HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Ayer fue la felicidad. La montaña, la bicicleta, el amor, el vino, el deseo, la música. La felicidad no alimenta versos, es en sí misma, la metáfora nace de la complejidad de un hueco, la necesidad de escribir viene de una contradicción, de un error, de la sed, de la soledad mirándose al espejo. Cuando la vida es, la duda no está, todo se hace a un lado, brota el viento en la médula del viento, en sus piernas, en sus dedos, en sus ojos.
Otra cosa será que no me libraré del reclamo del fuego.
Ayer bebimos demasiado champán. Hoy me despierto todavía entre sus burbujas, la resaca del éxtasis, el día desconocido, enamorado y torpe que me acoge. 
Tuve un sueño que me explicaba lo que éramos Yoseba y yo,  era una mezcla entre amor libre y comunismo libertario, en el sueño todo adquirió un sentido total, sin problemas, con la albura de una caricia de fuego, de una isla, de una repetición perpetua de la felicidad. Aunque ahora lo recuerdo confusamente. 
Todavía me siento en la bruma. Tengo un poco de resaca, ayer nos llegó la madrugada al caer inconscientes del deseo, de la música, del placer. Ese tipo de cansancio que borbotea por los poros el fruto del amor, el carpe diem, la más bella noche. Fue a la luz de las velas. 
Ahora busco los dedos del sol. 
Con él nunca es igual la forma en la que nos amamos. Y ayer fue muy profunda, había un ritmo, una canción del cosmos sincronizada entre los dos, algo muy sensual y salvaje, muy rojo, algo que me hizo volar cien mil estrellas en un gemido de océano y bosque abierto en canal sobre la luna. Ahora me parece un sueño. Mi cuerpo bosteza la inmensidad.
Yo me despierto primero que él. Estoy acostumbrada a ver amanecer, a aguardar el día cubierta aún por la noche. Y aunque ayer durmiéramos muy tarde, tengo ese despertador del jabalí y del romero. Estoy emocionada, tramando aventuras donde perdernos, llegarle a su cuerpo, entrarle amanecer de coñac, robarle el sudor de sus sueños. Llevarle el desayuno entre mis piernas. Y desfallecer el suicidio del tictac.
Irnos a comer por ahí, con vino tinto, con olor a madera quemada.
Conquistar el olvido de las montañas.
Entrar al cementerio por la noche, o ir a robar la geografía de la duda, donde presiente el canto, el asesinato de la policía.
Tentarle el pecado cuando aún está distraido por los pentagramas de la tierra húmeda, serme cansancio en su cansancio robando la forma del gemido.
Vivir sólo la vida. Evitar sacar ese discurso que a veces explayo contra la humanidad. Evitar que mis trapos sucios se vuelvan arrogantes. Estos días quiero la inconsciencia y la inocencia de los pájaros. No beber tampoco demasiado porque sino a veces se me descorchan las tabernas de Poe y mi humedad se vuelve algo macabra y perturbante.
Ayer llegó Yoseba sin avisar. Todo fue muy apasionado. Yo estaba justo en la ducha. Él me llamó por teléfono y dijo que mañana no vendría. Yo me puse algo celosa y entre bromas me descubrió que estaba en la puerta....
Me he despertado demasiado pronto y ayer trasnochamos mucho, el exceso, el amor, las ganas de palparnos, de recorrernos, de bebernos, de agotarnos. Llevábamos muchos días sin vernos y la intensidad estaba mucho más ardiente. A flor de luna, expansión del gemido, primavera eterna de los amantes.
Ahora estoy algo cansada, empieza a amanecer, pero quiero seguir durmiendo un rato. Hoy haremos muchas cosas, entre el amor y el amor, subiremos al monte, montaremos en bici. Quiero enseñarle unas antiguas trincheras de la guerra civil. Quiero enseñarle un arroyo que descubrí en una montaña. Quiero fundir los árboles muy adentro mío y compartir su jadeo, los poros de su piel, su mirada, su raíz de rayo.
No le he dicho nada más sobre lo del amor libre. En realidad cuando estamos juntos sólo somos nosotros, todos los universos. Creo que a él le molestó.  Yo saqué el tema, cuando estaba enfadada, cuando me daba miedo amar y ser herida, ser secuestrada, necesitar, ensangrentar mi corazón por un nombre, cerrar una puerta y ser asediada. Algo, cuando estamos juntos, hace que todo lo otro se vaya. Tal vez no haya nada qué decir y él comprende. Ayer cuando salió el tema donde surgió aquella discusión, él dijo que yo era una caprichosa que quería que mi deseo se cumpliera siempre ipso facto y que sino se cumplía me enfadaba. Yo le dije que había vivido mil fracasos y que conozco los deseos de los colgados, y que aunque es cierto que a veces soy así, es porque me explosiona el corazón la necesidad de la luna y la luna es también muy caprichosa.
Nos amamos muchas veces ayer. De otra manera, más salvaje, más profunda. Succionándonos un nuevo perfume de los que hemos sido en nuestra ausencia.
También fuimos al monte en la noche a ver las estrellas, cruzaron dos estrellas fugaces, nos amamos también entre aquellos árboles.... ahora ya debo dormir, aunque esté emocionada, con los ojos abiertos en las amapolas. Gastaremos muchas energías. Devoraremos el sol.

He ido al río. Todo estaba teñido de hojas, un contraste vehemente de un gemido secreto que las máquinas de escribir de la distancia incendiaron contigo aquella noche tras el escenario. La explosión del amor cuando nadie pregunta por él.
Tal vez soy alguien extraña. Te desquicié el fondo del vaso, te reclamé el alcohol de todos los bares, te obligué a ser el agujero del cielo, el dios, la espada, el infierno y el paraiso. Te quise animal, océano, cumbre y cueva, la noche más cerrada, el alba de cristal y amanita. Te obsesioné de mi hechizo, de la zarpa, del deseo incansable, de la sangre, del orgasmo perpetuo.
Te mentí. Y te dije la verdad con las venas fuera de mi cuerpo.
Me deambula el instinto del fuego, un fuera de campo agresivo y amante, de un poema pulverizado en el horizonte. Yo soy la que me alejo y la que nunca sabe irse.
Sé que llevo la sombra de quien obligatoriamente se queda sola para hablar con el sol. Para confesar la tundra y extender sus manos y que acojan al agua.
Y sin embargo, llené de ti todos mis rincones. La contradicción inflama la ranura de la tierra con la que el ojo atravesado de Alicia aprendió tu nombre.
No es algo sensato. Es hermoso, incomprensible, sanguíneo. No es la compensación de una morada. No es la estabilidad. No es el reposo. Nos tenemos en instante de inflación amarrada a la explosión. En el yin y el yan del cronómetro de una bomba. Nos tenemos en el golpe que nos destruye, y en su punto álgido donde nos fundimos como un ave y la mar.
Llegaste a mí como una guerra y el hedonismo, como el diccionario del mundo imposible, como la puesta en marcha de la huelga general de mi vida cotidiana. No te convertirás en un abrigo. Es una pasión de Babilonia, de bestias, del país de nunca jamás, del primer y único amor, del nunca más del Cuervo, mezclado a eternidad con la afirmación de Robinson-orilla del naufragio sobre el que nacimos.
Hemos avivado todos los círculos viciosos. Hemos hecho una grieta en el laberinto. Hemos osado algo que desconocíamos, y a fuego sus consecuencias, desvelan poemas de lava. Es tarde para evitar la mordedura. Y mucho más tarde para arrepentirse.




Te lo dije, ensangrentada. Lo tomé de ti, como un secuestro con violencia, rozando la medianoche de mi olvido, penetrando la isla por la fuerza.
Lo supe todas las flores del viento. Todos los pájaros liberados. En nuestros cuerpos, lágrima de arpía, vendaval del paraiso. Me derretí en tu piel, sabiéndolo ya todas las montañas de nadie. Reconocí el mismo puñal y la música tocó la sinfonola de mi deseo, teatro subversivo del ausente pronombre. Sin piedad. Sin perdón. Sin jamás arrepentirse.
Te ajé con pasión de leona a la calzada asesinada de un destierro. Te até pistola a mi pecho. Te bebí adiós de pólvora en cada duelo. Te busqué cacería de los que se siempre se van. Sangre insolubre del poema de amor que ya no tenemos.
Te abrí mis piernas como una casa en ruinas, como una plaza pública, como un cementerio civil y la serpiente emplumada y el corazón de la luna.
Me así a tu viento, huracán y vacío, vagabunda y furtiva, te supe contra mi casa, anarquía e infierno. Te supe contra mi madre, flor prohibida, droga, perdición, mi desheredero. Te di mi palabra como se roba al cielo y en las manos temblorosas del muerto aún se sostiene la memoria de la mar.

Esa noche, entre cervezas y porros, le dediqué ésta canción, se la canté, tentándole la rosa del hambre y de la eternidad con mis dedos, toda enamorada, con fuego en su fuego....como mi promesa, mi herida, mi rock, mi yo también te quiero, y me hace lo mismo que a ti el vino tinto.

A él no pareció hacerle mucha gracia. Pero la orgiástica noche me dio la razón, y él hizo lo mismo conmigo y volamos todas las estrellas.

