ajenas al bosque en mi pecho.
He quemado una carta .. y la he echado a volar para que se la lleven los búhos. Me ha costado mucho tragar hacia el fuego esas palabras sin dejarlas en un equivocado receptor,  esperar el cartero exacto para que hiciera vudú con esa sangre.
Aprendo ahora del silencio.
Recien comienzo a refrenar a mi esquizo-pianista y aguardar el rayo, antes de ir por ahí con mi cerilla. Echo la mano afuera y tanteo si vendrá lluvia, calima, o los cuervos tendrán demasiado calor.
Junto mis hierbas y ese botijo de agua. Y trago mucha saliva para poder meter mis pies en el río, junto cuando tengo que hacerlo.

Mi yonqui, está en cuarentena y me echa un montón de fiebre y de promesas de amor y poemas de dinamita por encima.
Yo me retuerzo sudando hierro fundido. Pero me aguanto. No los tomo. Espero a que baje el venado, a que suba la cabra, a que me asuste Monstruo. A que mi rosa eche afuera salitre o hongos.

Es una velada en abajo del río abajo. Con mi madriguera hecha de zarzamoras y copas de árboles. Mi hoguera ha empezado a primaverizarse. Mi pulsión sexual ha vuelto a rozar a la huesera. Yo antes la derrochaba en la cantina, en el velorio de Wherter, entre botellas de whisky y barcos que prometían el paraiso o la muerte, y daban las dos cosas en el mismo vaso. 

Al haber generado un dique en la inhamación que me hace el Fauno. Mi creatividad vuelve a su monte. Mi energía vuelve poco a poco a mi animal salvaje. Mi corazón va sangrando cascanueces, vídrios, hombres de hojalata, delirios de magma. Yo lo dejo sangrar. No pierdo el rumbo. No me paro si a llorar ni a desquitarme con caballos de apocalipsis. No me doy la vuelta para ver si alguien me sigue o si podré encontrar a alguien luego y cantarle lo que vi. No me distraigo en el reclamo de los cadáveres de mi corazón porque sino me volveré una estatua de arena. Dejo que me manchen con su muerte, que me cambien el olor, que me crezcan las pezuñas o el rabo en su hedor noctámbulo. Mi camino ahora son las profundidades del bosque. No se puede uno dedicar a podar el jardín. Las criaturas del bosque necesitan de todo el esplendor del cubismo, sobretodo de la luz de la mierda y del infierno, de la sangre fresca, de las heridas abiertas con honestidad. Sin parches. Sin canciones de cuna. Sin prepararé la cama para mi ramera. Ni dejaré a mi serpiente un nombre propio en mi cuerpo. Sin cortaré la flor. Sin recogeré conchas como dádiva para nadie. Sin querré salvar en mis ojos, los ojos que tú conociste. El camino es a vida o muerte, hacia el primer y el último hueso. El que lleva el canto de la sangre, del Sol y de la muerte. El que lleva el camino a casa, la única casa, el territorio del Fauno.
El café. Hay otro sonido. Tiene qué ver con la independencia del arrebato, con lo sanguíneo, con lo legítimo de la rabia. Con su deconstrucción de pájaros cuando sólo me oye el monte. Otra membrana va acumulando los cantos que eran oblicuos y unificándolos en otra forma de bailar.
Ya no tengo un nombre clavado en la espina. El monte me hace del monte. El poliamor y la nada, mueven los juncos, enyerban el crujir de las brasas, mueven el tambor.
Lo que trajo la Polilla también se polonizó en la noche. El descenso que subí en mis despeñaderos también desnudó mi mano para tocar esa canción, y me cayó de mirlos, guaridas de intemperie. El corazón es del lobo. La ebriedad de mi yo-medial, también lo sabía. El corro de la bruja, jugó mis cicatrices, me hundió mi propia pisada, cuando el objeto directo empezó a cambiar de sitio mi casa y yo dejé de oir al bosque. Pero el objeto directo, en el fondo era cuántico. El subconsciente del escenario escribió una obra paralela que yo también sufrí. La exteriorizó, la provocó como aludes en mis aristas y en mis desiertos. El magnetismo de la realidad ordinaria se asoció a esa brecha. Pero Monstruo siempre llevó mi timón.

Ahora conozco mejor mi debilidad. Conozco el nudo en el que ató una cuerda más. Conozco la herida que detrás seguía echando ingredientes al acto. Y tiro al monte. Viro todo hacia mi izquierda. Me entraño corazón. Y también mantengo esa piedra congelada en mi puerta. Antes yo la embriagaba de magma. Ahora prefiero que esté fría. Que vengan mis animales a abrirle los párpados. Que no lo haga mi hambre.
Eso hace que me refrene del instinto del fuego kamikace y que me mantenga en la velada del monte. Me despreocupo. Canto mi canción. Me encuentro con mis muertos, los abrigo en mis senos. Aguanto el insomnio, el baile de la cuchilla. Espero a que se despierte el Tigre. 

He cortado los brazos a mi actriz del esperpento. La mantengo dentro de mi marginación. Aguardo su amor nocturno. Le doy desierto para que trague noche y abra la amapola dentro y no fuera. 
Me sé otra vez ácrata y solitaria. Me gusta así. El invierno de mis cuadernos empieza a salirse de su tiesto y volver a la fuente. Lo del abajo del abajo, empieza a caer en mi cintura. El cuento arquetípico se abre en el tejón. 

Conozco mi Babilonia. Sé cuál fue la botella que brindó mi delirio, mi pecado, mi herida. Sé qué lunático canto me dieron sus sirenas. Sé qué promesa quise robarle al cuervo. Sé porque lo hice tantas veces. Y ahora lo trago hacia dentro. Escribo algo en la tierra del bosque. Y espero. No grito ahí afuera. No lloro ahí afuera. No tiemblo. No echó afuera la jauría del amor roto y su oblicua espada y veneno. Me acecho entre las ramas y el río. Me acecho entre los dedos de la muerte. Me vuelvo a reconocer en la bruma.  Empiezo a dar de comer a mi lobo.
Vengo del monte. Feliz. He tenido regresiones a instantes de naturaleza en otras épocas de mi vida. A instantes de reencuentro, de renacimiento, de aventura y asombro. Sentí muy adentro la primavera. Y algo que hablaba con el bosque desde un barco de papel, una tiza, una botella de vino. Algo que entrañaba el silencio a la vez que dejaba que las cascadas manaran. Me sentí enamorada de la vida y del camino. Estuve al lado de un arroyo, caminé algo lejos para llegar allí. Y tenía una especie de calma en movimiento. Reconocí en algún momento ciertos alaridos del abismo y comprendí que era parte de mi experiencia, una convulsión ante la belleza, una guerra que a veces se desata al sentir que estoy otra vez en casa. Algo de mi polilla psicótica. Algo de experiencias demasiado vehementes y extrasensoriales. Algo de lo que alberga mi cuerpo en el camino.

