HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

He estado en el monte, he tenido una unión con la naturaleza que me explicó visceralmente lo que me asalta de igual modo. Por un instante todo se abrió como un oceáno y sentí el camino, la belleza. Supe que mi angustia nace en parte de un viejo conocimiento con la fractura, con la no aceptación, con la sensación de albergar dentro el infierno, supe que detrás de todo, estaba la búsqueda del Sueño, un latido integrador que buscaba sortear las zonas de la antagonia. Y se abrió la semántica y fue moviéndose entre mis recuerdos y futuros, como la música sin ejercer presión sino brizna. Eso me fue muy reparador y mágico. Al jugar en la nieve y en la hierba con el perro, al sentirla parte de mí, al verme y no verme desde afuera y desde adentro, algo vital recorrió lo inefable y la extrañeza, algo que retornaba a la vida sin amarras, sin centro, sin principio ni fin.
Él a veces es frío y distante. Es distante de mi rostro de vaho, el que le he ocultado con mi parafernalia de raposa en fiesta. Es distante del grito del iceberg que mi silencio alejanó de su memoria. De mi nombre salpicado donde la tormenta deshereda la orilla. Yo se lo oculté para poder amarlo. Y porque él no toca mi corazón clandestino. Mi vaso se enfiebra de ritos animales. Porque yo jugaba a los adivinos cuando ninguna puerta llevaba a casa. Porque amaba demasiado algo que huía de mí. Porque aprendí la artimaña de la esquizofrenia escribiendo en el muro un agujero de bala. Porque mi humildad sólo es un erizo. Porque mi honestidad es un ladrido en la borrachera, un rezo sumergido en la cicatriz de mi brazo, un sueño que no tocó la tierra. Porque mis emociones son aire desbocado. Porque para mirarte de veras a los ojos tendremos que mirarnos desde los ojos de un gato. Y mi soledad puta y festiva de la profundidad de un garra en el telón de humo, provocará siempre un desliz y una coartada donde tú y yo no tengamos nada qué decir. También donde tú y yo, ebrios de luna, alberguemos la esperanza de vida del ron en el barco en el que ya se han ido las ratas. Porque te reprochorá mi indefensión ante la ternura, no ser tú el asesino, no ser tú la última bala del cielo. Porque en mi reproche mi celo de selva te engañará, buscará siempre a otro, con el que mover de sitio el engaño de las estrellas y quitarse peso de la tierra seca. Porque el fractal se adueñó de mi pronombre esquivo y sufro la cuántica en la puta binaria del te quiero me quieres, y le salen espinas a las moras, mástiles a los lagos. Nunca puedo reposar. Nunca siento un cuerpo que me sacie, un beso que me detenga, un aquí que me dé casa. No puedo entre tus brazos olvidarme de todo, porque entre tus brazos me olvido de todo, y el otro lado de la calle donde nunca estás saca sus remos y empuja mi noche.
Porque hablo con los musgos albafetos viejos de cuarzo. Porque los lienzos escriben a veces un cadáver sentado en mis rodillas. Trato de amar el chasquido del horizonte, salvar un motivo en mi pecho, pero el motivo se escribe siempre cuando ya es tarde y otro suelo derruido me lleva encima de los cuervos al soliloquio de la luna.
He estado limpiando la casa. Ahora me he desnudado para tomar el sol mientras escribo. Quiero tomarme las cosas como se las toma la lluvia y la hierba. Soy procesionara de una nostalgia sin cómplices a la que no puedo brindar de su vino en el vino de nadie. Su tristeza de vez en cuando vendrá como si trajera el motivo del sol y en mi quebranto moriré de ti con unas brasas histriónicas del nihilismo. Te expulsaré, me expulsaré, y no seremos nosotros. También mi instinto de comunismo libertario desabrochará tu nombre en el soplo del viento y valdrá cualquiera al estornudo de un blues que traiga la pasión del opio.  Porque yo no soy territorial ni albergo ningún eje, ni en mi palabra ni afuera. Porque mis sentimientos son oblicuos de un poema, son cascadas y desiertos que han recorrido a veces en los labios del otro la quimera de un sujeto, pero nunca fue lo que el otro dejó en mí o lo que yo pude amar en el otro. Mi devenir es la promiscuidad de un verbo en un cuerpo mutante. Porque lo sé no puedo llevarte conmigo ni llevarme donde el horizonte me traiga de vuelta.
Me acepto como la fuga, como el doblar de las campanas, como la escarcha evaporada en el culo de las cigüeñas, como los números rojos y el azul de las ranas, como la palabra borrada en el sonido y el sonido escrito en la grieta, el agujero del tiempo y su derroche, como las patas de las garzas golpeando de un cadáver la furia del río y su luz. Me sé desde el otro lado de mi vida, puñal de astro, quebranto de tilos, frutas alucinógenas del árbol del olvido.

Por eso siempre sufriré del camino lo que el camino cruje en la galerna, lo que el camino toca cuando el camino desaparece, lo que el camino ama, cuando yo me olvido del camino, cuando yo me hago su sucio andén, su cabaret, su desguace, cuando yo defiendo el camino en la aguja que lo corta en mis venas, cuando ataco el camino y es el camino el que sostiene mi lucha, cuando yo blibero el camino a través de su desesperanza.

Por eso siempre un motor del lado contrario embriagará de peyote mi vida. Por eso amor te amo tan cerca de la muerte. Por eso todo lo que me rodea se rodea en su cuchilla de fuga. Por eso no puedo evitar nada y el rayo cruza en mi tráquea el canto de los desheredados y mi abrigo es esa intemperie que danza entre la vida y la muerte, la primitiva memoria del agua.
He invertido muchos versos, hacia el cuajar de la luna en tus ojos. Hacia el revólver de mi anacoluto enamorado en tus lienzos. Hacia la armonía de tu monstruo y el mío. Hacia el calzar de mi cuerpo en tu lago, de mi grito en tu armónica, de mi soledad en la tuya, cabalgando el éxtasis. 
Y hoy me doy cuenta que mi devenir de insecto es irrepartible en tu devenir de isla. Mi devenir de papel quemado es una cuadratura retorcida en tu devenir de hombre. Mi devenir del amor, necesita el de la rata, el del humo, el de la niebla y la nieve, el de la pangea y el de estamos todos locos y no tenemos ni nombre ni historia. Mi devenir del amor, necesita un ejército de líquenes y de lobos, una hoguera del apocalipsis, una orgía de bestias y de músicos.
Yo estaba equivocando el nombre del sujeto.
El objeto inquisidor de su agua y de su fe.
Estaba mezclándolo todo en mi loco corazón sobre una bala oblicua que no acertaría a expulsar el verbo.
Por eso hoy dejo aquello que estaba haciendo en los arbustos a ver si vienen las águilas a comer.
Me declaro otra vez la fuerza de la nada y de los ningunos. Otra vez sólo de taberna, sólo de quizás embriagador de brasas, otra vez mi caos enamorado. 

Ya no quiero amoldarte mi cúmulo de espectros en la rosa.
Ya no quiero obligar a mi camino que pase cada noche por tu cama.  Ni darte una palabra que respalda las palabras de la materia negativa en ese gemido de tigres que nos damos. Que sea todo como le dé la gana.
Quitémonos ya la presión de salir con vida de esto. Quema el equipaje. No te aprendas mi nombre. No quieras comprender nada a través de lo que tocamos ni de lo que fuimos.