FULANOS DE NADIE

Vivías lejos, nunca supe bien
si tenías nombre, también lo olvidé
son las cinco y Palermo tiene poco que contar
en casa y dos vinos si prometes que no te enamoras

Subimos a un taxi fantasma, asomaban los hijos del sol
otra noche, otra almohada lejos del nido... y yo...
sin caparazón

Siempre esta pata de palo fue mas zorra que mi corazón
y asi quedamos, fulanos de nadie, (de nadie) de nadie (de nadie)
Y está jodido mojarle una oreja a la soledad
digamos poco, preciosa y brindemos por lo que viene y se va

Por ser de estreno el asunto no estuvo tan mal
no hay besos campeones en un primer round
después nos dormimos, creo que ni te abracé
afuera llovía como la penúltima vez
junto los vidros de un vaso, mientras desayunas un papel
y planeamos un viaje a Gesell que jamás vamos hacer


Siempre este parche en el ojo, fue mas lejos que mi corazón
y asi quedamos, fulanos de nadie, (de nadie) de nadie (de nadie)
Y está jodido mojarle una oreja a la soledad
no digas nada, preciosa y brindemos por lo que viene y se va
..lo que nos cura se va, siempre se va, lo que nos cura se va
siempre se va, lo que nos cura se va,
se queda un rato, nos mima, nos miente y después se va, después se va

Siempre esta pata de palo fue mas zorra que mi corazón
y asi quedamos, fulanos de nadie, (de nadie) de nadie (de nadie)
Y está jodido mojarle una oreja a la soledad
llénate el vaso, preciosa y brindemos...
por lo que nunca será.
No sé bien qué somos.
No somos novios. Aunque hacemos lo que hacen los novios, menos hacernos costumbre, ni la seguridad de un quién que regresa al corazón, ni del "nosotros" para navegar contra el aqueronte.
No somos una línea recta.
No somos el chantaje de un futuro ni de una morada, ni sus flores, ni su espina.
No somos el cuenta conmigo, te estaré esperando, te cuidaré cuando tengas frío. No somos el pienso como tú, ni el yo también, ni el "si tú me dices ven lo dejo todo". No nos somos te subiré cuando caigas. Ni te comprendo. Ni pase lo que pase.  Pero tampoco somos sexo de una sola noche, ni sólo un rollo de verano. Somos la pared que nos sujeta si estamos borrachos, la nube que nos impide rompernos la cabeza en el asfalto. El suelo que escupe fuego para morirnos de árboles la lluvia del otoño. 
Él no es ni será, el desvelo, ni el romanticismo, ni las penas de mi joven Wherter. Más bien es el que lo ayuda a suicidarse para atajar por lo sano y cortar por el infinito y evitar el cuento y la quimera.
Él es una piedra de plomo y de hachís, en el hueco de mi corazón. Es un ejército de heavy metal en mi lágrima obligándome a tomar las piedras y el tequila. Él me hace una bestia porque me usurpa con violencia la fragilidad. Mi sensibilidad se vuelve un venado, una loba, una estrella muy fría y muy lejana. Ternura de animales, de montes y de hogueras. Camaradería de truhanes. Piratas llenos de ron. Niños para siempre extraviados donde las flores no se cortan y nadie sabe para qué sirve el corazón.
Somos el agua y el aceite, robando tinta china, al barrio chino, cuando te llenaste de quemaduras el abrigo y te subió la calada palco a Neptuno.  Somos el magnetismo de un error-creador de una apertura de lava en la raja del cielo.
Tal vez lo vea mañana. 
Nos hemos echado un poco de fuego por teléfono.
Le he contado esa pornógrafa idea de lo que hacernos... usando la literatura como artimaña de la erótica, destruyendo su solemnidad. Le he dicho que ni se imagina todo lo que he imaginado. Me ha dicho que le da miedo el alcance de mi imaginación. 
Somos dos vagabundos en la órbita de una orilla desolada y un volcán.
Somos quienes han olvidado los vocablos del amor. Quienes juegan a su alrededor, una isla, un desenfreno, el cuchillo del invierno en un timón de parias y abandonados buceadores de la inmensidad.
Con él nunca sé qué va a ocurrir. Ningún calendario, ninguna certeza, nada a lo que ajarme en su corazón. Nada que atarnos.
Nuestro obligatorio fuera de campo son los sentimientos. Son el tabú que usamos en los juegos, en la incursión a la noche y las estrellas. En la pelea y en el amor. Son inevitablemente despojados de su objeto directo, mezclados con una amanita y una espada, con la frialdad del hachís, con el Sol ardiente. Ellos no se ponen en medio. Ellos son sólo un puchero que mezclamos con otros mil comandos donde se mezclan de carnaval y cabaret, el gemido, la belleza, la soledad cósmica....

Creo que en verdad yo le asusto. Cuando me pongo animal quiero tener a todas las bestias bebiendo de mis senos. Tengo una zona masculina mucho más masculina que la de los hombres, que aguanta mucho mejor el whisky y el canuto de la muerte. Con un fusil de Mercurio, y mi yo suicidado para que la pólvora destruya el cielo. Tengo una capacidad de camuflaje con el camaleón acuchillado en mi lengua, embriagando su sangre, donde las hueseras se acuestan con los muertos. Tengo una bruja exiliada en mi vagina, acechando el silbido de la marea para arrojarse a la extraña piromanía de la creación-destrucción.
Creo que le asusto, cuando saco ciertos latidos de mi corazón, como un doble o nada, goteando en una navaja de ahora mismo o cortémonos la yugular. Le impacienta mi impaciencia. Mi acecho subordinado a los cráteres de la luna. Mi rodearle todas las salidas con esa flor del pecado, magreársela en su sexo, tomar la entrega, silbar el hueco, dejarnos al descubierto en medio del precipicio.
Cuando tomo a todos los pronombres, y se los derrito en el "tú". Saco en apostasia a mi rana. Y le juro la delincuencia.
Cuando le chantajeo con mi absoluta absolución. Y los dos nos hacemos exploradores del infierno. Retención y abordaje del jadeo.
Le asusto cuando me río con ese humor negro de los que llevan al esqueleto fuera de la carne, recogiendo peyote en el desierto oscuro. Cuando le hablo de las mantis, de las serpientes y de los cuernos del fauno, mientras prepara la artillería un contexto inadecuado y hemos bebido demasiado, y yo no soy una morada, sólo soy el bidón de gasolina que juró el comunismo libertario, para o "todos o ninguno" o de todos o de nadie, y enloquecida me arrojo a la destrucción de las tierras, sabiéndote también mi naufragio, mi sacrificio, mi locura.
Todo va bien.
El cosmos rige el caos de mis reglas.
Yo le doy el champán a la hora de la fiesta, y mi sangre, en el duelo.
Me desgañito cuando vienen llanas, me alumbro en las curvas.
No puedo equivocarme porque respeto al fuego. Él me atormenta y me levanta.
Mi angustia no es la receta del tranquimazín, mi angustia, es la navaja, el poema, el desnudamiento de mi agujero y de mi isla.
Los problemas que me rodean son las carcajadas del lobo negro. Son el hachís de paseo entre las tumbas, son el motor del alzamiento.
Mis defectos aunque sean miles, son mis redes de pez naranja, echándole licor y mendrugo, a la insurrecta orilla.
Vengo del monte. He descubierto allá una conexión integradora. Una especie de epifanía, alegre, mundana, la ley del juego y de la mariposa, el decir la verdad sin decir la verdad para que siga sonando la música, la traslación de lo onírico en esa fortaleza de bosques. La confianza absoluta en el viento, en la vida.
He jugado en la hierba, me he vestido de la desnudez de la tierra. He vuelto a sentirme habitada. Donde la soledad nunca está sola.
He sido consciente de la presión que ejerce sobre mí, el tonal de los tiempos, citando a Castaneda. El punto de encaje de los otros, sobre el fascismo de la normalidad y de una realidad unilateral. Me he dado cuenta que aunque yo voy a mi aire, hay una energía, una presunción que se convierte en un calambre-mordedura-, también en mi espíritu, en mi comunicación cuando salgo a la superficie de otros humanos. Y esa realidad también existe, pero sólo es un rizoma más. No es la totalidad que busco ni es mi canción. Para vincularme todavía al infinito, he de ser allí el teatro de una mariposa. Nunca la que acuerda. Sólo un juego. La que no espera nada, la que no se lleva nada, ni deja nada, sino el baile, la herida-engendradora, pero también la indeferencia escéptica y dadá. Mi tiranía del gozo. Mi tiranía de lo que me enseñaron los árboles. 
No debo esperar que algo o alguien, alimente las alas. Ha de ser mi voluntad, nunca desengañarme, ni decepcionarme de un baile que no me es dado, yo soy la que he de conectarlo en el surrealismo y en la levedad de la erosión del viento.
En breve iré a la montaña. 
Con mi casa de ámbar sin paredes.
Con mi camino de regreso sin migas de pan.
Con mi amor en peligro de muerte. Eso no lo sé evitar. Siempre me señala el precipicio. Su caricia ensancha mi sueño y mi tierra, su aliento, hiere, el alcance del naufragio.
Te amo con una bala en la voz que te llama. En la piel que te acoge. En la fe que te sabe y que te desconoce.
No sé nada de la confianza de la monogamia, ni el matrimonio, ni la pareja estable, ni de la promesa del mañana, ni de la casa que estará al amanecer para ventilar sus rincones.
Nosotros nos amamos como animales que pelean, con un celo multitudinario, con una noche que es la última noche.
Nosotros nos estamos con una estación infiel que nos cuenta los secretos del mar.
Contigo es imposible la seguridad de tenernos. Somos el fuego. A veces nos llegamos al paraiso. A veces volvemos desmantelados a la guerra pendiente con la nada y con el sol. Abandonados el uno del otro, amoratanados, como traficantes, como cuchillos de arena en la red del tiempo evanescente.
Yo hago trampas a tus trampas, a los deslices de la duda y del volcán..., pero soy entrampada por las dos. Tú también padeces el vicio de tu jugador de naipes y el as de la manga nos sale por la transversal, planta mágica y golpe seco. 