Seguí con la búsqueda de la comunión con el bosque, a la vez que se despertaba esa otra naturaleza profana y un poco punk, e iba y venía conmigo, junto a lo que sé del infra y de la pérdida, junto a la multitud, en ese diálogo con la naturaleza.
Alicia a veces es muy austera y radical del beso de la nada, del ejercicio de los rifles de los árboles, de los sarcófagos de la nieve. De la bala del beso de Monstruo. De la asexualidad del beleño y del cuervo de mi pecho. De la masculinidad de mi cuerpo cruzando como un desaparecido por la calle, junto a la calavera de una cabra, junto al hachís-Artaud y a la pandemia del agujero de gusano hacia el Fauno.
Alicia siempre quiso matar a Yoseba y a todos los otros humanos en su extraño camino de jabalíes y ríos de lava hacia los árboles de agua y de cristal. 
Alicia era celosa de no compartir con nadie el canto de su arco-iris. De forzar a mi niña perdida hacia el exilio y la salvajidad de los animalarios y el nadie y el jamás. 
Alicia estaba en el fondo encolerizada del hueco de la serpiente emplumada en un árbol de fuego. 
Mi medial, mi poeta, mi enterradora, mi pianista borracha, mi desperdigada coleccionista de flores, mi amante, mi suicida, mi cantora, era la que salía ahí afuera, y no Alicia.  Alicia se dedicaba en la ausencia de mi medial, a forzarme al arder de Troya hacia el Fauno. Y mi medial en la ausencia de Alicia, se dedicaba a llegar al Bosque, por el callejón, el cabaret, la cantina y todos los desperdicios y escupitajos que dejaba Alicia en el cadáver del ciervo. 

Por eso yo vivía siempre sobre el fuego y la deriva. No reunían sus fuerzas ni sus pasiones. No engendraban en mi corazón, su corazón unido. Me generaban dentro una cruel lucha interna. Una perpetua antagonia y brecha. Alicia quería expulsar a Yoseba de mi corazón y de mi camino. Pero mi medial siempre lo amó y quiso ir mucho más lejos con él y con la pangea, con el ardor de abril, con la tierra de nadie, con el poli-amor de los sapitos y de los tejos. Con la risa sincera y vagabunda de los nómadas, con su corazón triturado en el canto del viento. 

Alicia quería llevarme al Bosque, lleno de muertos y desiertos, con duendes, pero sin ni un humano, sin nada mío humano, sin amor humano, sin semejantes, sin vínculos, sin recuerdos, sin retornos, volar para siempre junto a los pájaros del otro mundo.  Y dejar mi corazón en la puerta como una piedra mutante y mágica. Alicia es muy desquiciada a veces. Cuando ella estuvo en el otro mundo el verano pasado era muy violenta de la oligarquía del Fauno y de la escabechina de lo humano. De mutar mi corazón y su herida. Quería echar pólvora, borrarla para siempre de mi cuerpo. Pero estaba en mi cuerpo. Alicia no quería que yo volviera a la tierra. Quería vivir para siempre en los hombros de Monstruo. Y era violenta como un alienígena de lo que me soplaban al oido los duendes del bosque. Ella se deliró. Porque quería devorarlo todo en el sueño del Fauno. Quería que mi medial sólo cantara su canto. Y destruyó la realidad ordinaria de mi medial en su puchero de brujas. Y a mí me gustó mucho. Sentía lo extraordinario, el éxtasis.

Cuando volví de allí. Volví desde un ataúd y su jeroglífico. Y lo que Alicia había amado, se volvió mi hambre y mi nitroglicerina, mi sueño, mi más profundo deseo, mi maza para abrir camino. Alicia quería volver allí. Pero ya no estaba conmigo ahí afuera, sino muy dentro, donde yo era éter. Afuera estaba mi medial. Alicia culpaba a mi medial de sus pérdidas. Mi medial seguía dentro el poema de magma de Alicia. 

Yo tenía una herida de gasolina en el corazón. Mi medial se alcoholizó del extremo de mercurio. Y alicia empezó a entristecerse de la urgencia de la noche y el desierto, porque mi medial en su fiebre y fuego, se metía por callejones y suburbios y sustituía al bosque con whisky y extralimitaciones varias. Alicia quiso romper cuerdas, naufragar barcos. Quemarlo todo otra vez y empezar de nuevo, al lado de la huesera.

Hoy tengo que unir a las dos. Usar sus dos gargantas, para entonar la palabra del bosque.
Ayer comprendí que para desentrañar mis motivos y mis formas de ir, de meter las patas en el fango, de beber la flor, de zarparme en la gruta de la mar, tengo que tener en cuenta, no tanto mi metafísica, ni mi autopsicología, ni la doblez de mi naturaleza, ni el 3 del duende. Sino esa criatura mía medial, irracional y enyerbada. El atentado poético. La fiebre de la cantina del sótano del barco. El rayo intravenoso. El fuego que flota en la cumbre y escarba tumbas con sus dedos. Esa criatura medial y lunática, es la que yo saco ahí afuera, la que interviene entre mis dos mundos, la que no reconoce sus heridas pero actúa con la sangre como piel. Es la catártica. La que me hace de puente. La que me pone debajo de su calavera, la que me hace remar con sus tibias y con sus gusanos. La que me echa en el vaso su pandemia, su rincón, el canto de su lápida y me sube las revoluciones en busca de su revolución.

Mi yo solitaria y espiritual, lobuna, asexual, mi escritora, mi fotógrafa de las venas de los árboles, desmigadora de sombras, hermana de la piedra y de la ausencia. Actúa en un lado de mi hemisferio, en el centro de mi soliloquio, en mi promesa del Fauno. Pero la que sale ahí afuera nunca es ella. Es mi medial, farandulera y alcohólica. Lo que hace actuar a mi medial, es una explosión de la seducción del fuego y del poema. Es un celo de tigres y de flores. Es un viento que agita la tierra y regurgita canciones desesperadas que me llevan como canto de sirena. Su pulsión, es la pulsión sexual, también la de Marte, la del poema del fracaso, la de mi zaparrastro y cabaret, la de mi payasa cantaora de gorriones, la de mi yonqui del Infinito. Ella navega entre la fiebre de un verso y un apocalipsis. Ella contradice a mi soledad y austeridad en el bosque. Ella contradice a mis naturalezas. Ella se agarra a una herida que hay en mi corazón y se muere de ganas de gasolina y de prenderle fuego a todo. 