Yo estaba muy cansada de los esfuerzos de Alicia, salvando los escombros del carbón en su viaje a ninguna parte y dándoles tu sonido y tu sabor. Yo estaba ya neurótica de doblarte entre mis costillas como el alba. 
El beso del sapo nos besa en las estrellas. Su perdón es no dejar nada en la tierra, nada para luego.  Hoy quiero irme donde las zarzamoras cantan el invierno sin tener que darse la vuelta para renombrar los saltamontes del luego. Hoy quiero irme como se van las nubes y los ríos, allá donde el piano me ensangrente el vértigo de amar y no tener que guardar explicaciones que echar como un rezo de rodillas a la pared del fusilamiento ni al capricho del sol tan vehemente de no haber defendido ninguna palabra en nuestro pecho.
Necesito reconciliarme con el virus dadaista. Y hallar su dicha en la casa de las ratas, en el arrebato del fango, en el amor de los espectros. Es en el inframundo donde he de empezar a bailar lo que en la superficie me pone rígida.  El violín del buitre fue mi alimento y mi esperanza. He de retornarlo libre al incendio de las civilizaciones. 

He manchado entre la casa de la rata y la isla, una antagonia, la antagonia de amor de Alicia.  Y esa antagonía sólo reirá en el reino de los gusanos. Porque fue allí donde alguna vez cabalgó con el fuego. 

Mi tormento le debe a la rata los cordones de las botas y la botella de vino. 
El mapa es cubista. El movimiento es homógeneo. Nada más, ninguna palabra, ninguna ley es cierta. Sólo el movimiento. El movimiento ama el canto de la rata. El movimiento lo ama todo.  Yo atravieso esos comandos como una mendiga hambrienta. Peso la pesadez con un cáliz de jodida plata. Y ofendo a la rata, porque no la doy su libertad. Tengo que atravesar del horizonte, esa tumba y hacer el rito de la huesera. Y sólo el virus dadá poseé la gracia para bailar con el infierno. 

De lo otro déjame olvidarlo. No te lo contaré. No dejaré mi pañuelo atado a la ventana por si vienes sin avisar. Los cipreses de sangre plancharon tu belleza donde mis dedos de cristal buscaban el pentagrama del río.  Ellos nos llevaron a los dos a la rechingada. Yo no quería que fuera así, quería que tú hubieras venido vestido de tejón y de espada. Pero tú no lo sabías. Pero ella se había pasado con el trago. Mamá lloraba en la ventana, su consuelo era nuestro suicidio. Me lo dijo al oido la tormenta. Tú separaste los naipes. Yo lo convertí todo en un embargo. Mi vagina disimuló mojándose con estrellas en tu piel. Pero la bestia ya se había despertado. Ojalá no fuera tan dramática la pluma del cuervo robándote la escritura en mi infierno. Pero a los cuervos les gusta arrancar las costillas, porque su ternura mal entendida necesita la intensidad de los desacuerdos. Y su amor de viento, necesita ortigas llenas de sangre en la puerta a la que nadie llama. 

Yo traté de explicártelo aquella noche enyerbada. Pero me salió rana. A ti no te gustaban las ranas, así que yo hinché de helio mi anfífica manera de mentir. Y mentí con mi boca en tu sexo el doblar de las campanas. A mi no me entiende ni dios cuando me pongo austera. Por eso abrí las ventanas azules en la chimenea del agua. Atravesé la viga en el tercer ojo de la araña. Y me dio por la lujuria para evitar malentendidos innecesarios. Malentendidos éramos ya nosotros. Y así nos amamos. Malentendidas las luces que brotaron de nuestros jadeos, malentendiéndonos al fuego del todo y de la nada.

Si yo te hubiera dicho la verdad, el teatro hubiera vomitado la sala de espera de urgencias. Por eso era mejor esa arena que caía por las puertas y regaba de los lirios la danza del sol. 

Pero no es un drama. Sólo es la despensa de una armónica de alaridos animales. Yo vuelvo a los pinos para volver al lugar donde pueda amarte sin la contingencia de la navaja del fondo del lago. No me sale siempre. Mal y tarde pago en los bares y en los templos. Caótica te doy lo que tengo. La palabra lo niega todas las noches un rato. Es inevitable. Porque somos hijas de la ruina y del Imposible. Porque la vida sigue sólo porque la mariposa de la muerte sigue su viaje kamikaze en el secreto de los rosales.
Estoy en el pueblo. Cuando estoy aquí, estoy en el centro de la nada. Las sombras agazapadas que se cruzan conmigo por la calle me hablan de la bestia que aprieta el gatillo en mis sueños. Yo cruzo dos mundos en el asalto. No estoy ni aquí ni allá. Un lenguaje extraño me muestra a la muerte rondándome.  Yo agarro con mis manos el latido de los perros. Me sostengo en pie cuando no hago pie. Me fumo esa flor del precipicio, porque es el aire. Y lo que siento, te mata de mi vida, os mata a todos. Me empuja a ese lugar donde las piedras tienen pupilas y ningún superviviente regresó para contarlo. 

Cuando estoy en el pueblo, habito un barco de queroseno que nunca ha conocido a nadie. Busco el amor. El amor en Comala. El amor cuando todos los significados entran en la hoguera y agitan el esqueleto del carnero.

Las palabras que entonces conozco, separan mi alma de tu alma. Me expulsan el vértigo que después yazco en tu cama. Porque la golondrina suicida pasa siempre por allí, cuando te abro mis piernas y mi corazón, deseándote muy adentro, donde el fuera de campo de la guerra despierta a los cuervos que no podrán abrir sus alas en tus labios, porque ellos nacieron de la muerte. 

Mi soledad es una raposa. Mi soledad nunca deja entrar a nadie. Porque ella ha salido en la grieta de los mundos a escavar de los cementerios la rosa de papel. Y ha robado cerillas en mundos inhabitables. 

Ojalá no conociera aquellas palabras. Pero es inevitable. Por eso tú estás ya muerto para Alicia. Por eso mi amor no puede retenerte ni salvarse a sí mismo. Sino en un batiscafo del volcán.  Tú no puedes agarrar mi mano de abismo, porque el abismo que ella tiene podría matarte. Porque tienes miedo a lo que a ella alegra su infierno.

Yo he escrito demasiado como para sostener mi rostro de agua entre tus besos.
Volveré a amotinarme por tiempo indefinido hasta que vuelva a hablar con los chopos. No me libraré de la sombra de la escritura, ni de su fortaleza, ni de su airada. Yo la elegí y ella me eligió cuando no existía ningún otro camino. Hoy voy otra vez a su abismo y a su vientre. Es ir a ninguna parte, como todos los caminos. Sé que la transliteración de lo que me genera el escalofrío está lejos de la humanidad. Está en un lenguaje de corteza de limón y ginebra, polvos de mezcalita, réquiem de locos. Está en el mismo sitio en el que nace mi palabra. Mi honestidad está dentro de un rayo. 
Me he hostigado sin darme cuenta en el sueño de volver a un mundo que nunca me perteneció. He hecho frágil al poderío de Alicia. Y su casa se ha vuelto una maraña de escombros, porque yo quise echarla abajo y llevarla a ella entera y desnuda a la calle. Pero esto no es posible.  Lo que se nombra lo hace en el abstracto, lo que me toca y me vive lo hace muy lejos. Lo que yo amo se cuaja en la indefensión poética de un abordaje y de lo mortal. Todo lo que deseo muere. Todo lo que me hace caminar tienen una grieta de fuga endemoniada que voltea el rizoma de la noche al día envuelto en una barraca de ron de tarados. 