Caminos de sol, entre el alfabeto de las piedras.
Fotosíntesis del hueco engendrador de la luz de tu pupila atravesando mis habitaciones como la máquina de escribir de las criaturas oceánicas.
Te amo con lo pagano y con lo sacro. Con lo que no sabe amar, y sólo es un cacho de pan y una botella de orujo, entre dos ladrones. Te amo con mi egoismo y mi comunismo libertario, manchando con tiza la noche estrellada. Te amo a simbiosis y al todo para mí. A espada de damocles sobre un teatro, en mi corazón como la astilla, en mi fiesta como la marihuana, en mi purgatorio como el pecado que no me deja salir. En mi reunión de alcohólicos anónimos como el licor de la eterna reincidencia, en mi bautismo como la apostasia, en mi casa como el incendio para cobrar el seguro, viaje a Venus, salvavidas y sin frenos, a toda velocidad para trepar de luna el pozo de la tierra, para salir con los pies por delante el nacimiento de la música.
Te quiero como se quiere a una montaña, a un lobo, a la mar, al cómplice enemigo. Talón de aquiles, botas de plomo en el Leteo, barca de heroina por los pasillos del antro de la mala muerte, sudor de águila, de serpiente, de océano, entre mis piernas fecundación del infinito que no nos dará hijos, sino barricadas y volcanes, pájaros de éter, paraisos, la vida.
Te busco como busca la raposa la noche entre las zarzas. Como busca el yonqui la moneda. El sacerdote la experiencia religiosa. Como el nómada se tosta de rocío en el alba de los trenes. Como la piedra hace fuego con otra piedra. Como el clavo que saca todos los clavos de la cadetral y la hace ruinas.
Vivo sobre el aire.
Me acojo en el beso de la nieve, la libertad de enfriarme ajada a tus labios, los poemas del olvido.
Emboscarte mi pasado muerto en una botella de champán. Celebrar ebrios la ausencia, mientras atamos nuestras almas al gozo que penetran los cuerpos en la luna. Cuando no pervive ningún equipaje, ni la cicatriz hace mapa ni costumbre. Ni los hechos construyeron la experiencia.
Bebo de tu piel, los barcos piratas, de tu viejo amor, el que no volverá a cantar su morada en mi vida. Yo te amo sobre tu cementerio del amor. Nos lo hacemos en el mármol, como dos leones que saben de la resurreción a través del naufragio. Eterna flor de lo que sueña, se entrega y vive. No seremos la casa de la que venimos huyendo ni aquella que añoramos con todos los gritos. Nos somos movimiento indomable de la extraña intuición de ser algo más y algo menos que la nada y las estrellas, incertidumbre de tomar el fruto y la pérdida, aflojarnos de tierra, ensancharnos de fuego, donde nunca sabemos tú y yo lo que nuestro plural perpetra, abandona y toma, amantes indefensos y furtivos... de la inmensidad y de la muerte.
Quiero abrirme hacia la mar.
No digo que no a nada que se cruce en mi camino, y me provoque el vértigo. Vuelvo a ser esa contradicción de la bala en la mano vacía, del fango en los labios del venado tatuado en mi cicatriz. Vuelvo a volarme la cabeza si suena una canción capaz a traer la luna. Voy otra vez con mi esqueleto atado a las cuerdas de una guitarra. Me ofrezco a la cacería, soy el hambre y la recompensa, la herida y el arroyo.
Voy con mi miedo, en el desborde de mi boca, él me da la garganta, el grito y la trinchera.
Voy desfallecida, sudando un mundo que no puedes imaginar, disfrazada bajo el mundo que puedes comprender. Dándole pilas a tu caja de música. Dándome carnaval. Voy con Alicia escondida en mis piojos. Voy con mi precipicio como mis zapatos de tacón. Voy con mi muerte y mi sacrificio, como un poema de borrachos a las puertas de un bar del que nos sacaron a patadas. 
Soy eterno teatro, de la sangre que escondo derramada, con la que me visto, te toco, te aparto y te atraigo a mi casa sin paredes.
Lo que sólo confieso cuando me confiesa el bosque.
La perra que soy cuando me miran los perros.
La tumba abierta de costilla a costilla donde el viento agitó el cierzo que quemó mis naves. 
Mi laberinto del Fauno envenenando el grifo del psiquiatra con LSD.
Mi ardiente indiferencia. Mi vicio elevado a la enésima del coma etílico de Dionisio. Mi suicidio de Marte. Mi celo succionador en tu cuerpo, su máquina de escribir, su oficina de locos, chupándote todos los pecados, a cambio de esa nómina que robámos a los muertos. 
Soy poema sin brazos y sin patas, follando con Drácula el sabor de tu sangre.
La loca de la colina que debajo de la mar habló con las caracolas y cerró el chiringuito para siempre, por fracaso y por arrogancia.
Hay mucha belleza en el paisaje. El amarillo y el rojo, eclosionan como una tortuga de mar en los pechos de una hoguera oceánica.
Yo vuelvo a amar. Amo desde un hueso renacido con la carne indiscreta de lo que quiere vivir eternamente.
Vuelvo a mirar de frente a la vida, a hacer con mis dudas, un papel quemado que oculto en un cajón que flota a la deriva por el Leteo y que nunca diré en voz alta. De pecho adentro, fusil de luna. De alma afuera, todos los universos.
De mi patito feo, un diañu que sabe quién soy. Un rayo que cruzó por Mercurio y dijo mi verdadero nombre. 
Arbolada resistencia contra las paredes del manicomio, pis en los suelos de la patria, pólvora y que os coman las chinches que a mí me dan Peter Pan para las noches del hambre.
Sé que soy la goma de borrar en tus ojos, el pozo de etanol, Franquestein o la ramera.
Sé que mi naturaleza está atormentada por un duende, liberada y celebrada, por la muerte-metamorfosis de un crepúsculo exiliado.
Yo no me puedo abarcar a mí misma, porque yo me entregué al Infinito. Clavó sus mordiscos en mis costillas y me hizo a la mitad un extraterrestre, la nada, la ceniza, la lava y la trampa perpetua del teatro.
Alicia me robó los cajones. La voz me la dio su gasolina.
Cumplo todas las fantasías. Sé que todo lo que yo ame, todo lo que yo piense, todo lo que yo sueñe, se hará materia en algún tipo de dimensión. Sé que también el infierno. Sé que detrás de los cuerpos, una oceanada de rayos cósmicos, nos alumbra y nos somete, donde hay que perder la cabeza para poder conocer el sonido y el alcance de lo vivo, de los dioses.
Yo no me debo a nadie. No le debo párrafo al nihilismo ni a ninguna pasión.. Mi atea y mi creyente, fuman el mismo canuto. Mi anarquista y mi cucaracha de Kafka, han matado a sus gobiernos y a sus futuros. No me debo a ninguna ideología. Sé que siempre elegiré el bando roji-negro, pero que en mis sueños soy daltónica, hija de una rata-punk, de una cabeza de tres ojos, antenas y cuernos.
El fragmento que escribí en la anterior entrada, pertenecía sólo a tres o cuatro horas de una tarde. Pero por la mañana hubo uno igual de intenso. Y así, durante dos meses. Vivía en el Infinito. En una traslación evanescente de las metáforas oníricas, de los viajes de amanita, del fuego. Quiero ir escribiéndolos todos. Regresionando al órden y lealtad en cómo me llegaron. Pero cuando me apetezca, no quiero forzarlo. Yo vivía en la eternidad. Es importante para la integración de mi espíritu la lealtad a mi éter. La lealtad al estado de conciencia donde la experiencia se hizo una metamorfosis y la magia. Quiero escribir el de la montaña y cuando monté a caballo, los cuatro caballos nagual,  y la traslación a los caballos que aparecieron como umbral en el estramonio, la apertura de esos caballos en mi espíritu cuando crucé la frontera, el perderme luego en la montaña, las águilas, esos árboles de dios, mi jugar, el lugar de la eternidad que vi allí arriba. La liberación salvaje de mi ser frente a la muerte.
También fue importante el de la noche del tambor-carne-vino tinto, útero que lo hace con todo, también con los muertos. Fui inmensamente feliz esa noche.
También el de la otra pelea con él y esa violencia renacimiento, ese amor congelado preñado del fuego.
También el del arroyo, la pala y la escoba, el lado izquierdo, llegar con los ojos cerrados a la cumbre. El canto, el amor, los duendes.
También la de la casa de las brujas.
También la de la acampada-infinito-herida.
La del viaje-hachís por los bosques con mi madre.Y la corazón-corazón con mi padre.
La de mi guerra con los del pueblo, en esas cien situaciones distintas.
La regresión del espectro del perro, espigas, la cuadra, el ladrón, el perro nagual, el lobo negro.
La del hada del bosque. La de los ríos helados lavándome toda el alma.
La de la leña. Las que tenían que ver con Kavka. Las de las arañas. Las de los ciervos.
Las del éxtasis. La loba liberada navegando. El sexo en el umbral del infinito. El punk. La lengua y la pólvora por fuera.
La del asalto junto a él.  La de la rata del trastero. La del duende. La de la música-teatro.
La del manicomio. La del pinar. La del radar telepático. La sincronía. Lo que se sabía con la punta del hueso. Las energías fusionadoras de lo imposible.
La de los toltecas, las luces chamánicas, la otra conexión.
Fue una experiencia extraordinaria. Lo mágico se explica mágicamente. 
Yo ahora estoy en un sitio nuevo, diferente, en una zona más gris, pero también tengo más capacidad para unir y estabilizar mi hoguera. Estoy más en la tierra. Estoy transitando. Estoy en esa senda que aunque duela, enraiza más profundo el secreto del agua. La posibilidad de vivir en los dos mundos y nunca perder ni el beso de la estrella ni el vínculo con la tierra. No salir volando por los aires pero nunca andar de rodillas.