Ella está muy presente junto a Yoseba. Como mi serpiente de dos cabezas. Ella siempre está en celo. Tiene un agujero del hambre del animal salvaje. El animal salvaje sólo se puede alimentar por el Fauno. Y cuando el Fauno no está cerca, esa criatura medial, toma todo lo que hay a su alcance como un canuto del delirio. Que provoca que el animal se ponga más violento de su hambre, que su agujero crezca y que el Fauno me envie pesadillas. 

Cuando yo vuelvo sola a la montaña, mi criatura medial, duerme. Alicia me cuenta el cuento de mi vida desde el cuaderno de un árbol. Yo me entraño en la espiritualidad del vacío, de lo que se marcha, de mi hueso desnudo hacia el venado. Escucho la lengua del río, de las flores. Me siento otra vez blanca, casi vacía y llena del cabalgar del Bosque. Y el cuento de Alicia toma acordes del cubismo. Pero Alicia suele olvidarse también de mi criatura medial y sus instintos. Por eso cuando vuelvo a salir ahí afuera, suelo volver a arder de la total deriva y desunión de mi psique. Porque mi criatura medial es la que lleva el timón. Y si Alicia ha estado escribiendo caminos y puertas sin tenerla en cuenta, ella sacará toda la metralla incontrolable de sus deseos y dejará a Alicia hecha un alijo de huesos extraviados colgados de una rama olvidada.

Mi dilema, mi contradicción, mi encrucijada, entre mi adentro y mi afuera, siempre me llegaba de forma cruel y salvaje. Porque yo no tenía en mi soliloquio la conciencia de mi medial. Porque mi medial también carecía de la conciencia de mi yo junto al bosque. 

Pero ahora soy consciente de esto. Ayer viví la fiebre de mi medial y comprendí que su poder en mí, es muy hipnótico y magnético. Comprendí que yo patino todos los poemas hacia el licor de su vaso. Comprendí que su energía es sobretodo la pulsión sexual, el corazón del marinero y del vagabundo, el cruce de Dionisio, el lamento de la amapola, su exorcismo, su deseo de poseer todas las estrellas, mi quebranto de bicho sin manada, mi hervidera de pólen, mi celo, mi deseo de todos los deseos, mi vudú, mi hachís, mi rata-dadá.

Por eso para armonizar a mis naturalezas y criaturas de mi psique, mi medial debe también aprender a refrenarse y a ser consecuente con el Bosque. Y mi Alicia debe aprender a enloquecerse por el juego de mi medial. Deben hacer las paces. Deber remar hacia el mismo océano. Alicia es a veces muy cruel, porque descabechina el corazón de mi medial y me obliga al hambre del desierto y a la comunión de los espíritus de la muerte y del bosque. Alicia pone también hambrienta y violenta a mi loba. Cuando le roba el sol y los motivos a mi medial. 

Mi medial estuve muy perdida éste invierno. Pero Alicia también lo estaba. Cada una tiraba a su territorio. Y eso me abrió una brecha de queroseno y tierra en el corazón.
Ayer durante un rato estuve de cuclillas en el río, con mi mano dentro del agua. Había un color metálico bellísimo en el río. Y las corrientes y saltos del río. Me hechizaron. Empecé a hipnotizarme por el agua, y la sentí una diosa, un espíritu vivo, algo que me prestaba durante un instante su inmensidad y corría por mis huesos, y rompía mis diques y mis resistencias y me ayudaba a volver a casa. 

Ayer conecté desde otra cuántica el renglón esnifado por la polilla. Se abrió otra expresión poética del cuchillo y del interior del bosque. Durante un instante se subió mi fiebre, me metí en el pellejo del pianista borracho, del vagabundo, del poeta atormetado por la belleza de la mar, sentí emanar blues opiáceos de mi pecho, una explosión medio alcohólica, entre mis ruinas y los dioses de los árboles. Y comprendí también que ese tipo de corazón había estado muy dentro de mi corazón todo éste invierno. Me costó mucho esfuerzo mantener el control. Silenciarme junto a la naturaleza. Me embriagó Dionisio. El hambre de mi animal. Un bandoneón y la mandrágora. Un cuento del naufragio, de la insolubre gota de sangre, del instinto de abordaje, del deseo a la enésima del deseo, de la extralimitación, del fuego. Comprendí que ese corazón había sido mi guía por la deriva de todos estos meses, la antagonia de Alicia, la fractura enamorada. Había una carga poética y seductora que me rasgaba sobre la jauría, sobre lo desbocado, sobre el mezcal. Y la bala que yo le había escrito a Yoseba se volvió su juego. Porque durante un rato estuve ansiosamente deseando enviarle otra vez whisky y luna llena. Y al no hacerlo y mantenerme en la tensión se fue desvelando en mi interior mi celo de tigres y mis delirios varios.
No hay ni una nube. Cantan los pájaros. Despacio empiezan a brotar los árboles. El resplandor también empieza a hervir en la sangre. He dormido muy bien. Anoche cuando fui al río, estuve sintiendo a través de mi útero, las regresiones físico-metafóricas empezaron a latir usando esas emanaciones, todas éstas semanas de atrás, yo sentía más bien con el corazón, la entraña y la mente. Ayer se volvió a despertar en mí ese otro diccionario que también tiene lengua y oidos y razones. Y comprendí que hay una energía muy poderosa y medio incontrolable que me echa cascadas cuando se despierta su deseo. Comprendí que la pulsión sexual es paralela a la situación del interior de la psique y el alma. Comprendí que el corro de la bruja también ocurre en ella. Y durante un rato me sentí como una flor hervida por beleño. Recordé a Yos... desde esa hoguera. Recordé la estructura inefable y el arrebato bajo el que nos unimos tantas veces en distintos nodos. Y traté de equilibrar mi energía hacia el Bosque.
Pensé en el hambre de mi animal salvaje. Yo estuve muy hambrienta desde que volví del otro mundo en septiembre o octubre. Y el hambre se manifestó en cierto alcoholismo, excesos, extravagancias varias, pero también en el sexo. El hambre del animal salvaje debe ser alimentada únicamente por el Fauno, porque si no se pone en peligro la propia vida. Ayer comprendí que yo esto no lo hacía bien. Tenía un hambre de nitroglicerina y de crepúsculos, de belleza, de Infinito, de eternidad. Y en el sexo, nunca nada me era suficiente. Eso era un síntoma del hambre de mi animal y de tomar los frutos de lugares equivocados. Yo por alguna razón, siempre asocié el sexo a la divinidad. Y algo en mí buscaba desde su acto poético el acceso al otro mundo. Pero había algo que me dejaba un hueco. Y era el hambre de mi animal y la paloma equivocada. Ayer conecté mi útero y mi celo, a la naturaleza. Traté de saltar ese acantilado.
Soñaba algo de que la sangre de la araña cruzaba un puente. Soñaba algo de mi un lado y mi otro lado y dentro estaba como el recaudador, el que tica el billete, era un sueño metafísico que encontraba una solución y me explicaba el proceso.
Yo vivo en mi cuento. Todo lo de alrededor es profano. Yo soy su teatro ambulante. El insomnio del bigote del gato. La butaca en llamas. El escenario en derribo. El papel que no dejó de escribir en sangre un final cualquiera para la obra que clavada a un hueso de mamut nunca hacía tierra ni comienzo.