Creo que el amor de Yoseba me hizo soñar peligrosamente un mundo que no es demasiado viable. El amor de Yoseba debilitó mi techo de murciélagos y mi amado desamparo. Mi orgullo de loba. Mi escritorio del nunca jamás. Mis pasiones me trastornaron. Me hicieron creer que volvería otra vez a casa y que allí tendría muchos hermanos. Todo de fiesta. De amor de topos y gorriones. De rebeldía de mandriles. 

Pero Alicia tiene mil siglos dentro de una lámpara de aceite cruzando una caverna.

Mis sueños de amor, la asustaron y la acorralaron. Ensuciaron sus pinturas.

Yo estoy condenada a la escritura, porque alguna vez ella fue la que rompió la cadena y detuvo a la muerte. Ella me dio una vida que se reclama a sí misma. Que se necesita para que yo viva. Y su vida nunca regresa del todo junto a los humanos. 

Hoy vuelvo del todo al reclamo de mi distancia. Tengo que arreglar mi madriguera y su salida a las estrellas.
Me despierto algo tarde. Busco las palabras. Ayer fue un día díficil, no sé qué me ocurrió cuando salí por la noche, un rubor, una intensidad exaltada, una sensación de peligro, algo que me ovilló en la angustia. No he escrito casi. Necesito escribir mucho más para poder controlar esos estados. También ayer tuve otra vez la nostalgia de K. hacía muchos meses que no me ocurría. Tengo la sensación de que atravieso un precipicio. Mi psique no está bajo mi control. Porque no escribo todo lo que ella me escribe. Hay algo que no fluye en su sueño, que no disfruta de la atmósfera, algo que está en guerra, que me angustia. Necesito reparar esto en la soledad. Necesito reconciliarme con la soledad y amarla y amar desde su abismo. Creo que me he metido demasiada presión sobre el abstracto de la utopía. He querido ir hacia una exteriorización que no ocurría en el espacio. He golpeado desde allí la casa de Alicia. Y ha sangrado el piano. Y ha sangrado mi fondo oscuro.

Hoy soñaba sobre la limpieza. Al principio era la limpieza de la casa, pero esos objetos tenían un doble significado. En mi sueño se generaba un método. Eso me daba paz porque lo leía desde mi metafísica emocional. Me daba la sensación de una salida.

Eso es lo que tengo qué hacer con mi psique y mis vivencias. En el fondo no abandonaré mi soledad. Mi escritura no lo permitirá. Debo darle a ella la libertad y después que fluya el canto tabernario en las noches bisiestas en las que pueda abandonarla. La integración de la marea debe ser integral en el centro y mi centro está muy pegado a la nada. Todos los deseos que albergo sobre la extinción de la escritura y de la soledad, me hacen también sufrir, porque dejo desamparada la mesita de resina que vela mis sueños. Debo hacer las cosas con menos prisa. 

Anoche echaba de menos a los abuelos, a la algabaría, al calor humano. Echaba de menos al amor que sentía cuando amaba a K. Sentía muy grande la casa y muy fría. Eso me cortó el cable del posicionamiento poético, hizo que mi sentir fuera depresivo y no creador, por eso no pude escribir, al no escribir entré en un estado deplorable. Me sentía hambrienta, gaseante, me sentía al borde de un delirio. Todo a mi alrededor parecía ruinoso. Hoy vuelvo a darle fe a la escritura. 
Durante un rato pensé Yoseba, pero me dio náusea la idea de hablar bajo ese escenario del naufragio. Yo me acostumbré a no pedir ayuda, a salir sólo cuando el adentro estaba en la ola, cuando ya había bebido en la soledad el canto y la salida. Me acostumbré a aguardar a que mis metáforas comprendieran la herida y que escribieran sus tambores. Me acostumbré a irme a miles de kilómetros cuando me hería estar viva. Esa desconfianza es antigua. Creo que se hizo extrema en mi relación con los psiquiatras, ellos de alguna manera me enseñaron que los que ofrecen la medicina son los verdugos castradores. Que los confesores son unas ratas. Me enseñaron a proteger mi verdad psíquica adentro de mil escaleras de caracol para que ningún ojo la viera. Y viví muchos años sin cómplices. Cuando estoy jodida se cae a pedazos el mundo. Yo me embriago en un extremo etéreo. Soy radical de sensaciones y sentimientos irracionales, como si estuvieran teñidos por un mal viaje de LSD. Mi mente ha vivido en lo empírico la rareza de estados alterados de conciencia. Mi mente la arroja y me invade. Soy cíclica de cien vueltas de campana en un rizoma de nitroglicerina. La escritura es lo único cierto.

Estoy en un momento jodido, muy cambiante y visceral.  El cielo y el infierno comparten el barco en el que navego. Mi mente sufre la resaca de la intensidad del éter. Mi mente sufre el otro lado de la pesadilla cuando del pañuelo una paloma devora ratas. Algo irracional señala mi muerte. Algo abisal aprieta el gatillo cuando de la bruma los chopos lloran agujeros de gusano que cuajan en el rocío sombreros de paja de ahorcados y cantaores.

Sólo mi soledad puede reparar el corte de las venas de mi mujer que espera en el salón de baile.
Sólo la escritura puede sacar a la luz las metáforas que me hunden en el fango. Sólo ella liberar mi grito y mi voz. Ese subyo de la criminología se ha despertado y ha subido las escaleras. Se dedica a boicotearme el amor y la esperanza. Me roba las ganas y las desmenuza en una habitación a oscuras donde las cortinas descienden los dedos cortados de la mata, con esa sangre derramada de un crepúsculo que se aleja. Sólo la escritura puede hacerlo soñar el sueño de los sapos.

A veces soy ilógica y vehemente de un poema que me leyó el otro lado de la mar. Porque lo sueño creo que se abrirá implacable y me llevará a casa. Porque arriesgo todo por su canto. Pero hay una ley de gravedad que regresa al interior de Alicia donde la selva es el pomo de una puerta de arena mojada. 
A veces sufro en la desilusión vertical el boicot de ese poema. La frustración me agarra en una antagonia. Los procesos del vaciamiento escupen tierra a la lanza del tejo que desde tus ojos no ha podido nunca besarme.