Hay niebla mordida en las cumbres, todo el cielo cubierto. La nostalgia del venado atravesando el camino de nadie.
Pienso en la recapitulación de los recuerdos de mi metamorfosis. En la metonimia metafórica. En las cien capas de cada recuerdo. En la traslación y convivencia de lo extraordinario. Ésta vez no voy a arrebatarme el puente entre los dos mundos. No voy a renunciar al conocimiento ni a la vivencia. No voy a permitirme ningún olvido, ni a ser religiosa de nada de lo mío.
Uno de los recuerdos más inquietantes, fue el de la montaña y el de los lobos. Yo estaba con él, lo sentía un hechicero. Quería encontrar el lugar de mis sueños, donde vivían los lobos. Había una cabaña en mis sueños.  En el monte también había una cabaña que había sido quemada, era muy extraña, parecía un collage de vudú, todo eso a mí me causó éxtasis y alegría. Un extraño humor negro. Una traslación entre lo onírico. Fumamos hachís allí. Yo tuve una regresión con el hachís, al viaje de la hierba del diablo. Me sentía en otra dimensión. Y él, era un puente, era una planta mágica, lo sentía mi protector, sentía su hachís también como mi medicina. Entré en un extraño estado de consciencia, ya que por un lado comprendía, vivenciaba, zonas del viaje con el estramonio, a la vez con mis sueños, y a la vez con la realidad que él acompañaba. Luego subimos hasta la cima, yo no me cansé, tenía una fuerza de fuego esa tarde. Nos echamos luego entre rocas, un lugar hermoso, era como una cama-cueva, abierta de intemperie, como un barco que cruza la grieta. Allí tuvimos un encuentro sexual, pero yo no lo hacía con él, yo lo hacía con energías, visioné en él, un ángel negro, con alas inmensas como de dinosaurio, para mí era hacerlo casi con la muerte, con la metamorfosis. Después cerré los ojos y no los abrí ya en mucho rato. Yo seguía viajando mi propia experiencia, y él era un duende que me daba una sincronía muy profunda. En una zona llegué a la trampa del lobo, supe que había permanecido muchos años allí, y que ahora lo estaba liberando, rompí unas ramas a ciegas y se abrió un infinito, una viaje cósmico encima de mí, respiré, como si hubiera estado sin respirar cien años. También sentí un lobo sobre mí, mientras él, en el otro lado me acariciaba.
Cuando bajábamos lo empujé por un barracón y los dos caimos y rodamos, jugamos en la hierba. Yo traté de soltarme de sus manos, pero él tenía más fuerza y en ese baile sentí que mi cuerpo energético recuperaba su llama, su punto de encaje. 
Luego bajamos corriendo. Yo cerré los ojos. Porque quería recuperar los ojos de mi nagual. Iba palpándolo todo con energías, no me tropecé, no me arañé, algo de mí sabía. Estaba extasiada. Me sentía por primera vez libre. Ebria de vida. 
Al llegar al río, visioné en el río, serpientes y gusanos, algas muy verdes, huesos, calaveras, sangre, bebí de ese río y me dije hay que follarse a todos los gusanos. Me sentía una bruja.

Al salir de la montaña nos separamos sin decirnos ni una palabra.... estaba en estado de sock, al salir de la montaña, sentí que llegaba a un mundo extraño, y yo era una balsa de evanescencia, fui a mi casa pero estaba cerrada, así que seguí a mi perro, y el perro me llevó a la casa de él, donde estaba su madre y mi madre.. Tuve un enfrentamiento con mi familia. Los sentía mi inconveniente, mi jaula, mi represión, y a la vez mi herida. Paso algo mágico y doloroso, belicoso.

Luego me fui con él a los prados. Yo estaba ensimismada en ver cómo arreglaba el dilema que tenía con mi familia mareándome. Estaba todavía viajando en trance. Él me dijo "no debes pasar tanto tiempo mirando hacia la nada, es malo eso....vaya pantallazo" Yo le dije "estuve mucho más lejos en mi pasado, estoy tratando de regresar" Yo estaba haciéndome un exorcismo de los malos viajes, del pasado, del estramonio, del hachis. Luego él dijo algo mundano, que me sonó estúpido, y le tiré tierra a los pies y le grité "no empieces con tus mierdas". Él me dijo "mucho cuidadin conmigo" Mientras le amenazaba con tirarle más tierra. Y tuve un arrebato y se la tiré a los ojos. Luego también pasó algo mágico. Sentí un estremecimiento de amor, en su forma de quitarse la tierra y en la lágrima que le cayó del ojo. Me dijo enfurecido ¿quieres que te haga yo lo mismo?. Yo le dije que sí, y me puse como una leona en ataque, como un juego. Él dijo "te libras por un pelo". Y se fue a la fuente a lavarse. Yo me acerqué un segundo, y me estaba entrando la risa, pero no quise que él lo notara y me despedí amorosa y tímida, diciendo sólo hasta luego.

Después de eso mi teléfono se había quedado en ese lugar oculto entre árboles y zarzas, donde le tiré la tierra.
Tuve una discusión con mi madre. Le dije que si estuviera follando con papá en la ciudad en vez de darme a mi lata mucho mejor nos iba a ir a todos y me quitaría todos mis problemas. 
Ella se puso neurótica porque yo ya no tenía teléfono. Yo le dije "mucho mejor así no me andáis llamando y si os queréis comunicar conmigo aprendéis a hacer hogueras y señales de humo como los indios. Ella no paraba de llamar con su teléfono a mi teléfono, yo le decía ¿quién crees que te va a responder un árbol?
Luego la llamó mi hermano. Y armaron mucho jaleo con sus cosas. Y yo entonces salí de muy mala ostia a buscar el teléfono, pero ya era del todo de noche. Yo no lo quería encontrar y no lo encontré.

Todavía es de noche. Tengo mucho qué hacer. Lo que yo busco se encuentra bajo una línea divisoria de evanescencia. Lo que verdaderamente me impulsa, se halla en otro tipo de pacto-interpretación con lo existido. Pero a la vez, quiero vivir la vida de acá, hacerla una continuidad que multiplique en ambos mundos, el poema y el canto. 
Yo no estoy loca. Aunque estuviera en el manicomio. Los términos locura-cordura son de gente soy-el-ombligo-del-mundo, son de fascismo-la-tierra-es-plana. Son de apoltronados a los retretes del país y de la cultura. La realidad es inabarcable. Es el filtro de la mente la que genera la percepción. Y en la mente entra todo el universo, depende que ojo se coloque ante el filtro. 
El perro, el murciélago, el virus, el árbol, tiene otro filtro, y no por ello su realidad es perturbada. Es perturbadora tal vez para nosotros. Pero es tan real como la nuestra, tan falsa como la nuestra. 
Yo voy a seguir con mi camino. Sé que es peligroso a veces. Pero ahora sé algo que no sabía. Ahora estoy más alerta. He aprendido en otro nivel del que ahora no tengo del todo la palabra, cuál fue mi error, aunque también sé que ese error lo necesitaba, para visceralizar el resto de comandos y hacer al sangrar la herida una apertura en la noción, un fuego en el camino. 
En ese tipo de senda, siempre se está a solas. Pero ahora soy libre. No tengo que enfrentarme como en mi pasado al fascismo de la psiquiatría, porque los he mandado a la rechingada, porque mi camino se abre en el centro evanescente del bosque. Es la Naturaleza la que me ofrece el fruto, el hogar, la fidelidad y la certeza. No son los humanos. No es ningún sistema, ni fábrica, ni grupo. No son los humanos los que me darán el conocimiento, aunque también en ellos, reside una parte de mi corazón y de mi sueño, pero es un baile de rock, no de juntos.
Soñaba con un ex, uno muy lejano, estábamos juntos en una casa, y en una pantalla, salieron unas fotografías suyas, muy surrealistas que también emitían su voz, y exponían una vieja escena que él daba no sé qué explicaciones. Luego yo cerré esa pantalla rápido pero una de sus fotografías se quedó allí y eso me molestó porque yo no quería que él las viera. Luego él bromeó y recordó cuándo se había hecho esa fotografía.