Mis desvaríos hormonales con Yos. La guerra del jamás. Del todavía. Del agujero de carcoma. De la lágrima de madera del piano que vive bajo el mar. Del te quiero y no te quiero. Del rifle sangrando piedras y arañas, chocolate y jabón. De la botella de champán que siempre dice sí cuando yo digo que no. De mi monja portuguesa cambiándose de cartero. De mi renglón de nube y de cuchilla. Sólo es un cuento.  Yo soy muy dramática y egolatra de mi espinazo del diablo, de mi ojo de buey, de mi vacío, de mi isla y de mi ausencia. Pero la música sigue y no espera ni pregunta. El cuento es el sueño del Fauno. El Fauno corre mucho más rápido que yo. 

A mí de vez en cuando me gusta servir a la espada y a la copa de jugo de estramonio. Me gusta vestirme de negro, fumar muy lejos y muy sola, la vertiente olvidade de mis huesos. Echar jaurías desde mi vientre y arrancar a todo lo que dijo mi nombre. A todo lo que yo dije lejos de la noche del bosque.

Y entonces aullo y crotoro, ronquidos de galerna, pies de río, calavera de desierto, libros quemados, torres destruidas y la flor del cactus desposándose con la estrella.

En mis viajes de enterradora, no dejo nada detrás.

Pero luego pasa algo, una golondrina, un perro, una botella de vino o oigo esa canción. Y vuelvo tierra removida al beso evanescente del agua.

Con mi entropía en el pentagrama secreto de los árboles.
Me relativizo fumándome mi puzzle y menstruando sus cenizas donde las vides invernadas bajar por los puentes del Sena y regurgitan el último verso de Verlaine.
Me agujereo por mi fuera de campo. Me embrollo toda en mi esqueleto perdido. Toco el tambor de mi infamia. Extremizo los collage y lo que hay caido en mi suelo. Me lo pongo por el pelo, como sangre de crepúsculo. Luego juego a las tizas y a los corzos, a los saltamontes y a las escombreras. Estornuda el hueso de cabra. Embiste el monte. Mi garganta empieza a delirar otro canto. La mirada es cada vez más cubista y compleja. El corazón es un vagabundo con guitarra debajo de la lluvia.

Hoy volví a sentir la erótica de un blues. Mi piel se mojó amapolas entre la senda y las nubes. Lo que yo sabía se deconstruyó en la danza de unos pájaros que nunca paran en mi ventana. No sé si lo deseé otra vez o deseé el deseo o deseé lo que no es de nadie. Recordé esos vídrios de ginebra transparentando en el río un canto de oso. Me embriagué un segundo con todos los bares de la tierra. Otro animal entró en mi pellejo. Otro quizás. Otra duda. No sé si es porque las flores están en celo.
Porque el verde está más verde. Porque las barcas no tienen cuerdas. Porque de nadie jamás será la tierra.

Hoy es un día de vapor. Las palabras no me perforan la necesidad de escribirlas. He estado sumida en sensaciones, he rozado otra vez esa taberna nocturna, un sueño de mirlos, recoger las espigas e irme. Probar otros pájaros y otros caminos. Pero primero tengo que atravesar mi desierto. Sé que hay otros poemas que escribieron las torres que hoy se caen y que yo los deseé hasta el infinito. Esa tentación nómada, cínica de perros, ese placer por el placer sin que las piernas se arruguen de camino. Esa cerveza a deshora. El descaro de un calle vacía entre las piernas. Un cigarrillo robado a la luna. Una hoguera que venía de un lugar desconocido. La pasión bajo equivocados cielos haciendo exacto y perfecto el vino. Yo también quise entrar mucho más allá de lo que hoy me reclama el beso de la ruina. Echarme un vals agarrando el pico de madera de esa criatura subterránea, buceando en alcohol la lejanía de las estrellas, cantando lo que se canta cuando todo huye, cuando nada es nuestro. 
Yo también fumé de su boca, la puerta quemada, el absurdo enamorado de su centro, la deriva cabalgando la seducción de la grieta. Fui yo la que eché un órdago sobre aquella amapola. La que insistí sobre su supervivencia cuando se caía a pedazos el mundo. Hoy ya no la quiero. O creo que no la quiero. No sé qué podrá pasar ésta primavera. No sé si subo a aquél navío lo que querrá mi cuerpo. No sé qué tragará el beso para la selva. Si hay cinco cervezas. Si el prado está bello. Si la noche nos quiere quitar todos los tornillos. Si ninguna razón me convence. Si ningún horizonte me agarra la mano. Si late otra vez el beleño en mi pecho. Si desescribo el olor de la leña mojada. Si vuelvo a apretar el gatillo. Lo más probable será que lo errático lleve en su vaso el licor, lo más raro, lo que más acerque al precipicio. Siempre ha sido así, conmigo, en busca del Bosque. Mi cuerpo es cubista. Mi mente es el boceto de un fauno. 

Yo ahora voy bajo el dominio de la Polilla.
Pero cuando ella se ponga boca abajo, todo puede pasar.

Ese naipe se corta, juntando las cuatro esquinas y no con una tijera.