Los árboles están blancos de la helada. Yo camino.
Nos iremos un día de todo. No te preocupes por el devenir del sujeto ni la indigencia total del objeto. Nos iremos donde el Ir explota la semántica que lo sigue, el esqueleto, la voz que pudiera todavía mecerse en la mar y allá, seguiremos yéndonos.
Que no te hiera el boticario jazz de nuestros muertos ni el enjambre de ruinas cuando sobre tus hombros el hombre de hojalata pesa lo que el Sol.
No cargaremos los esfuerzos del remiendo ni del poema. Ni coleccionaremos lágrimas ni motivos. Que no te moleste mi desamparo. Que no te obliguen mis cicatrices. Que no sea porque ves tus ojos en los míos, ni tu grito en el cielo. Todo explotará. Y no seremos ni los últimos ni los primeros. Yo prefiero que traigas whisky y un sueño imposible. Con la guadaña de la parca afeitaremos las estatuas de la plaza y nos echaremos el vals de los ayuntamientos destruidos. Mi nacionalismo no aguantará ni la primera ronda. Y volveré amor a amarte como a una jauría sin haber aprendido tu nombre, sin poder distinguir tu cara de la de cualquiera, ni tu sexo del redoble de un fuego y un olvido. Somos sinergia, no nos tomemos personalmente lo que ya se toma el viento y la nada por nosotros. Yo te daré todo el amor, pero nunca será mío. Y no lo haré por ti. Porque me llegas también cubismo. Somos raposas que danzan. Somos nubes que migraron hace muchos siglos. Somos historias siempre incompletas con un autor ilegítimo. Yo soy promiscua por la honestidad del rizoma. Porque la luna es muy bella. Porque el movimiento impide aprender de memoria el borde de las montañas.
Cuando en el manicomio pegué a un guardia de seguridad, le arranqué la placa, y durante un segundo agarré el pincho y tuve una visión de clavárselo en el cuello. Pero me detuve y lo tiré al suelo. En esos momentos hay mucha adrenalina, la pelea es una danza, la pelea es una catarsis. La pelea es hermosa. Arregla en su canto lo que las palabras no saben, lo que la historia atasca, lo que el cuerpo sufre del silencio, la pelea liberta, la pelea es música.... En ésta hipócrita sociedad nos han separado de la pelea. Y eso ha generado muchos nudos de represión en el espíritu. Muchos problemas sociales. Porque la pelea tiene un caracter de nobleza y de espiritualidad reparador. 
En el grupo de niños de mi infancia, jugábamos a pelearnos, como lo hacen todos los cachorros, como lo hacen las nubes y los astros. Y eso hacía que nuestro vínculo fuera sano y natural. Porque bailábamos. Algunos niñxs no querían participar, y yo desconfiaba de ellos, mis mejores amigos en la infancia eran aquellos con los que me había pegado. 
Debemos recuperar la pelea para dignificar las palabras. Para hacer más divertido el mundo. Para liberar al animal salvaje y a sus tambores. Para saber amar mejor. Para saber soñar. Para que el mundo sea más noble.
He descuidado algo la casa. De vez en cuando entro en ciertos ciclos de caos y abandono, de mugre de mezcal y de chopos. De tiempo que desaparece cuando la arena dibuja huellas de pájaro y la sal sus venas.
Yo me he dedicado al ocio desde que amé a los perros. Soy antidisciplinada desde que soy. En el colegio andaba siempre al atajo y al de milagro. No seguía las órdenes. Yo tenía una naturaleza festiva. Alguna vez fui muy alegre y social. Antes de los 18. La psicosis insecto que viví, andrajó la idea del escenario. Esa naturaleza hedonista y viciosa no es fácil ya de que pueda arreglarla. Debo aceptar mi naturaleza. También tengo una naturaleza nostálgica y depresiva que gravita con la apegada al éxtasis y a la culminación. Tengo una naturaleza también engañosa y dramaturga. También estúpida del blanco de las nubes. También oscura del Paris que murió hace 200 años. A veces pedante de la metafísica y mi puta escritura. A veces mundana y suicida. A veces porno. A veces sacra. Soy vaga. A veces prefiero quedarme entre las procesionarias y los pájaros. Pensar que pensar debía pero hoy ya es tarde para eso, mejor un trago de vino, amor moriremos, déjame olvidarlo contigo más allá de todo. También creo en la venganza. No en la venganza personal, sino en la etérea, en la delincuente, en la rizomática. Alguien en mí a veces es todo perdón y amnesia. Pero alguien en mí, conoció un cuchillo que nunca soltó del todo. Me acecha cuando la tierra abre sus costillas. Reconozco esa violencia en mí y la acepto. Acepto mi zona antimoral, mi excitación orgiástica ante lo delictivo, lo extralimitado, lo incoherente, lo nuevo. Acepto que mi ansiedad a veces se pone reloca en los bares, en su cuerpo, en la promesa del fauno de un canuto, en un salto al vacío. Acepto mis impulsos dramáticos y pornos. Mi libar de la cucaracha de Kafka. Mi tiovivivo del nunca jamás. Mis deseos utópicos de la infidelidad permanente y los de su otro lado de una pureza insobornable al beso del barrio y del amor. Sé que en ciertas noches no diría a nada que no. Sé que lo que me da pudor en algunas zonas de mi naturaleza, me da fuegos fatuos y barcos de aire, en el otro lado. Sé que lo que reprimo algunas mañanas torcidas, es lo que buscará mi orgasmo luego.  Tampoco acepto la teoría de nadie, ni los libros, ni la mano de, porque soy empírica, no digiero nada sino lo he vivido. Comulgo sólo con mi jodido ombligo desbordado entre la ginebra y las montañas. Cuando el yo desaparece porque todo es LSD entre el dentro y el afuera. A veces también soy hipócrita. Lo bueno es que mi mente cuando me está estorbando mi propia máscara y algo sucio, me da el resplandor esquizoide y se me atraganta adentro un erizo. Entonces me lleva la náusea a la rechingada y me salva el espanto. Mi cuerpo se inmola a sí mismo. Y me devoro al vómito verde. Mi raposa mente siempre me ha salvado, aunque fuera en el inframundo. También miento pero sin hipocresía, miento con los poemas. Conservo un fuera de campo engendrador de oblicuos verbos. Y entonces voy ligera. Un otro lado de la conciencia me espera en la última esquina de la barra y me dice tranquila, no hay nada de lo que preocuparse éste trago trae otro estrago y el suelo recobrará tubérculos y pozos, el amor otro amor, la muerte otro canto. Y nada de lo dicho ni de lo hecho podrá provocar ni certeza ni jaula. Mutaremos como los insectos. Mutaremos como las enanas blancas. Mutaremos como la chingada y ni una sombra se quedará para sostener al borracho en el muro ni al dios en el cielo.
El otro día que caminaba con mi viejo yo le iba diciendo que la realidad no se puede abarcar, que la vida es extraordinaria.. que la noción de la muerte es insondable como lo es la del tiempo y del espacio, y al cruzar por un parque le dije, mira como la vida es extraordinaria, crece el musgo del cemento.. y me dijo coño mareva deja ya de darme ánimos vete a dárselos a esa señora, vete a contarle lo maravillosa que es la existencia y ya verás que cachabazo te mete porque piensa que te estás riendo de ella. Eso nos hizo reir. Era una señora que caminaba encorbada, muy lentamente mirando el suelo. Estuve a punto de ir a hablar con la señora. Me preocupa la tristeza de mi padre. 
Un día le dije, yo creo que los muertos no se mueren del todo, porque yo en mis ensueños a veces los veo y me llevan de paseo allí donde están y me enseñan sus pueblos.. y ellos están conscientes de que están muertos, tienen su propia vida. Mi padre es muy ateo, pero desde entonces cuando me preocupa su enfermedad, me dice, tú tranquila que cuando yo me muera iré a sacarte de paseo por los sueños.
He ido un rato al monte. Me desperté del ensueño muy cansada, y para luchar contra eso, decidí moverme. Hoy quiero empezar a bailar, rock o lo que sea, gastar adrenalina. Tuve muchos sueños dentro del sueño. Había un lugar de reunión entre los comando del sueño y era esa habitación donde yo dormía, yo llegaba a través de la visión del techo, cuando el otro ensueño era acabado yo tenía que recomenzar todo allí dentro. Yo no tenía casi energía, estaba muy cansada y trataba de recuperarla. En alguna parte de esos comandos, yo hablaba con las estrellas, y Marte me había agarrado no sé qué violencia, se mostraba mi naturaleza, como una especie de carta astral, yo me rebelaba contra lo que me decía esa carta. Esa zona que se mostraba de mi naturaleza, era muy lunática y salvaje, muy hambrienta y exaltada, muy díficil de manejar. No sé que conjunción entre Marte y otro planeta me decían cosas que me molestaban, que yo no quería.
He tenido un ensueño. Había algo recurrente y era el techo de mi habitación, ese techo me trasladaba o me detenía. También el perder la visión y caminar ciertos territorios del ensueño a ciegas, buscando abrir los ojos y teniendo imágenes muy fugaces o de nuevo el techo de mi habitación.
En algún momento apareció mi doble. Y nos dimos las dos manos, y nos sentimos y adivinamos en una unicidad, era una sensación muy extraña porque también había cierto lugar de desconfianza, aunque un intento de amor. Cuando ella llegó, me emocioné y pensé que ahora sí que podríamos ir a cualquier sitio porque juntas teníamos más fuerza, pero luego pensé que debíamos quedarnos en esa habitación y recuperar energía y arreglar la posición. En algún momento nos vi a los dos de pie, pero con las piernas sumergidas en la oscuridad.
En algún momento del ensueño, yo trepé por la pared y salté a vuelta de campana para introducirme otra vez en mi cuerpo y conseguir un cambio. Porque algo me atascaba allí. Los ensueños acababan y reempezaban en el techo de esa habitación y eran cortados, yo no tenía visión. No los recuerdo demasiado, eran salidas por el pueblo, por lugares con gente. Sólo recuerdo con nitidez uno donde yo veía la casa de mi abuela paterna, yo me acababa de despertar, la puerta a la calle estaba entreabierta y entraban rayos de sol, yo era un niña de unos tres años, y corría muy alegre para salir al patio y encontrarme con mi familia, cuando crucé la puerta volví a ver el techo de mi habitación.