Luego estaba con un chico, en un campo muy extraño. Estábamos plantando una especie de junco con espigas granate-negras. Primero pisábamos la hierba que estaba muy alta. Yo quería plantar en otra dirección no en la que él lo hacía. Apareció un señor dueño de aquellos dominios, y le iba a preguntar si eso se podía hacer en una ensalada, pero no le pregunté nada para que no sospechara que nuestra intención era comérnoslo, no sé si estábamos allí perdidos, ladrones de algo.

Me desperté pensando que en los túneles de mis sueños, apareció ese ex, porque un sentimiento violento y roto del corazón, no resuelto tal vez, interviene todavía en mi nueva relación sentimental. Algo oculto. Yo quería ocultarle a él que conservaba sus recuerdos. Pero esa pantalla los desveló. 

También comprendí parte de mis delirios, yo actuaba despierta, como se actua con los sueños. La atmósfera de los sueños pone a prueba lo oculto, lo herido, y se busca una salida. Los sueños son una especie de pelea constante con el conocimiento.

Luego pensé algo más raro. Pensé que los dominios donde aparecía ese campo, era la conexión con otro tipo de puerta. Y el hombre que apareció en el campo, era la consciencia, el nudo, si me hubiera atrevido a forzar lo que parecía una oscura intención y hablar con él.... Pensé que los sueños tienen sus mapas, sus acueductos, sus distintas dimensiones. Y cada dominio tiene un acceso para que se convierta en un sueño consciente, en un ensueño.
Ese campo.... era incómodo para mí aunque no sé muy bien porqué. Esas espigas que tenía pensado comer tenían algo que me daba vértigo. Algo que me rebeló el sueño, era que yo debía seguir mi propia dirección, no hacerme caso de nadie. Tal vez el chico con el que iba era Yoseba, y yo accedí a plantar las espigas donde él dijo y no dónde yo quería. Eso es lo que tengo que evitar.

Quiero volver a escribir los sueños, porque son una fuente de conocimiento. Porque mi metamorfosis, lo que me llenó también de delirio, empezó en mis sueños. Yo vivía en el mundo de afuera bajo la ley de los sueños, yo me comunicaba con mis sueños y ocurría la magia...Pero yo me equivoqué en los sueños. No supe trasladar la información de forma armónica, además tenía una herida muy violenta en mi entraña... que quería exorcizar, y pequé del vicio de la adrenalina..... Por eso necesito volver a ser consciente, a despertarme en los sueños, y no volver a meter la pata. Los sueños sólo te dejan despertarte en ellos, cuando actuas con impecabilidad, cuando no tienes heridas, ni te apartas de nada de su atmósfera, ni te proteges, ni huyes, cuando hay armonía y consciencia en la vida cotidiana, cuando hay fuego, y cuando los escuchas. Cuando aprendes a descifrarlos. En la época de mi "locura", todos mis sueños, eran ensueños, eran conscientes, en mis sueños yo pensaba, preguntaba, tenía distintas capas de conciencia, elegía qué hacer, y había unos reflejos de energía o qué sé yo, metidos en unos personajes que dialogaban conmigo de un modo perturbador y mágico, me daban respuestas, había una comunicación muy extraña. Yo me perdí, porque cuando estaba despierta, pensaba que esos personajes eran brujos y que existían realmente y que bajo un trance habíamos entrado a la misma dimensión y que muy pronto me reuniría con ellos para siempre... y ellos eran mi verdadera familia..... Ahora creo que ese tipo de dimensión del sueño, es otra cosa, aunque no quiero todavía decirlo en voz alta porque albergo muchas dudas.
Es la hora de la anochecida.
Me ha llegado un ciclo de piedra, de hollín, de timbre volado por los aires.
De entraña acuchillada en los labios de un pez de fuego cuando el mar es muy frío.
Me conozco también en ésta latitud de tundra. En éste desaire de lobo que se aleja. De grito derramado donde el tercer ojo del suelo sacude de abismo el recuerdo de la fractura.
He recordado algunas cosas incómodas, díficiles de explicar, me generaron angustia y a la vez la necesidad de armarme. En esa armonía que se pelea a hueso roto. También me habito cuando me ensombrezco como una carta quemada en los dedos de un tranvía del insomnio, con tu nombre amoratanado en la fiebre de mi espalda.
Soy a veces el boicot de mi gota de lava. Donde empieza el gemido, donde acaba la bofetada.
Las profundidades de mi silencio no me tienen piedad. Me abren los ojos como guillotinas a la soledad de la luna. Me cambian de sitio las paredes y yo sueño oji-abierta el jadeo de los árboles donde tu rostro-cadáver no me borre con tiza, ni me gima lo que no es nuestro.
El temblor del desvelo.
Recordarlo otra vez todo en una fuente extraña y perturbadora.
Tomar una dirección y no dudar. No escabrar la palabra. No sacar afuera el mordisco en la palabra, sacarlo hilvanado, el whisky de luna, el grito del beso y del trueno. Conservar la fiebre en el fuera de campo que embriaga al latido. Boquear la senda, armada de tierra y portar la sequía, sin fandango, sin represión, sin piedad. Ser el cuerpo amoratanado de un aullido, pero la garganta libre de su afluente.

He estado en un lugar extraño. En una regresión de mis sueños y su umbral. De ese lugar transitorio visto desde una montaña encendida. Con mi casa, colgada de los dedos de una estrella. Con mi corazón ensortijado de hambre y de plenitud. Con mi moratón en los labios tatuado con el filo de un cuchillo que robó tu susurro de mis aceras, y lo clavó donde mi mano vacía acogía la ausencia y tu inmensidad.
La distancia física que hay hoy entre nosotros, es también hueco-engendrador de la pasión.
El deseo se sostiene y se multiplica, en la insatisfación del deseo.
Porque el deseo nunca surge de lo habido. Surge de la ausencia. 
Porque cada vez que hemos cumplido una fantasía, hemos subido la montaña de otra cavidad más profunda y ardiente. Porque cada vez que nos amamos conocemos los vocablos de un nuevo gemido, y damos a luz un nuevo infierno y cielo, teñido con sudor, sangre y ayahuaska.
Porque somos animales insaciables de lo Infinito.
Porque mi útero, no sólo es un órgano sexual, es un piano de estrellas. Porque la energía sexual no se limita a lo humano, ni a lo carnal. Porque ella es un puchero de brujas, el principio del universo y del beso de la muerte.
Porque usamos al hambre, como azote del volcán.
Porque nuestros cuerpos son un poema que nunca acabamos de escribir. Con él, nunca es suficiente nada, él atraviesa en mi matriz, un combustible cósmico, 1000 revoluciones en la plaza asaltada de mi olvido, con cañones y guillotinas, con versos de amor y de venganza, con el fruto de lo vivo y la mirada de frente a lo muerto.
Porque cuando me fundo en su piel, me recorre un astro prohibido la rebeldía de dios, tan adentro, tan salvaje, tan armada y eterna que mil bestias anidan en mi pecho la dictadura de la eternidad y el motín del fuego. Porque salgo volando y destruyo todos mis paises y decapito mis gobiernos, y ajada a la belleza depredadora me convierto en un jaguar, en un pozo sin fondo, en una llenura sin límites.
Porque el orgasmo no acaba donde empieza. Porque me deja cada vez más abierta la luna, más guerrera la hoguera, más yonqui el deseo, más quinqui la gruta, más inacabable el sueño.
He dejado lo del amor libre descorchado en la mesa.
Tal vez porque camino con un incendio y una vieja cicatriz. Quise ponerle un condón libertario, al no pronombre de mi hueso mordido.
También quise obligarlo a posicionarse en la posesión del fuego de mi vagina.
También porque tuve miedo al saber que lo necesitaba, que lo amaba, que él podía herir mi corazón. Que cuando saca a su lobo en la crueldad del viento, hay un escenario en mi piel que se llena de sangre y hervido coñac.
También lo hice porque mi vieja romántica fumó demasiado hachís en las tumbas. Y quise protegerme de ella y de él.
También lo hice por nuestra erótica del extremo y de los unicornios atravesando lo desconocido.
Lo hice por el poema. Por la libertad. Por el hechizo. Por la anarquía.
Lo hice para cuadrar a mi mujer-esqueleto en la orgía de la luna.
Lo hice para celarlo, para que desconfiara, para que supiera que yo no soy una casa, para ver a su animal salvaje clavándome los cuchillos y los astros con los ojos. Pero lo hice también por el efecto contrario, de nuestro plural, obseso y posesivo, derramado, celoso de su peyote, de su océano, de su tumba. Lo hice para que yo fuera una espina evanescente en su pecho y me reclamara el hogar que no tenemos ni tendremos nunca.

Porque los dos somos hijos del fuego y de la ruina. Pagana canción del universo.