Muy oculto el corazón, es magma.
Hoy estoy silenciosa. Más instrospectiva sin la utilización de la escritura como motor. Más acuosa de eso que mana y no se sujecciona sobre el verbo, ni desarrolla sus cauces y afluentes. Sólo siente. Recuerda desde la tez del anfibio, desde el asombro de los árboles, desde una canción triste que también desenreda el esqueleto y entra en las zonas menos pobladas del corazón. 
La metamorfosis que empezó con la llegada de la Polilla Negra, ha seguido. Yo me he ido de todo para volver al bosque. Hoy estuve sintiendo vibraciones de mi inefable escarbarse y removerse en la tierra, poner a descansar su oido en el chopo, deteniéndose. No tomando armas, ni la urgencia de escribir o hacer. Era un ciclo distinto de sentir. De dejar que me hable a mí lo abstracto y no pelear yo su sonido en mi pecho.
Estuve sintiendo con el corazón. Ese corazón asustadizo de venado que sólo sale a la superficie cuando no hay absolutamente nadie.
Y esto también es parte de la construcción de mi casa. Hay algún lugar donde yo no vivo con la tensión de avanzar ni de escribir ni de exorcizar o cantar. Sólo siento. Y me abrigo en la naturaleza y me espejo en ella.
Entre los sentires de hoy, he tenido regresiones y mugidos sobre lo que me preocupa. Y las he llevado al interior de sí mismas y las he dejado nadar. Hoy necesito eso. Es parte para poder vivir en el bosque. Dejar que hable aquello que este invierno me estuvo vetado entre una botella de ginebra y un escenario. Su tristeza no me llega como tristeza, porque es una verdad sanguínea y acuosa. Porque me ayuda a ir a casa.
Ahora el café. Todavía no estoy del todo aquí. Hay otro descubrimiento en mis sentires que me echa como viento, se mece en la soledad del agua, canta en voz baja la madera, la tierra, el fuego. Sabe a despedida y a renacimiento.
 Ahora tengo que ir a ventilar la casa que alquiló Yoseba. Ir un rato al monte. Hoy estoy con un cuerpo de nube y de mirlo. Con una fuga de agua entre las palabras y los hechos. Con ese ansia de extenderme zarzamora y silencio, aunsencia que canta, casa que desaparece entre los ciervos. Tirarme en la hierba, mirar las águilas, cantarle a los cucos, irme hacia el bosque, perderme en él. No hacer nada más.
Vuelvo a sentirme dentro del monte. A llenar mi soledad con la naturaleza. A recuperar sus espacios y hacerlos una artesanía viva sobre el vacío.
Durante el invierno, yo jugué a ser quién no era y a ver qué se sentía. Jugué a los romances, a los bares, a volver a la humanidad. Pero ese no es mi camino.
Mi loba, mi alma solitaria, la que escribe, la que calla su historia en el río y se va. Nunca me dejará ser quién no soy. La náusea de monstruo, era el reclamo de su territorio.
Los sueños del amor, fueron bellos, fueron juegos animales, fue otro tipo de felicidad y de vagabundeo, fue la ilusión de tener una manada. Pero no son mi destino. Mi animal es solitario. Mi animal provoca una dualidad en Alicia, ella sangra y estrangula un hueso de gaviota en su corazón. Y entonces ella tiene que moverse. Y elige siempre a Monstruo, porque sólo Monstruo conoce su alma.
Hace un día muy hermoso. Yo soy feliz en el monte. Aunque la próxima semana tengo que ir un día a una cita médica a la ciudad. Iré y volveré muy rápido. No quiero vivir lejos de la naturaleza. La naturaleza es mi hábitat, es mi libro, es el espejo donde todo se desvela, es la vida. La ciudad es muerte. 

Todavía floto en un verso que se desperdiga. Un fuego cubista baja los renglones de mi casa por ese ojo de la aguja y cierra la herida de la mandrágora en una explosión sinestésica que a veces no puedo recordar mientras ocurre.

Subo mi monte. Aunque tenga que subir el olvido. Aunque lo deje todo colgado de una rama. Aunque sea como un venado sin piel.

Creo que mi camino, está cerca del jabalí, del pez, del árbol. No está en el camino de otros humanos. Sólo se cruza con ellos de vez en cuando, en la lluvia y en el vino, en el peligro de nacer sobre el arder de Troya, en un sueño de manzanas y sidra, en la espuma de brasa de un puente que vuela por los aires.

La bruma que emana mi corazón está viva en el bosque. Afuera sólo es teatro. Entre ellos, es cine de erizos y caracoles y monos, de secretos que duermen bajo el mar y nunca nadie podrá despertarlos. Mi soledad es innata. El teatro es innato. Yo deseo que su canción sea bonita. Pero sé que me iré a dormir sola, para poder dormir cerca del Fauno.

Los sueños de amor con humanos, son sólo pasajes del Teatro. Son botellas de whisky, liebres del delirio, cantinas a las que se entra y se sale del revés. Son un cacho de cubismo. La casa es el Bosque. El amigo es el lobo, la serpiente, la cigarra, el río.

Con los humanos siempre cargaré a la mujer-esqueleto en mi espalda. Y ella sólo se alimenta de Monstruo, sólo es libre junto a él.

Por eso yo no cantaré reproches ni el blues. No pediré a nadie la luna. No pediré el amor. Yo iré a buscarlo en Monstruo.
Todavía estoy en el viento. No pienso con mucha claridad. Estoy dentro de una flor. El canto triste hoy forma parte de la belleza del río. También cuida lo que no tengo en las manos. Lo que llevó mi grito de un lado a otro. Recogió a veces el hombre de hojalata, la vehemencia y la sal, a veces fue el regazo de una ruina, el soplo de un álamo, un papel vacío. La intimidad de mi extrañeza a veces es irracional, pero su anacoluto está muy dentro de mi corazón y he de seguirlo.
Mi piedra ensangrentada es algo de lo que sólo es responsable mi ser. Sólo yo he de reparar la sombra y curarme sus heridas, muy lejos de la gente.
Pero he de reconocer en las cicatrices de su corazón, el mío.
La sombra del corro de la bruja sino está solucionada vuelve a reproducirse en el exterior. Y ha vuelto a reproducirse con Yos. Yo sé que es cosa mía. Yo arrastraba muchos tempestades de marginación y horizontes donde no había ningún ser humano. También tenía muchas carencias afectivas que dejaron de ser carencias en el bosque. Algo siempre me señaló por dentro diferente. Una lejanía fumó en mi rostro el rostro de las nubes. En mi capacidad de amar, diez perros negros. Siempre tuve un soliloquio-armadura. Un soliloquio que se traducía en el exterior como Teatro. Luego el Teatro me perseguía, yo rompía entonces sus tratos y me iba con los lobos. Algo muy pequeño y muy frágil en mi corazón, era plomo derretido, era un campo estéril, era un mono de hojas y de ramas, era una ramera de la rosa de jericó. Era un desesperado deseo de amor donde había cientos de esqueletos. Era una ortiga. Un abismo ante la piel que lo rozara. Ante los ojos que lo miraran. Era un pánico de magma. Una emboscada interior. Una herida de guerra. Era mi agujero. Mi talón de aquiles. Mi tabú. Siempre lo mantuve en secreto. Siempre di a entender otra cosa. Pero siempre estuve muy unida a su cascada de sentires desde su hueso extraviado y ensangrentado. Ese agujero era el orificio hacia el Bosque y mi alma.
Con él, empezó a sangrar mi agujero. Yo elijo el bosque.
Soñaba algo de madrugada espiritual que hacía una transformación en mi interior, desde mi entraña, buscando el centro, había otro lugar en mí que me había provocado la violencia y el delirio, era como magma, y ese lugar se iba separando al otro centro que era la verdadera paz y había una comprensión de la existencia en un estado de conciencia muy díficil de escribir ahora.