 Ayer me dijo que vendría pronto a verme. Yo quiero volver a jugar con él, sin las nociones, sin lo que ha dicho mi poema sobre lo que siento y no siento, ni lo que él es o no es. Los escritores a veces son unos atormentados, porque han dicho demasiado, y la arquitectura de la palabra encierra el viento de nadie y escribe a veces mapas de puto oro y cárcel sobre lo que sólo es de pájaros. Tal vez mi salida, es dejar de escribir prosa y objeto directo y auto análisis, no escribir cotidianos, no escribir nada de lo concreto. Dejarle todo a la conversión poética. Porque la poesía es leve porque es mortal. Dura su vaso de vino y desaparece. Además es oblicua, tiene cubismo en sus genes, tiene lo que hay y lo que no hay en el mismo cáliz, en la misma escombrera.

Creo que necesito empezar a desfocalizar de mi necesidad de escribir, el contexto, lo que he tomado. Tengo que dejar su devenir al pensamiento silencioso e introspectivo, descuajarle su exteriorización escrita. Aprender a pensar sin tener que escribir para ello. Aprender otra vez a comprender y a descomprender manteniendo borrado su lugar en la escritura. Aprender a sentir el verbo sin escribirlo. Ese vínculo que tengo con la escritura sobre esos espacios, es nocivo para mí. Porque la escritura se vuelve la conciencia. Y en el fondo es mentira, es incompleto. Porque no se puede ir por ahí de coleccionista cuando los barcos bailan sólo sin timón ni ancla. Porque mi obsesión de escribirlo todo da demasiadas armas a Alicia y ella las usará en mi contra, el Sol las usará en mi contra. Porque la excusa de escribirlo todo, me exilia, me desampara. Forja la solidificación de un objeto que actúa como la falsedad en mi vínculo con el cubismo, como la trampa.
Mi vínculo con la extrañeza a veces se tropieza en el cubo de basura que sacan los vecinos. Y me recicla la rebeldía de las ratas donde ningún reloj ni palabra hace acuerdo.
Me hago el embosque insurrecto de la suciedad. Atrapo en mí lo que afuera reprimen. Le doy mis brazos, mi esperanza. Lo defiendo frente a la muerte y el olvido. Me juro su madre. Y asumo su desconsuelo y su soledad para salvar su música. Para reparar el mordisco del fascismo de la civilización en las metamorfosis de un fuego.

Perseguí lo clandestino. La luz de la oscuridad. Algo magnético en mi instinto, me hizo cavar, vestir con esqueleto a mi carne, con monstruos a la niña que alguna vez fui. Con el virus subersivo de la esquizofrenia a la taradez de sus máquinas de escribir y de planchar.  Me elegí en la enfermedad cuando todo lo otro era el frío de la indiferencia. Y mis mil patologías nombraron a la mar desde el presidio, trajeron a la mar desde la muerte.

Yo elegí a la locura con el canto de la libertad.
Quiero volver del todo a la calle, pero la escritura a veces hace de ello una distopía. También mi necesidad de enrocarme junto a los chopos, esperar la furia de la nada y voltear la tierra húmeda donde ninguno hayamos llegado.
Es parte de la contradicción lingüística del manojo de urracas que me dieron a la boca el nombre del viento y del hambre. Yo las incluí en mi soliloquio, porque se hicieron en mi cuerpo una mano astral que empuja el brotar del oleaje, aunque no podamos entender nada.
No distinguí la oscuridad y la claridad, cuando se trataba de la huesera y su baile. Buscaba la liberación absoluta del animal y del templo, de la criminología y de la playa. No hice caso a los participios, no acumulé la gravedad empírica del desconsuelo sino al filo de la navaja del alba cuando la hierba lloraba de los huérfanos la constelación que apoyada en la mesa regaba los motivos.
Mi naturaleza me obligó a la guerra, porque una antagonia mezclaba en mi arquitectura la comprensión de la mariposa abierta. Porque era esa grieta destructora donde ella buceaba la expansión de sus alas. La llanura y el refugio sólo era una noche bisiesta.
Hoy en ti, todas las luchas despiertan mi beso y mi aullido. Tu amor me llega, como todo me llegó, apuñalado en la luna, borracho en mi callejón vomitando ratas a la ternura de mi crisantemo. Y todo de mar la albura de la fiesta y el horizonte.
Vuelven todas ellas a ensangrentar el tacto del río, cuando tu piel es mi cartografía, mi océano y mi muerte. Vuelve el ciprés a sacar sus patas de la tierra y echarse un vals desde tus brazos a los míos, con la oscuridad abierta de piernas en el centro del sol.
Yo hace ya mucho que no entiendo nada de la lógica. Es la poesía la que me ofrece el cuerpo aunque también me lo roba. Es la mancha onírica la que limpia ese rostro y abre sus párpados. Es la pasión de los embrujados la que hace que por mis venas corran las ganas de quedarse todavía, en el abordaje, en la pelea.
Ya amaneció. La montaña gime ese aire incendiado de la helada. Se abofetean los cantos de los pájaros y desaparece del sujeto el objeto que lo abstrae en la fuga de un devenir oblicuo. Pienso en irme a algún sitio mientras mojo mi piel de la estaticidad de los árboles, inmóvil de amar cuando el amor necesita un descanso.

Los mecanismos de defensa se aprehendieron en mí en una taberna de locos. Mi corazón alguna vez se quemó a lo bonzo sobre dibujos de hollín que una epístola devoraba del cielo del que hablamos cuando la tierra no podía sustentarnos. Yo era hacia ti el último poema que podría defender. Contando sus engaños. La literatura siempre mantuvo una doble vida. Fue en ella donde horquideé mi libar de lluvia, mi pisotón de noche. Conozco sus excusas, su manera de hacer que esto nunca haya ocurrido. 