Lo hice para no perderlo y para perderlo.
Lo hice por error y porque era el único acierto aquella vez.
Porque somos unos lunáticos. Porque él a veces me ama con fusiles y plomo. Porque él a veces me expulsa como una droga a tierra de nadie. Porque mis timones son piratas, porque los dos somos lobos. Porque los dos tenemos dentro una casa desahuaciada. Porque los dos tenemos la nostalgia de volver a nuestra tierra, de encontrar un sitio donde poder quedarnos, de descansar y amar sin guerras, pero no sabemos. Porque los dos emergimos del réquiem a través de la navaja de Diógenes. Porque nos llegamos de mil desamores podridos en el aqueronte, mutados en el cuerpo de un murciélago de la bala y del adiós. Porque nos ascendimos a través de la indiferencia. Porque nos amamos primero sólo con el cuerpo, con el rayo, con la noche.
Porque cuando nos dimos cuenta ya estábamos muy dentro de la hoguera. Y no jugábamos al amor, pero el amor nos cazó la sombra, nos descubrió con hachas el hueso y dio nuestra carne al infinito.
Nuestra historia normal no puede ser. Nos unimos, nos fundimos, en una fractura de la realidad ordinaria, compartiendo lo onírico, el fuego del cosmos, la crueldad de la luna, la pólvora del cielo y su fruto.
En el hachís, en la magia, en el desacorde del punk sobre la tierra. A pelea y ternura desbordada, con el animal por fuera, con el corazón volado por los aires. En la oscuridad y en la luz. En la contradicción, en la tundra y en la selva.
Extralimitando el deseo todo lo imaginable. Mezclándonos en el monte, en el río, en el valle, entre colchas, hojas, agua, luna, noche y crepúsculo, amarrados a árboles, a paredes, a malecom, a camas, playas, hostales, al lado del gran espíritu, de la hoguera, de lo imposible hecho el suelo.
Con demasiado vino, en el ayuno, en el café y a la hora de la ayahuasca. Con lo sacerdotal y lo depravado, con el Sueño trinchera y vacuna contra la vejez y la muerte. Como pintores de la arruga de los bosques y de las estrellas, como ladrones de sus grutas, como niñxs salvajes. Brujos exiliados, probetas de la eternidad. Pasión desbordante, arrogante, violenta. Blancura goteando entre las piernas, subiendo la cocaina del olvido, de la vida eterna.
He hablado con Yoseba. Hemos jugado y reido. Hemos reconciliado el atentado de la llama. Me ha subido la adrenalina, el deseo, la esperanza y la paganaría de duendes. Ese juego perverso e inocente. El amor y sus profanos animales de nadie, atados en la lava y en el cielo. 
No sé qué droga él lasciva en mi pecho. Abordaje de lo inefable, contradicción mordida en el infinito deseo, oscuridad y luz, retroalimentada en otro mundo, venida en mi corazón como el paraiso y el infierno. Fractal volcánico de un hueco enamorado, de la quinta cerveza en el hálito de un templo asaltado por el escalofrío del vacío, por la salvajidad de los confines.
Algo tiene que él que me ha embrujado. Me desata, me deja indefensa, me ofrece a veces la amanita mágica y eterna y me hace el insaciable fuego de su búsqueda y posesión. Cuando me la arrebata, me hago de corsarios la arista, el celo, la venganza del comunismo libertario. Y le robo yo también la amanita que le daba, le muerdo el corazón, lo echo a proa del naufragio, lo sostengo también con la misma serpiente que él me ha penetrado.
La pasión es tan intensa... que mis colchas son velas encendidas y la cera es mi suspiro recorriéndole lo imposible.
Hoy noté que cuando le hablé de esa historia, él desconfió de que dijera la verdad. Eso me excitó, porque noté en su duda un incendio de mi cuerpo. Porque supe que el mordisco también había llegado a su alma.
Es ésta forma de raptarnos.
De entregarnos pieza de caza, el uno al otro. Sin soltar el fusil.
Me secuestras de la bala que te juró en mi vida tu destrucción. La penetras en mi cuerpo como una canción de cuna que me menstrua amapolas y deseo. La mano que sujeta el arma, toma de tus jadeos, noches huracanadas que usar contra ti, cuando yo esté de tu lado.
Te robo de la excepción que firmaste en el horizonte. Soy esa palabra que estropea en el diario de tus promesas el cumplimiento, anacoluto que te pone violento e indefenso entre mi lengua. El lugar donde caes amoratanado de la historia de tu vida. Sin coartada porque pecaste en mí, el fuego de esos hechos. No saldremos ilesos. Ya es muy tarde para eso. En nuestro rito de la noche, de los cuerpos fundidos, del cielo explotado, tomamos de lo desconocido como un robo la llamarada que hicimos el latido. Y enganchados por ese calambre, nos poseemos y depredamos, ebrios de amor, al lado de la muerte y todos los mares, como un dominó caido en los molinos de viento.
Voy con hierbas quemadas, el corazón desbocado del vicio de mi hoguera, en ese tabú de la cumbre del deseo, donde el hueco la levanta y la atormenta, en la insatisfación-engendradora, en el robo dador del verso de la llama.
A un paso de convertirse en dios y en las cenizas de todas las derrotas.
En ese lugar donde llevo por sombrero, la cabeza-cadáver de un animal extinto. Y mi corazón es una flor y un desierto, del canto, una tumba y una morada, llamándote a mi vida. El réquiem y el fruto que te ofrezco, desvestida y desarmada, sin saber ni siquiera qué es lo que lleva mi mano, ni quién detrás de tus ojos me ha clavado la daga y el amor.
Te reconozco sin poder escribirte ni fotografiarte. Te hallo sin saberte. Te separo y te invoco, en el extraño escalofrío de un depredador y de una madre.
Te sufro y te celebro, en mis ruinas, en mi fiesta del whisky y de la máscara, de la carne y del templo, pierdo a cachos mi vida cuando te tengo en el cielo, pierdo trozos de mi alma, cuando en el infierno nos amamos por paraiso. Y cuando desolada cruzo contra ti los caminos, gano en la montaña, otra flor prohibida que luego quemo en tu alcoba.
He estado por ahí un rato de prado y callejuela. He sido consciente de ciertas emociones-comandos que empiezan de un modo vaporoso, irracional, un latido, un estremecimiento y que luego arraigan pensamientos y un cambio profundo de ánimo, a veces tormentoso. Al ser consciente las he frenado antes de que me llevaran a esos ciclos de éxtasis-depresión y laberinto afectivo. He sido consciente de cómo se juntas esas ecuaciones mentales y generan una duda, una desconfianza hacia mi misma, un aullido de sed, y al detenerlas y devolverme al viento he ganado control sobre ellas.
He sido consciente del grito de mi entraña. Y he comprendido la raíz dónde surge mi zona impulsiva-agresiva-atormentada. He entrado en trance, a través de vivirlo desde un foco más profundo y menos personal, sin herirme del objeto directo de la herida ni del grito. Al expandirlo y verlo como un arroyo del todo, he podido experimentar otra comunicación más profunda con mis problemas y también hallar el fuego de la perpetua solución, en la lucha y en la voluntad.

Luego caminé por el pueblo. Tuve tal vez algo de nostalgia del verano, y esa nostalgia me hizo pensar en abandonar el pueblo, irme a vivir otras aventuras, abandonar éste lugar y poblarme de otros horizontes.

Aquí no estoy abierta a la gente. No soy amistosa, no me dejo seducir por la magia. Voy como loba. No pertenezco a los cotidianos de la plaza, ni de los bares, ni de los problemas vecinales ni conversaciones, ni ostias. No tengo abiertas las manos. Voy siempre con un puño, con una distancia, con un desierto y bosque de por medio haciéndome escudo. Eso hace que mi soledad sea más arisca y cerrada, más tumultosa, más abisal para cruzar a lo universal del hueso y de la sangre. 

Cuando estoy de viaje, todo eso se transforma. Yo soy más del viento, de amores marineros, de deseos de conocer gente y mancharme los labios.

Vivir en el pueblo me obliga a la posesión del fauno y de la distancia. Me extiende la sombra del exilio, de la vieja guerra, de la antagonia loba-mujer, soledad-amor, de lo irreconciliable. Tal vez algo de eso está en mi natura, pero ir hacia lo desconocido, podría poblarme de monos el coñac, ir a otra atmósfera, caerme de costado a otras tabernas y puertos.

Acá, paso todo el tiempo sola. Sólo yo y el perro, mis poemas, mis trances, la cerveza y la música en medio de mi nada. El contacto horizontal con el lenguaje de la naturaleza, pero también un desgarro separador. Ante el deseo intermitente de fundirme de catarsis con otros vagabundos, emerge la protección-ataque de lo arisco y oscuro de la soledad ante la no satisfación del deseo. Además el lenguaje de la soledad puede llegar a lugares peligrosos, a meta-existencias y lenguajes de profundidades de esa zona sombría del alma. Donde una vez desarrollados y arraigados en mi pecho y en mi sombra, es más díficil equilibrarlos luego en la fusión afectiva con la otredad. Y la cucaracha de Kafka empieza a sobornarme los desvelos.