He dormido mucho. Hace sol. Ya hay golondrinas. Busco las palabras.  Anoche estuve muy lejos con mi sentir. Son días bellos y algo violentos. Yo vuelvo a sentirme habitada, todos el tiempo empieza a llegarme como algo creador, han desaparecido esas horas de narcóticos y paredes y gritos de desolación. Ahora los instantes del infra también tienen un soliloquio más cubista.
Anoche escuché por primera vez ésta año cantar a los sapos. Yo estaba muy sentimental anoche. Sensible y a la vez belicosa de cierta intimidad que fui regresionando con Yos. desde otra perspectiva. Ya no bajo aquél hechizo de beleño. Pensé que en el invierno mi soledad estaba mucho más sola porque yo la había olvidado del interior del bosque. Y la relación con él, había abierto en mí una puerta de éter donde yo me iba a la deriva, deconstruyéndolo todo en el delirio de un pájaro. También pensé que mi exilio me había hecho suspicaz y a la mitad bruma. Que la sensación de mi monstruosidad se había reproducido poco a poco con él, hasta que regresó la polilla. Algo de todo aquello me había separado de mi animal salvaje. Luego me desperté de madrugada porque tenía dolor de regla. Vine a fumar un cigarro a la galería. El perro vino conmigo. Algo me preocupaba. Algo se movía al otro lado de la noche. Pensaba en la forma de poner un tajo entre nosotros. Pensé en decirle que ya no quiero tener relaciones físicas con él porque ya no quiero sexo sin amor, porque ya no siento aquello chamánico que sentía antes. También pensé en decirle que ya no quiero porque el Bosque vuelve a hacer asexual a Alicia.

Vengo del monte. He vuelto llena de barro. Kavka se bañó en el río y luego me bautizó también su alegría. He estado tirada en la hierba. Feliz. He visto pasar mi corazón por el río. Todo era melodioso. Todo se iba y permanecía en lo que viajaba sin parar, sin quedarse. El perro parecía un caballo que corría dando coces. Parecía un cuervo, un venado, un toro, un mono, un pez. La comunicación que tengo con Kavka es mi ideal sobre la comunicación humana, sobre el corazón-corazón, sobre la fiesta sobre lo trágico, sobre la vagabundia contra el civismo y el materialismo, la infancia otra vez sobre el timón. La belleza de la naturaleza resplandecía. Y mis tristezas se volvieron también parte de la naturaleza.
Siempre fui más feliz con los animales que con los humanos. Mi corazón, prefirió tratar con el río, con los árboles, con los perros y lombrices, con la mar. Yo tenía dentro muchos despeñaderos donde se había suicidado mi identidad social, mi reciprocridad social, mi comprensión de la realidad plural de los humanos. Yo tenía también heridas y aguijones en mi corazón. Un viento de sal que me fosilificó los labios debajo del agua. No era culpa de ellos. Era culpa de lo que me mostró el fauno en la sombra más sola de la tierra. Era culpa de la estrella que yo amé. Era mi camino.

Con Yoseba yo fui muy feliz algún tiempo, porque para mí él era un animal también. Y era mi amigo. Y nos animalizábamos con alegría y fuegos fatuos. Sin oscuridades humanas ni cívicas, ni culturales, ni ninguna moral, ni ley. Cerca del ritmo del bosque. En los ciclos salvajes del cuerpo y del fuego interno.

Pero con el paso del tiempo, el lenguaje de mi corazón fue atravesando el desierto. Y mi animal ya no era tan libre con él. Había algo del propio vínculo afectivo entre nosotros que se hizo un basurero. Había algo que volvió a hacer clandestino a mi animal. Tal vez también fue el viaje que yo hice desde la brecha. Pero volví a disfrazarme. Volvió a ponerse en mi pecho una mariposa de plomo y de cristal que él no revivía, que él no podía escuchar. Algo muy secreto de mi zona inefable líquida. Algo muy frágil y sutil. Algo muy pequeño. Hijo de un insecto. Hijo de una caracola. Yo estuve viajando también a viejos mapas del hueso extraviado y la sangre de las gaviotas. Pero aquella magia de duendes y de venados, fue entrando en la oscuridad. Yo necesito un beso de amor en esa oscuridad o me iré otra vez y será mucho más lejos. Un beso de amor no tiene porque ser lo que parece. Puede ser un juego de zarzas y cerbatanas de lluvia. Puede ser una zarpa peluda debajo del río, sacando una rana o una calavera. Puede ser una caricia de cabra sobre un acantilado. Una palabra en el barro. Una flor con espinas en el diástole de una roca. Pero yo necesito un beso de amor. Aunque mi ramera del lago quiera ella follar con todos los muertos y gusanos y revivirlos en sus pechos de bruma, y abrigarlos a todos en su garganta de fuego, si yo no recibo un beso de amor, ella se irá sola junto a todas las soledades. Aunque no quiera hacerlo. Se irá. Y su camino será la huesera. Porque ese ha sido siempre su único camino.
Hoy fue un día dual. Cuando estuve en el monte, sentí una belleza y una experiencia de la realidad muy salvaje y sagrada. Después discutí con él, yo no suelo hablar de mis sentimientos y le había expresado uno complejo que tenía qué ver con las sombras que rodean nuestra relación, él reaccionó a la defensiva, de forma egoista, y le dije que era mejor que corriera el aire entre nosotros, dando a entender que cada cuál siguiera su camino, que no nos acerquemos demasiado. Me puso algo triste esa tensión. Y me dormí y tuve un sueño muy rebelador donde la polilla tomaba lo suyo y yo permanecía en el bosque. Yo defiendo que cada uno debe lamerse sus heridas en el monte como los lobos y no usar el amor como un vendaje ni un medicamento porque eso sería una trampa para la naturaleza salvaje. Pero hay ciertas heridas que hay que atravesar juntos, aunque sólo sea unos segundos, es necesario esos segundos de mutuo reconocimiento. El lenguaje del alma a veces juega al escondite. Es necesario un segundo de trinchera en la noche oscura y mirar de frente al abismo del otro y abrir desnudas las manos y el corazón. Cuando el alma quiere hablar aunque use rodeos y literatura desde esa infra de las sombras comunes y el otro, genera su emboscada, es que esa historia está condenada al fracaso. Y eso es lo que yo sentí hoy. Yo abrí la vulnerabilidad de mi mariposa, algo del soliloquio de mis sentimientos más escondidos y dispuestos, y tres segundos después, eché afuera sus muros y cerrojos y cerré la puerta. Porque él no leyó mi corazón. Al final se trata de eso. Una relación sana, es en la que se puede hablar con el otro como se habla como un perro. En la que se puede jugar como se juega con un perro. En la que se pueden dejar las pupilas clavadas como en las pupilas de un perro. Yo soy bastante retorcida porque me pasé mucho tiempo hablando con el río, enfadada y desaparecida de los seres humanos. Yo a veces uso muchas trampas de escondite. De escafandras. De disimulo y fumar de montes y tierra de nadie. Pero a la vez, tengo una visceralidad que siempre me pone la sangre en la boca. Y cuando me arriesgo y recibo un viento muy frío, me voy con los perros. 