A veces todavía oigo tu sonido en el cambio de andenes. Cuando esa mano roza las espaldas de las nubes y la ginebra chasca una guitarra desobedecida de la casa que desaparece. Soy entonces el réquiem mutante de la esperanza de los puercoespín. Me embriago de estatuas destruidas y toda tu sal reaparece en la calle que no pude salvar de la memoria. Ya no es con dolor porque todo fue en su exceso un exorcismo del verso impertenecible. Porque todo fue del pozo, el aliento blanco de la nieve obligando a esos animales a la lucha. Porque agotamos hasta desfallecernos las palabras que mantenían el vínculo. Aunque afuera de mí, donde mi introspección recoge gorriones y mendrugos, tu recuerdo salpica el canto del absurdo y lo estacional retorna entre tus ramas para sobornarme el olvido.
Soñaba con una especie de yo que se relacionaba con gente, y una voz decía que él multiplicaba y era contingente de lo que no ocurría, que no sabía vivir y que en su pellejo todo saldría del revés respecto a los humanos.
Ha salido el sol. Estuve contenta por el monte. Al darme cuenta de esa necesidad de cambiar el accionamiento de la exteriorización y la interiorización en una armonía mundana y animal, natural de su fluir, hubo otra vez el nombrar de la música. Sin esa pelea mortal entre la sombra y el otro lado del salto. Me di cuenta que lo que supe en el viaje por el éter pertenecía a mi propio cuento de los arquetipos y el fuego y que no es un lugar que deba mantener como horizonte porque eso sería algo suicida. Aquella experiencia me llenó de extremos y de una sensación de vida-destrucción-vida, posicionada en la explosión, en la catarsis. Me di cuenta que la felicidad es más triste. Y que sin querer esa experiencia también me dejó algo traumático del rayo, dejó un sopor de incendios, de violencia, de quemarse a lo bonzo, toda esa intensidad dejó una grieta eléctrica en mi interior. Y mi camino ahora tiene que ser por una vez hacia el valle, hacia los árboles y el vino de los puertos, el lenguaje mundano, la artesanía con lo paria, la continuidad de un murmullo y no esa jodida sensación del doble o nada, ni ese arrebato pirómano que me da, entre una psique que escribo en la leyenda de la división, la unidad es múltiple, pero el movimiento es homógeneo, es integrador, tal vez yo me equivocaba al elegir el sujeto y el sustantivo, al derivar mi yo-objeto en su diálogo y lo único que importa es ese movimiento y en él radica mi integración..... Y también debo abandonar éste tipo de escritura del auto análisis porque acaba enfermándome la metafísica.

Hablé con Yos. Y fue una conversación hermosa y absurda. Su voz me calmó. Su bromear. Esa dulzura de barco y aguardiente de su tono de voz, de su murmullo. Era lo que necesitaba. Ayer cuando hablé con él mi cucaracha de Kafka me enfermó. Estaba subconscientada de mi propia sombra y escuchaba mi oscuridad bordeándose por fuera, era mi quebranto el que manchó ayer el paisaje. Hoy sentí el viento. Sentí algo que me besaba de afuera. Algo que no me señalaba ni me apretaba el nudo ni me esperaba, ni me violentaba a la palabra o al hecho. Sólo danzaba, sin los reparos de la sombra. Sin la enfermedad de las palabras.

Quiero abandonar mi soledad. La violencia de mi soledad. Caminar hacia afuera, caminar hacia el amor y la rebeldía, sin esos fueras de campo míos que me llevan a Comala y a ensueños de Poe. Sin alimentar mis visiones ni el paralelismo de los sueños como explicación y horizonte. Sin explicitarme en la jeringuilla del expresionismo. Sin levantar esos jodidos búnkers cuando destruyo lo social. Cuando me meto en el caracol de benceno.
Mi intención es que la marea entre el exterior y el interior, tenga la armonía del deseo y del rizoma. La homogoneidad de un latido que una. De la naturalidad de una existencia que fluya. Que haya una conciencia que permanezca entre los dos mundos como un puente, como una botella de vino, como un bodegón de nube y ayahuaska, de la verdad de los ojos de los perros.
Que no me pase como a la chica de Tokio Blues.

Por eso he de mover mi camino también hacia el exterior. Algo en mí desde hace demasiados años, se ha movido hacia dentro. Ha ido quitándose de encima los lugares de la sociedad, sus acuerdos, sus interferencias hacia una utopía abstracta. Y ahora he de hacer lo que hacía con el poema en la inversión de la cáscara del caracol y la nube, en la inversión de su guitarra como devenir oblicuo de la danza de un mar.

He de provocar hacia afuera lo que provocaba hacia el poema.
He de devolver la fe a la vida. 

Por eso no es del todo sano estancias largas en el pueblo, porque la soledad que se mira y se oye y se busca y se dialoga a sí misma, me genera una idea de la exteriorización en forma de materia negativa y embrujo del abstracto y de la distancia. Me genera ciertos mecanismos psíquicos que luego me hacen síndrome y pelea, coraza, tensión, tristeza, cuando estoy con los humanos. Empiezo a sentir a las criaturas de mi psique separadas, sé que la unidad es la multitud y esa unidad debe tener caracter también único en su deriva, debe ser el todo por la parte en mi interior, y no la parte por el todo, al menos en el canto del fuego. 