Voy a empezar a mover mis naipes por irme a vivir a la vera de la mar. Aunque las circunstancias políticas de la hechura no están del todo a mi favor. Pero he de ir, hacia el fuego. No asediarme otra vez en la grieta del olvido.
Voy entre el fuego. Mi voluntad la empujo hacia lo Desconocido. Ese alfabeto extraño que debió de nacer en el tambor de un neandertal rodeado por bestias, esa intuición desgarrada e indivisible, ese poema de poemas inefables, de gritos sordos encima de los capós de la lluvia y el barro, de los caminos huérfanos hermanos de la leona y de la piedra.
Mi concreción hace muchos años ya que no va hacia lo concreto, ni lo asible, ni lo que pueda quedarse en mi casa.
Mis planes son de vuelo irregular por las caderas de la luna.
Mi futuro es una pelea con la muerte, para beber sus faunos y nadar en sus praderas.
Todo lo otro me es extranjero, frugal, vicioso.
No soy la objetividad de ningún destino. Y frente a la humanidad, soy un hueco que arde. Infiel tonada al capricho de la ginebra. Caos en apología de la risa vagabunda. Pobreza arrogante. Destierro húmedo.
Mi soledad es un escenario extraño, donde me oculto y me abro, del fuego universal, del hueso roto y compartido por todos los humanos. Del grito comunista libertario, acorralado y bestial.. que todxs llevamos dentro, donde no tenemos nombre ni recordamos las palabras que explican lo que hemos hecho.
Mi soledad tiene vida propia, y Alicia sube y baja sus persianas, donde a veces mi habitación se llena de venados, selvas y soles, y a veces desolada, soy robada y abandonada de todo.
Mi soledad a veces se acuesta contigo, te toca su violín, se pega un tiro en la cabeza mientras tu lengua baja por mi espalda.
Ella te escribe canciones sanguinarias, donde uno de los dos, saldrá herido mortalmente. Ella me destierra entre tus muslos, ella me tortura cuando te amo. Ella se pone en contra de ti y me hace clavarte esas garras cuando bajan los cuervos con el tequila, y los dos, apoyados por el monte, nos hacemos a hachís un batiscafo animal en medio de la incertidumbre.
Ella siempre te traiciona. Porque te sabe su jaque mate. Porque necesita tu daño, tu accidente cuando sales de mi casa, tu borrachera rota en el asfalto. Tu palabra amoratanada en el patio, llena de vídrios, papeles quemados, Mercurio enloquecedor. 
Ella entre mis piernas te frota con la serpiente emplumada. Te devora la carne sabiéndose la huesera. Pero yo no salgo ilesa. La tuya hace lo mismo en mi vagina. La tuya hace lo mismo en mi corazón y en mi cementerio.
Inocular el acto. Ir de la garra de lo desconocido, y tener siempre un carnaval que celebrar.
Destruir la costumbre.
La repetición manipuladora del comando que me dice que conozco, que vuelve la misma percepción.
Todo en la esencia está en movimiento. Todo en esencia es nuevo cada vez bajo el poder del presente y lo desconocido.
El filtro de la mente, hace para su comodidad y tormento, la idea de lo asible, de lo cierto. Pero sólo es cierto para la mente. Y la mente es el espejo de un payaso. 
Todavía hace frío. El sol no ha subido el monte, las nubes se extienden prendidas de las garras de las gaviotas que no llegan hasta aquí.
Yo soy el habitáculo de una leyenda, un cuento bebido con sangre y golpe. Todo es un sueño. Porque sueño construyo la realidad que me sueña. Porque sueño percibo la materia, la toco, la destierro, la sufro y la celebro. Porque sueño creo que sé, que no sé, que estoy viva.
Necesito comprender del todo ese hueco-mordisco.
Desde allí surge mi inquietud, mi sed, mi antagonia. Pero a la vez el puente, la lucha, el aliento, la voluntad. El fandango de la derrota y el fuego interior.
Es el fuera de campo de mi corazón en el secuestro y en la entrega, en el duelo y en la cabeza del fauno.
Es la puerta de la grieta del tiempo, del más allá, pero también la tumba del más acá.
Es el lugar donde nace la pulsión de mi poema. Lo desconocido. La capa que hay que trascender. La pared que se derrumba.
Mis motivos de la desolación, y los pilares de la fe y el fuego.
Ese hueco-mordisco, es la incursión en la cuántica, pero puede ser también la detención de lo vital, y el infierno.
Es la materia evanescente de la evolución. Y el choque de la sombra que arrastro.
Cuando él me muerde algo en mi palabra se detiene. Hay un acto-físico, una fiebre corporal, que me hace caminar a ciegas. Voy sujeta por el instinto, pero a la vez siento que nada me abriga, que no hago pie, que lo he olvidado todo. Entonces una fuerza irracional me golpea energías contrarias, en apariencia depredadoras, destructoras de algo. Y es entonces lo que se derrama en mí como un rayo del submundo, lo que realmente está levantando el espíritu, el nagual.
Ese hueco mordisco a veces se da en el éxtasis.
Pero generalmente se da en la fiebre. Para que cada vez sea menos aniquilador, he de trabajar mucho su instante y la voluntad, la enervante consciencia bajo sus dominios. Evitar el cansancio. Evitar despreciar y alejar su aullido para protegerme. He de generar el acto, el temple, la confianza, y sacar a la mesa, los naipes de la magia y del volcán, de la alegría, del beso del océano. Darle energía y saber que allí nada es lo que parece. Comprender que el dolor, la caricia de la muerte, eso que llega como algo que nos es arrebatado, es precisamente en su esencia lo contrario, es una semilla que ofrece.
Tengo que centrarme. Ser eficaz con el verbo que se acerca. Acabar ciertas cosas que me comprometí en hacer. Ordenar el barquito de vela, la gota de sangre, reconstruir mi tonal, en armonía con el otro lado. Y mi otro lado en armonía con el del tonal. Hallar y habitar ese tercer espacio, ese espíritu-hueso, conciliador, cuántico y permanecer la mayor parte posible en él.
Armar la escritura y el pensamiento.
Hacer ejercicio en la montaña y en la aventura. Soltar las riendas, las correas de la seguridad. Incursionarme a ese lugar que silba el peligro, pero hacerlo con armonía. No con suicidio.
Tener limpia mi casa. Una artesanía con el cotidiano. Alfarería del instante, de la honra a lo vivo.
Dejar intermitente la cerveza y el hedonismo. Aunque saber que sin el hedonismo ninguna filosofía vale la pena, ni ninguna certeza vale el grito.
Aprender a distinguir que en el otro lado, no todo es valioso, ni producente. Que hay ciertos lugares a los que accedo, que están sucios de un verbo ausente, y de una consciencia fantasiosa y blanda. Que me llevan también a un trance dislocador, divisorio, restante.
No debo equivocar el camino.
Yoseba es una pasión poderosa. Pero yo la hago más poderosa al incluirla en mis poemas y horizonte. Ya conozco de sobra mi corazón de ramera, su inquietud, su carnaval, su cabaret, su cementerio. El camino que elegí, sabe que el amor sólo es de la ramera. El guerrero no lo lleva encima. 
Mi loba no lleva a Yoseba, y si lo lleva a veces, es porque está la puta conmigo. Sé que ella no renuncia al vuelo orgiástico, hay una sustancia energética que a través del sexo, ofrece una apertura cuántica, esos son los dominios de la ramera, su poder, su libertad. Pero he de conocer sus vicios. La manipulación emotiva. Las hormonas que dicen afecto, cuando en realidad, son éxtasis. El amor que tengo por Yoseba es un puchero de bruja. 
Recuerdo el día que le dije "los sentimientos son unos perros flacos y pulgosos, no hay que hacerse la picha un lío" Ese día le propuse hacernos titiriteros, conseguir una furgoneta, ir de verbena en verbena vendiendo churros y poniendo karaoke. Le dije también "ha de ser una furgoneta grande, metemos un colchón, y así entran nuestros perros, y hacemos orgías de testigos de jehová con otros vagabundos y perros que encontremos en el camino".
Le dije eso, porque me había mordido el corazón. Porque ese día, un rato antes, había descubierto que le amaba. Que su frío y violencia había herido mi corazón. Aunque había armado el destino de mi loba. 
Él se había enfadado conmigo. Habíamos pasado la noche en la montaña. Por la mañana yo estaba rabiosa y dislocada y quería enfadarlo y a la vez quería quererlo.  Bajamos la montaña como dos lobos. Mi corazón empezó a sangrar. Descubrí la antagonia, el mordisco de benceno que desde entonces no se ha marchado. Una parte de mí, sintió que lo había perdido para siempre. Le dije después "no me conviene acostumbrarme a ti, porque sino la loba, se hace una triste perra en celo, yo también he sentido el silencio engendrador y madre, de la muerte". Estuve varios días sin verlo. Sentía ese mordisco en mi alma como una jauría. Como una muerte. Entonces busqué a otro hombre. Necesitaba serle infiel en el fruto. Pero luego volví a verlo y rompí la comunicación con ese otro hombre. 
En esos otros viajes donde nos encontramos, la loba no estaba conmigo. Estaba sólo la ramera. Eso me hizo poblar regresiones a las pasiones pasadas y vicios del amor y encontrar nuevos con él. Pero también hizo más grande el mordisco. Al amarnos desde el lado humano, mi loba se enloqueció dentro de mí. Se hizo más débil. Y ahora es a ella a la que necesito. Necesito la guerra con Yoseba. Mi ramera fue excesivamente generosa. Estaba en celo. Quería probar el orgasmo insaciablemente desde su corazón comunista libertario, burdel, carnaval y cementerio. Se hizo portadora de sentimientos, se hizo necesitadora, dadora, celosa, hambrienta. Debilitó mi casa. Abrió demasiado sus piernas con la heroina clavada en sus entrañas.
Me posicioné del todo, lejos de la realidad ordinaria. Destruí los desvelos y deseos y caminos y dominios de ese mundo en mi corazón. Me entregué entera al infinito. Rompí también el acuerdo de mi escritura como supervivencia y centro. Me desvinculé también de mi familia, de mis viejos futuros, de mi relación frente a la humanidad. Y viví en un lugar incendiado de metáforas el corazón del dinosaurio, del volcán, de la bestia. Me la sudó con fuego todos los problemas e intenciones que había cargado antes en mi vida. Mi pasión se hizo lo extraordinario. 
Ahora sé que es mi voluntad lo que de armar y moldear, para volver a beber el fruto del infinito. Estuve allí. Esta vez no olvidaré. No cargaré moratones del manicomio. No le entregaré a mi razón, mi otro yo secuestrado y preso. Quien está allí, nunca vuelve a ser el mismo. Quien es besado por las estrellas nunca traiciona ese amor. Yo no lo llamo dios, porque esa palabra está herida de cárceles de mármol y oro. Pero es una sinergia poderosa, llena de leyes cuánticas, del matrix, de la magia, de lo Infinito. Es una incursión a través de la destrucción de la manipulación de la cultura y la realidad pactada por la sociedad, es entrar más allá de la noción humana y pedirle a los árboles que te presten sus ojos y vivirlos como un rayo. Es comprender el monte como lo hace la lluvia y el jabalí. Es bailar al lado del fuego, como lo hace su principio. Es recuperar un instinto neandertal para mojarse en la tierra. Es vivir con el corazón desnudo y desarmado, y a la vez con una trinchera en la evanescencia de la palabra. Con la animalidad. Con la violencia liberada. Con el Presente y el acceso a la magia que sólo en su incendio permite la música. 