Alguna vez él y yo, éramos como dos perros, como dos venados, como dos tejones. Y por eso lo quise tanto. En aquél entonces hablábamos el lenguaje del alma. Sin armaduras. Sin sombras. Sin peros. Sueltos y libres. Hijos de la hierba y de la noche. En el placer de los cuerpos, en el silencio, con el hueso amarrado al bosque. 

Luego la sombra fue barriendo también para su río del olvido, recogiendo ciertas gotas de sangre y muertos que íbamos echando en la fiesta de nuestra felicidad.

Una relación real de animales que se aman, atraviesa obligatoriamente el río del olvido en busca de esos huesos que cayeron, aunque sea convertidos en murciélagos y momias o en raposas y muñecos de vudú, entonces salva el corazón del lobo. Salva al Fauno, y permanece, aunque ya nunca vuelva a tener una noción humana. 

Una relación que no se atreve a tocar a la muerte, es una mierda de relación que sólo valdrá para tomarse un whisky y escupir un hueso. 

Yo nunca tuve un amigo que viniera conmigo a la llamada de la muerte. Y yo siempre estaba pegada a la muerte. Yo no solí enfadarme por eso con mis amigos porque mi loba era egocentrista y mi niña perdida nunca había conocido a nadie, pero siempre que eso sucedió me volví puro Teatro y mi corazón perdió el interés, dejé entrar de nuevo la bruma, la doble cara de mi estepa, y sólo estuve ya a la hora de la cantina, con mi rata dadá pagando el trago y cerrando la puerta al salir.

Con Yoseba ahora estoy justo en ese sitio.



He de vivir en mi lejanía.
Su gruta, su malecón, su lágrima, su esperanza y su vino, es mi camino al bosque.
Es el beso de la rareza. Es lo universal del cubismo. Es mi naturaleza.
Mi naturaleza no es ser la amante, ni la hija, ni la hermana, ni la madre de nadie. Sino del cubismo y del Teatro.
Yo no soy la que cuido la casa.

En mi subconsciente hay un cortocircuito y una radio averiada y virus y pajaritos, que me envía la idea de la humanidad que me envía la otredad y el exterior, la idea de las relaciones, de lo real, de lo normal, de lo anormal,  del amor, de la moral, de lo aceptable, de lo inaceptable. Pero eso siempre fue una garrapata sin perro en el que comer y vivir.

Esas nociones nunca fueron mi noción. Aunque también quisiera experimentarlas. Aunque las sufriera. Aunque las tuviera que cagar cagando una avestruz.

Mis nociones fueron el cubismo y los bailes de los perros y de los jabalíes. El Teatro, lo tuyo es teatro, puro Teatro.

Es mi rareza mi fuente.
Es mi soledad preñada por faunos, mi país, mi cultura, mi mamá. 

Por eso yo nunca tendré un novio humano, ni una familia humana, ni un destino humano.

Porque lo humano me lo envió el espejo lunático de una bruja. 
El amor tampoco me lo dará un humano. Me lo dará un aquelarre y un baile de disfraces en la casa de Monstruo.
Ya he vuelto. He parado sólo un rato. Fue un rato agradable, al pio pio. Y al irme lo más rapido que pueda. Yoseba y yo, vamos a pintar la casa. La mitad de la casa está deshabitada. Tal vez llevemos alguna cama de mi casa para allá.  La casa tiene alguna avería de la luz, falta de muebles, algún cristal roto. Como yo fui al croac croac y al irme, lo dejé todo en el aire y a la sidra. Ellos vendrán a primeros de mayo. Y creo que todo estará todavía medio desmantelado. 

Mi forma del croac croac e irme. Lo hago también con Yoseba. Lo hago con todos los humanos. Todo me parece bien, besado por un poema vagabundo. Yo recojo mis juncos y me echo al río. Yo no fado. No pido. Tomo el humo, me recojo en el humo, me voy siempre sola. No expreso mis sentimientos. No me siento igual a igual. Tengo una hermana lagartija y un pato. Un vuelo de marihuana. Un escarabajo rojo. Un adiós miña terra. Me entrego porque en realidad nunca me entrego. Oculto siempre el naipe y el órdago del beleño. Una muñeca de tiza en un pentagrama de sangre. Una soledad que nunca se va con otro. 

Me parece todo bien. Me parece bien cuando él es un cínico, cuando es un arrogante, cuando me desoye, cuando es un idiota, cuando es bello, cuando es medio cuervo y medio rata. Cuando se va. Cuando viene. Cuando lo quiero, cuando no lo quiero. Cuando me da frío, cuando me da mezcal. Cuando no me da nada. 

Yo carezco del orgullo y de las haciendas de lo humano y su corazón. Mi orgullo es del perro negro. Mi corazón es el del gorrión y el del lobo. Por eso siempre hay una lejanía con los humanos. La reciprocridad me la da un duende, el mar, un árbol, lo que calla la noche, lo que desvela a la que escribe.

Yo soy como un viento de vacío entre los humanos, como una estatua de arena encima de un mástil. Como la madre-ramera. Como el olvido. Como la lengua de la caracola. El laberinto del Fauno, me protege con un poema de fuego haciendo un jeroglífico entre mi adentro y mi afuera. Yo siempre me relaciono a través de una metáfora que arde. Entre el adentro y el afuera, hay un monstruo del bosque. Por eso nadie llega adentro y yo nunca llego del todo afuera. 

Con Yoseba yo actúo muchas veces como la ramera de la mandrágora. Como el alfil del etanol. Como el caballo del queroseno. Como la flor de primavera siempre viuda. Como un mono hecho con hierbas y ramas. Como mi parentesco con mi madre-muerte y mi siempre adiós. Yo no me escandalizo. Yo no pongo mi casa en medio. Yo no pido el amor, ni la palabra, ni la luna. Yo no pongo mi corazón en la mesa, entre el cuchillo y el mar. Yo tengo mi corazón mordido en el Fauno. Yo siempre me marcho. Y aunque por dentro llore y grite por conocer lo que es quedarse, lo que es tocar de veras a otro humano el Fauno siempre me lleva con él.