Creo que a veces Alicia cuando siente que va a perder sus dominios en mí, se cruje de plomo, se enviolenta y me hace volver a ella desesperada. Sé que debo quitarle su zona de conford, poco a poco, en periodos que vayan creciendo. Y a la vez darla su libertad. Que la marea no rompa. Que no me llegue como una muerte. Que no me llegue de forma tan abrupta.
Quiero conocer la sombra del corro de la bruja.
Mapear a fogonazos, el qué, el porqué, el sin porqué, lo que vino antes, desde lo inconsciente y lo consciente, desde la voluntad y el naufragio, las elecciones de la desesperación y del éxtasis, las que entre la espada y la pared se avalancharon hacia la mar en la única fuga que encontraron.
Esos movimientos deben integrarse en mi conciencia, para liberarme del todo.
En el año 2008/09 hubo una metamorfosis explosiva que acabó en la muerte.
El 2009 y 2010 empezó a través de la dignidad del dolor, el camino hacia su nada. Fue una época dolorosa y depresiva, donde rompí con dinamita todo vínculo con la mística y con la esperanza. Empezó a visceralizarse un camino de pelea a través del sostenerse en pie en el vacío. Yo no quería el suicidio, aunque todo señalaba entonces al suicidio, parecía la única puerta. Y en aquella época empezó a solidificarse la metafísica y el camino de la escritura se hizo el faro, el barco, la orilla y la galerna, la vida y la muerte. Fue entonces cuando elegí la escritura como todos los universos. Cuando empezó a adentrarse el adentro como el único movimiento. 
Yo había sufrido un desamor muy profundo. Además del manicomio, la violencia. Tenía adentro suicidada la humanidad y el corazón. Tenía furia y odio. No creía en nada ni en nadie, no buscaba ya el amor y dejé de creer en los dioses y percepciones que creyó mi locura. Mi locura había sido violenta, pero también me había provocado mucha felicidad y libertad. Pero yo en esa época había perdido su fruto.. lo había perdido todo. Sólo escribía. Escribía y era un espectro afuera. Elegí entonces la lógica de los desheredados. El nihilismo. Me hice atea sanguíneamente desde el beso de la muerte.
Un tiempo después apareció K. Y hubo un proceso de reconciliación con el exterior a través de la literatura entre los dos. Hubo un proceso de reparación en mi psique, a través de nuestro poema mutante. Con K. yo era éter. Tenía una despersonificación enamorada. La pared no existía. Yo no distinguía a K de mi soliloquio. No distinguía a K. del amanecer, ni de la gaviota, ni de la ceniza de mi escritorio. K. era para mí algo sagrado, mucho más allá y más acá de mí y de la tierra. El amor de K. fue una planta mágica. Pero yo estaba dentro del Laberinto del Fauno y lo metí a él allí.  Mi amor hacia él era posesivo y lunático, era dependiente, aunque no lo era de lo físico, ni de lo concreto, ni de nada material ni mundano, yo estaba muy lejos todavía. K. era el fuego de la literatura y de los sueños y yo entonces sólo caminaba hacia la literatura porque no sabía ni podía caminar hacia ningún otro sitio. Soñaba con él salir del laberinto y amar, tomar todas las estrellas, reir todas las tabernas, volver a la playa. Pero no era posible entonces, porque el abismo de mi introspección convertía a K. en mi asesinato. Era demasiado tarde. Nos habíamos escrito miles de poema sin piel. Yo luchaba con todos mis huesos por salir a la superficie y darle el amor real, la vida verdadera. Pero a la vez, algo en mí sólo caminaba hacia el poema y lo imposible. Y cuando salíamos a la superficie juntos, nuestra cucaracha de Kafka nos asesinaba. Eso me provocaba un dolor terrible y abisal. Perder a K. para mí entonces, era perder la vida. Él estaba en todos los segundos de mi soledad. El amor que sentía que venía de vuelta, era una trinchera, era un paraiso. Mi despersonificación y mi éter lo convertía en la belicosa esperanza y en la compañía más profunda que podía sentir, la verdadera intimidad, era como si él fuera omnipresente. Compartía mi soliloquio con él, y al escribirle, había una transformación, una psicomagia que me ayudaba a reencontrarme con el espacio que en realidad me vivía como una fractura y cuchillo. Me acostumbré febrilmente a incluir a K. en los rincones más etéreos de mi soledad, en los clandestinos, en los incompartibles. El amor que yo sentía era como un orgasmo de dioses. No me sentía nunca sola, me sentía verdaderamente amada. Estaba enamorada a fuego, estuve enamorada con vehemencia, durante unos 5 años. Pero nuestra historia era una historia muy trágica. Porque no podíamos salir nunca del laberinto del Fauno.
Como es lógico, él se alejó. Él necesitaba algo más. Algo que yo no tenía. Yo no tenía entonces una identidad humana. Había entrado demasiado dentro del poema, y mucho más con su amor. Eso me provocó una metamorfosis mucho más violenta hacia Alicia. Yo no quería derrumbarme. Aquello que me causaba tanto dolor del salir a la superficie dio una vuelta de campana y se juró sobre la luna y jamás en la tierra, eso me quitó un peso de encima. Yo no quería llorarle. Mi corazón se quemó a lo bonzo. Era tan grande el dolor que sentía, que lo borré de mi palabra. Mi poema escribía contra lo que yo sentía y mi poema se hizo mi conciencia. Al poco murió mi abuela. Yo me hice la metamorfosis de los quinquis. Aparecieron otros hombres, vivi el hedonismo de las raposas, el cinismo enamorado. El amor de los ladrones. Eso me desquitó contra mi quebranto. Aunque yo seguía amándole a él, sólo a él. Cuando él volvió yo pretendía volver con él y seguir con los otros dos. Creo que él nunca me perdonó eso.
El desamor duró muchos años. Porque él se había hecho parte de Alicia. Él seguía aquí. Alicia se absolvía de todo a través del amor que mantenía en él. Aunque él estaba mucho más lejos que los muertos. Yo vivía dentro de un raro agujero que sólo tenía una salida de tabernarios locos al exterior. Tuve algunos encuentros orgiásticos con hombres reales. Pero Alicia no los amaba, disfrutaba oscuramente del cinismo y el cuchillo de los ladrones de antemano. Yo seguía dentro del laberinto del Fauno. 
Empecé a vivir el exterior con puro Teatro. Eso me hacía ir ligera y libre. Sentía una especie de integración, pero era dadá y desquiciada. Yo seguía hacia dentro donde la mar era mi verdadero adentro y afuera. 
Tuve otra metamorfosis aún más antisocial, en el año 2015 o 16. Me hice mucho más solitaria. Me sentía abandonada de todos los mundos humanos. Y seguí el camino que sabía seguir, el del poema, el puto único camino que conocía. 
Eso me llevó al mundo de los naguales. A la renuncia total a la realidad ordinaria y colectiva.
Aunque luego apareció Yoseba.

Ahora busco salir afuera. Sé que ésta es mi sombra. Y otras partes complejas de la multiplicidad que no he escrito y que son también indispensables para el rizoma y la integración. Porque ellas siempre estuvieron conmigo, ellas estaban en todos los sitios y a la vez en ninguno.
En primavera o verano emprenderé un viaje. Hay algo del pueblo que me hace el exilio, que me arranca la humanidad, que me pronuncia en los bodegones y las esquinas de sal. Que alejana el estímulo del amor. Que me acurruca donde las bestias duermen la península del cuarzo. Es algo que me hace extrema de una exclamación de plomo y que sin querer me arranca la conciencia de otros mundos y necesidades y flujos de mi espíritu. Aquí está mi guarida. Pero a veces se convierte también en mi presidio. Algo se amolda al viaje de todo lo que huye. 
Me doy cuenta que he experimentado hasta el extremo la interiorización de la vida, el camino tragado ojos hacia dentro. He hecho un cuento con lo que me rodeaba y lo he triturado en una metáfora sanguínea centrípeta a la víscera y derribo del teatro. He expulsado el exterior en un máscara de polvo que fadaba en mi mesita el clamor de las ciudades destruidas y los versos que nunca se llegaban a escribir.

Fue en verano cuando me di cuenta de esto. De la urgencia de integrar primero el yo que hacía de puente y vehículo con lo exterior, el yo social, quise integrarlo en el deseo de mi espíritu, en mi corazón. Al principio lo hice a través de una lucha, lo hice desde un canto antisocial. Le di a ese yo, el respaldo y la pólvora de los otros, a través de su posición de guerra respecto a lo nagual. Esa integración de la primera metamorfosis de Junio y Julio, estaba vinculada todavía a la interiorización, al soliloquio radical, y mi instinto hallaba su horizonte, en la grieta de los sueños, medulizado en el otro mundo, caminaba hacia el éter.

La aparición de Yoseba provocó un giro radical ya que se despertó en mi yo-exterior un cúmulo de pasiones y deseos que mi introspección no aceptaba como suyas, porque yo estaba muy ebria del sueño del Infinito y de su Soledad. Por eso mi mente me explicó todo con un raro cuento delirante. Porque yo estaba en un movimiento radical hacia dentro y el afuera estaba posicionado en mi Ensueño. Por eso sufrí un rayo de éter, lo exterior, lo humano, empezó a ser sólo un sueño. Mi cuento se radicalizó y no había nada que fuera imposible, lo extraordinario cobró un sentido total. Yo vivía desde el otro lado del espejo. Mi sueño me soñaba despierta y dormida. El yo de mi sueño era el que caminaba por fuera y por dentro. Y la realidad se hizo la continuidad mágica de lo Imposible.

Ahora estoy en un lugar muy diferente. A veces es mucho más sombrío y feo.
Pero sé que debo salir del laberinto del Fauno. Si es que se puede salir. Si es que es posible abrir la última puerta del Teatro. A veces lo dudo, a veces pienso que el Teatro tiene una función mucho más vehemente de lo que aguante una vida.