Tal vez he vuelto con moratones. Tal vez el manicomio sí me dejó alguno. Tal vez el amor humano que siento por Yoseba, ya no es sólo un aliado como lo fue, y es también un enemigo. 
Tambíén vuelvo a estar sola, y es una soledad diferente. Es una soledad oblicua. Una soledad que no me deja cerrar los ojos. Una inquietud insaciable. Una alerta de jaguares y rocas. Hay una especie de pócima de brujas que me rodea desde el desgarro. Me acecha cuando duermo, cuando cruzo la calle desolada, cuando me agarro a las ramas de los árboles para encontrar al fauno o hablar con el fin de todo, mi corazón vacío o lleno de la sangre del mar.
Conozco la lucha. Eso es lo más importante. Necesito la consciencia, el control sobre mi mente, mantener el centro en la cuántica, y no permitir que el objeto-percepción se haga mi médula. Debo aprender el salto de los ciclos, los movimientos circulares, los elípticos, los metafóricos. Debo aprenderlo a la vez con el instinto y la razón. Estar y no estar. Ser y no ser. Albergar y vaciar. En el mismo tiempo, sabiendo también que el tiempo tiene un agujero negro que lo destruye al igual que al espacio. 
Debo evitar desgarrarme en la violencia. Pero tampoco hacerlo en el acuerdo de paz. No debo dejar mis huesos en ninguno de los focos. Debo entrar y salir entera. Aunque sabiendo que sí se queda algún hueso y me reclama su desolación, es porque hice algo mal y he de arreglarlo antes de seguir. No quejarme. No lamentarme. No ponerme triste. No entrar en el alcoholismo. Cada tumba tiene una verdad inevitable. Es a ella a la que de ir guerrera y dispuesta a la muerte. No andar haciendo trampas dentro de mí. No contarme chismes, en la arrogancia ni en la decepción. No aceptar mis cuentos. No tenerme piedad, no serme un crucifijo, pero tampoco la policía.
Me despierto en la noche. Empiezo a hacer casa en mi soledad. He estado muy dentro de ella y muy fuera. He cruzado un umbral donde ella derretida se inmolaba por otro sueño. Ella estaba con la intimidad de sus sombras, pero ella, se iba de sí, al rayo que creyó encontrar otro destino. Todo esto ocurrió en un lugar transitorio y díficil de explicar para la razón. Era en el mundo de éter, y en el incendio, era más allá de la cordura.
Ahora necesito llenar de palabras los comandos que ocurrieron en el fuego. Necesito formular la metáfora integradora, el hechizo de algo existente y reconciliador.
Los ensueños, fueron el foco, el enjambre, la línea divisoria y la multiplicación. Eran sueños donde yo estaba despierta, pensaba, decidía qué hacer, era consciente, allí encontré la furia, una mirada demasiado ardiente que trasladé a la otra realidad. Empecé a actuar por las leyes de mis sueños, por el conocimiento de allí dentro. Y se derrumbó el pacto de olvido entre ambos mundos. Yo me hice un poema viviente, ensangrentado, visceral, violento, y a la vez íntegro, inevitable. Albergué algunos errores gramáticos, la psiquiatría los llama delirios, la sustancia que había detrás, no estaba equivocada, pero el filtro de mi mente, interpretó en la raíz de su herida y de su deseo, comandos extraños, ajenos a la realidad, falsos, esto provocó un exorcismo en mi corazón, pero también una muerte y decepción, nostalgia Quijote, cuando fui consciente que algunas cosas que había creido no encajaban con lo real. 
Ahora estoy en un lugar transitorio. Ya no tengo el estado de conciencia que viví durante aquellos días, porque mi acuerdo y diálogo con la percepción-interpretación ha cambiado. Pero tampoco estoy en el lugar que estaba antes de esa metamorfosis. Estoy, tras la salida del manicomio, entre la mar y la noche oscura. Quiero defender ambos mundos. Quiero evitar el error gramático. Sé que lo provocó mi mente, al cruzar la grieta de los mundos, no fui desnuda del todo, fui con cachos de mi historia, con fantasmas penetrantes que reclamaban la vida y la liberación. Fui con cabos sueltos que ejercieron la tiranía del preso que quiere todo el champán de las estrellas y el asesinato de la policía.
Yo no voy a volver, no voy a renunciar. Este camino me eligió o lo elegí cuando tenía 18 años. Y ahora ya ni siquiera es posible permitirse el olvido. Ya no viviré a un solo lado asediada por la evanescencia. Conectando con el subconsciente y la bala de la escritura, el beso del éter. Ahora medio cuerpo pisará cada lado. He de aprender a que convivan sin restarse, que las decisiones de cada polo, no jueguen al asesinato entre ellas. Hay una ley para eso, cerca de la cuántica. Yo no la conozco demasiado con mi palabra, la conozco con un extraño y lejano estremecimiento. Pero sé que la palabra es vital en el acuerdo. Ella debe ser cautelosa, voraz, insobornable. Todo lo que digo y escribo, traslada una energía que se mueve en los dos lados. No es del todo paralela, no es del todo hermana, pero a la vez lo es.
La magia. La estación emboscada en tu vaso, proclamándome la independencia del grito, comunismo libertario del corazón, sólo cicatriz de luna llena. Aunque a veces la cobardía del tiempo nos hiere la belleza en ese verano furtivo que golpea la guitarra en las tinieblas.
Me hago de la casa, unas ruedas bajo un sombrero. Me mudo hacia la nada el acorde de la incertidumbre, tomo lo que llega, celebro la vida. Me mezclo de pinturas la soledad de mi payaso, cuando llueve anís y en el puerto nadie recoge las botellas. Te quiero y hoy me basta saberlo para humedecer la bala y que sea lo que sea, valga la pena.
Voy a ir al monte. Necesito trepar contra las costumbres del tiempo cuando estornuda tordos con hambre.
Necesito equilibrar esa energía desbordante, sin caer en ese trago seco. No sólo vivo del vicio, no debo darle demasiado. A ratos, todas las noches y estrellas. Pero a ratos dárselo todo a la mar. El poema pertenece a ambos mundos. Yo soy su torpe excusa. Su quinta cerveza.
Los caballos galopan como huracanes en el sueño de mi corazón.
Yo soy soplido y pelea de su memoria.
Vivo todo encima del fuego. No llegaré a vieja nunca porque sueltan jaurías las huellas.
No es posible vivir en paz, cuando la pelea es el único equilibrio, cuando llegan a fuego las canciones, cuando la tierra sangra.
Mi corazón se desató en tu purgatorio, en tu penumbra, en tu teatro. Se adueñó de lo que no era de la tierra ni mío jamás. Y hoy expulsa un hueco enamorado que llena de tentaciones mis búsquedas y mis gritos. Hace del acto, nitroglicerina. Me hace de cigarra la esperada nieve. Me cumbrea en la cumbre. Me fada a la medianoche el sótano clandestino de la cucaracha de Kafka. Me pide su compañía, su desacato. Y yo todo se lo doy, porque no conozco otro destino.