Como en media hora quedé con ese tipo, hoy me cambiaré de ropa. Hace muchos días que me pongo ropa montuna, que no cruzo por el pueblo, que no voy ni a comprar pan. Vuelvo con ramas y con hojas en el pelo. Me velo con barro. Me velo con la distancia de los árboles cuando caminan. A veces se me caen fotografías en blanco y negro bajo los charcos. A veces el corazón de una urraca, me roba la mirada y la voz. Me detengo de hierba. Mi pensamiento se pierde por el orificio del río. Mi historia se acaba donde el Sol tosta las flores. No me cargo ni me llevo. Me disloco de nube, de brizna que se marcha. Me instrospecto de soliloquio de erizo y madreselva. Me borro con la tierra húmeda.
Y el paisaje de la gente del pueblo, se convierte en un caldero y un pozo que baja y sube, sacando y tirando agua, sin que nadie mueva la manivela, un espectro de cuervo o de perro, tan sólo. Me abriga que todos ellos estén muy lejos. Me abriga que nadie pique a mi puerta. Me da seguridad y abrigo saber que nadie me dirá hola si me cruzo en su camino. Eso me hace sentir que el pueblo es como un dibujo animado que pinta una cabra. A veces disfruto escuchando los gritos y risas de los niños. Esa motosierra. El claxón del panadero. Las ancianas que van a dar de comer a las gallinas. Me parecen hasta bellos los vecinos del pueblo, porque están al otro lado de la caverna.
No hay nubes. Cantan los gallos y el cuco. Me pone muy contenta el cuco, me recuerda un regurgitar de un duende, de la risa de la levedad. Cuando camino con alguna tensión y oigo al cuco, esa tensión se afloja, algo se ríe, algo me dice que todo va bien. Me ha llamado el casero de la casa que alquiló Yoseba para que vaya a verlo en un rato. No sé para qué quiere verme. Yo hice algunos chanchullos de dinero con él en petit comité, sin que se enterara Yoseba ni su familia. Él me dio a mí las llaves. Al final nos regaló por el mismo precio dos meses más. Cuando le llamé, yo le dije que era asturiana. En éste pueblo la gente no se fía mucho de mí. Pero luego le confesé quién era, y al final él era amigo de mi familia. Él no vive aquí ni para mucho por aquí y no tenía prejuicios hacia mí. Simpatizamos. Me hace ilusión que Yoseba pulule por aquí y que cada uno tenga su casa. Que Alicia se refrene en la Soledad, en los tiempos del bosque, que se genere el motor de esa metamorfosis de los arquetipos que me hechiza Yoseba con la alegría de los trasgos y de la marihuana. Que se desvelen los secretos alrededor de una hoguera. Que la antagonia que pelea en mí contra él, salga a la superficie. Que sea cantando. Que todo se experimente. Que el celo y la pulsión sexual que nos ha hechizado y puesto patas arriba a la casa, vaya hasta sus orígenes y resuelva hacia el bosque. Que lleguemos hasta la mujer-esqueleto y ella nos una o nos separe. También me apetece mucho conocer a su primo. Vendrá creo que en Julio. Él y yo tenemos muchas más cosas en común que Yoseba y yo. Y a través de su madre, lo he amado, he sentido algo muy abstracto y bello, sobre él. Algo que me punzó el corazón. Él vino de la pobreza, de una vida de furgoneta y saco de dormir y venta de cobre, tuvo experiencias muy cercanas a la muerte, se metamorfoseó hacia una espiritualidad marginal e invicta. Vive entre comunas hippies y trenes. Vive entre los marcianos y los corzos.
Me apetece dormir bajo la noche estrellada vestidos sólo por soplidos de ciervo. Enrocar al Fauno en la casa del Fauno. Deshacer de Yoseba el hechizo ese que me hace a veces ser una vagabunda, y devolverlo a las ramas de los árboles. Poner en la mesa el licor que trajo la Polilla. Independizar otra vez al lobo.  Escarbar con hierro derretido el corazón y que saque afuera sus escondrijos y sus secretos. Volver a portar la indiferencia felina, cuando todo el campo es orégano. Descubrir que armónica escondía el poli-amor entre los tilos. Romper ciertas cuerdas. Y levantar ciertas madrigueras. Quitarse problemas que el pronombre sin querer se anilló en el dedo. Ser más consciente de lo que la energía sexual nos vinculó, cuando no lo sabíamos. A través de la energía sexual a veces se tiene un vuelo chamánico a extraños arquetipos oníricos. La energía sexual genera algo plural. Genera un deseo de retorno. Hay algo ahí que junta la energía negativa y la positiva, y asalta en un nuevo polo, una catarsis. Hace que lo velado, que el fuera de campo, que aquello que el corazón calló, se agarre a un pájaro que jamás mantendrá el silencio. Hace que el Infra también eché a volar. Hace que el cuerpo busque a su animal salvaje y también incendia los nudos, las llamaradas del olvido y de la resistencia, los diques del bosque, los secretos del bosque. Entre él y yo, queda un secreto que desvelar.
Soñaba algo muy raro, un extraño suicidio, y antes de eso había un coche que recorría como sangrando las calles. El que se suicidaba era un árabe, y había una especie de ley y gente que prohibía los suicidios, y alguien dijo que como van con túnicas es muy fácil acuchillarse y hacerlo de forma más sencilla, otra voz dijo que se había suicidado en el monte equivocado, y otra dijo que eso parece desde fuera, pero que desde dentro ese es el monte de su principio, por eso es el del final, porque el final es el principio.
He hablado con él. Y hay algún hechizo entre nosotros. Algo extraño que a veces confluye en el bosque y a veces en la perdición. Un deseo de desearnos, una pelea, un soliloquio que se ha mantenido en secreto. Un hueso del corazón que se ha quedado en el fondo de la mar. Un hueco. Y una convulsión de primavera. Algo extraño que llora mientras ríe. Que a veces se embruja de mandriles y entonces baila y ama y es leve, mundano, profano. Es contradictorio lo que siento por él. Siento que es algo pasajero y mortal, algo medio equivocado, algo que a la vez es compañero con un afecto de estrellas, con mutuos cuidados en ninguna parte junto a los animales. Algo antagónico y a la vez con espuma de mar y mezcal. Algo que no casa, que no se queda, que no se compromete. Sólo vaga vagabundo. Y mientras la primavera explota el reino de la polilla. Vendrán marejadas. Los mástiles darán vueltas de campana. Los pájaros recordarán el camino a casa.