Ahora quiero integrar el rizoma en la conciencia. En todas las conciencias, en todos los acuerdos de la percepción. La conciencia tiene a veces un movimiento involuntario, como la respiración del cuerpo, la conciencia tiene comandos que no dependen de la voluntad ni de la atención, que son gravitatorios de algo que muerde como la gasolina.
Yo necesito integrar el exterior en mi exteriorización. Mi exteriorización en mi introversión. Mi introversión en el beso a un humano.

He caminado la noche de mil siglos hacia la soledad y su hueso-alfabeto de la montaña y del mar, de la palabra, de la mano abriendo el pomo de una puerta. Mi escritura ha sido muy lunática y violenta de la voluntad de mi desaparición y de mi lejanía, mi escritura durante tantos años levantó en mi pecho el exilio como una navaja, cerró las puertas con granadas, tomó las estrellas con la materia negativa en fiesta y siguió mucho más allá.
Mi escritura se convirtió en mi única conciencia. Y la escritura nace de una posición casi de muerte respecto a la realidad compartida. 

Todo esto dejó en mi vaso, un vino perturbante, la cucaracha de Kafka y su droga.

Yo quiero volver. Quiero volver a ese lugar dónde nunca he estado del todo. Y es a la inversión del Laberinto del Fauno y la llegada total a la fiesta. Sin el yo-ataque-defensa, sin el yo-muro y cascada, sin el yo represión y pelea. Llegar con él, abierto y liberado de su eje centrífugo y centrípeto de la extorsión de la nada. 

Por eso debo salir afuera de mí. Ahí afuera yo no tengo el control de mi conciencia. En la simbiosis lingüística con otros humanos yo soy un animal que flota. La conciencia ocurre sin nombrarse a sí misma. Algo en mí ebulle sin la sensación del suelo. Y son esos momentos en los que de verdad se puede provocar la integración que necesito.

Tal vez esa sensación de perder el control en lo social, tiene en mi recuerdo empírico el espanto y el abismo, la violencia y el fuego, por pasados viajes con drogas y estados de locura y coacción de Marte. 

Tal vez por lo que supe allá, generé como protección la casa de Alicia. Y allí me dediqué a las carnicerias y subdivisiones, hacia el adentro del adentro, donde ninguna mirada pudiera hacerme daño.

Hoy quiero otra vez correr los riesgos de vivir de nuevo.
Busco las palabras. Trepar sobre la extrañeza que ayer hizo de amortiguador y de raja. Entregarme otra vez al acto del bosque. Hoy he vuelto a sentir la belleza en la montaña. Soy muy visceral del abstracto. Ayer albergué extraños sentimientos, algunas regresiones que me acercaron al abismo, a algo doloroso. Debo mover de sitio el enjambre de lo abstracto. La soledad a veces provoca que el estímulo se enganche a la percepción desde lo sumergido, desde el inconsciente, a veces el diálogo interno se llena de fiebre en una extrema película de procesos oníricos y muy díficiles de comprender en el lenguaje. Ayer tuve regresiones a momentos de locura y precipicio y comprendí que algo en mi ansiedad tenía el recuerdo empírico de la destrucción y del espanto. Algo en mí a veces no fluye por eso, hay ciertas ecuaciones de emoción/pensamiento que cuando se unen me acuchillan la evanescencia y algo en mí no está del todo segura de que pueda salir de allí y pierdo la conciencia del rizoma y de lo que continua. Eso me genera desesperación y miedo. Creo que esos recuerdos están en una memoria muy compleja y en un nivel de conciencia gaseante. Para que yo pueda superar esto, debo vivenciarlo otra vez y generar otra palabra y otro canto. Ayer de algún modo ocurrió y hubo otra acción de vida en mí. Necesito ser artesana y caminante.
Soñaba con las casas astrales y sólo recuerdo la última voz que dijo, yo en la casa 1 sólo tengo el pis de Panero y ninguna otra cosa.
No hay nada que traer a la voz del desierto
cuando los años encayan en esa pistola que usaste para no decidir
boca abajo en la mesa, escribe cartas que no se atrevieron a mentir, cuando mentir era indispensable para amar todavía.
No hay nada que devolver a la bruma
cuando la jauría que se esconde en los chopos
afila sus colmillos en la palabra que borraste en mi cama.
Nosotros avivamos de la batalla un hueco nacionalista. Dimos la carne al animal. Quitamos el cerrojo. Hostigamos el fervor de un todavía. Hoy plancha en la cocina destartalada la ternura del viejo tus ojos de cerilla y papel, en la descimentación de mi certeza húmeda en tus corales.
Si te lo dije del revés, fue para no dar lugar a engaño a la salida de ese bar cuando los dos borrachos no sosteníamos ninguna palabra que nos uniera. 

Amé hasta desangrarme, amé, y sin embargo hoy me parece muy lejano.
No sólo es el huerto de esqueletos y la colección de desventuras. No sólo es el verso que siempre separó al objeto de mis manos. No sólo es haberte perdido sin haber aprendido a decir tu nombre.

Aunque en esos mares desvirtuó la perspicacia de Mercurio. Dijo el corazón y la navaja, una flor que hiciera de armisticio en un duelo entre ahogados. Dijo el grito entre las estrellas, un mástil que hiciera de lanza cuando los motivos se dieran la vuelta.

A veces quise destruirlo todo. Yo era la primera víctima, yo era su verdugo. No supe deshacerme de la crueldad nihilista. La nostalgia se hizo un amortiguador. El hedonismo la almohada y la espada de cartón. Cuando te miré desde el interior de aquella lluvia, me ví a mi misma ahorcada en un viga, quitando un velo a tus ojos y fumándonos los vestidos por las venas. Dolía demasiado para que un pensamiento lo explicara. Pero sólo era un cacho del cubismo. Acá todos los animales vivieron sin ley y sin dueño. Yo no sabía domesticar a la que buscaba tu asesinato ni el mío. Tampoco a la que te hizo todos los hombres bateando en un charco el fuego de la luna. Mi naturaleza me obligaba a la antinaturalidad y al abordaje. Esa rigidez de un rayo digitalizando el alfabeto del agua. Esa perpetua tensión entre el verbo y la espada. Entre la pérdida y la orilla.

Te fui infiel sin ningún reparo, con total amnesia en los fuegos fatuos. Era muy tarde para arquitectar del cuerpo la intención de un territorio o el gozo de un objeto. El gas destruía todos los enunciados. Yo sólo soy el libar de una nube entre cuadernos abandonados y sombras de siluetas que se marchan.

No soy fiel a mis sentimientos porque todos son la patria de la inestabilidad. 

Tengo de tu rostro, mil rostros para cada botella. Algunos te clavan todos los cristales y quieren verte morir. Otros sólo han conocido el amor entre tus brazos y hacen de mis montañas carros que te siguen cuando más allá de todo hundes la música y es mi principio y mi fin.
Hay una nueva transformación en mi interior. Una fractura entre el ensueño y el acá.  La urgencia del pragmatismo. De recuperar un canto materialista aunque no filtre en el territorio del objeto, tensa en mí la necesidad de mirar la hierba y no los astros, de andar mundana, otra vez atea. De transliterar lo que viví en lo extraordinario en el carnaval del dadá y no en ninguna teoría, ni mística. Voy hacia otro sitio ahora. Hoy es un día sucio porque una mano de madera abandona sus viejos dominios al sopor de los escombros, y no se salva la pintura en tiza de ese corazón de esparadrapo. Porque ha caido una torre, fue en la sombra del vuelo de un pájaro. Fue al exceso de una carantoña de coñac en la noche que no se da la vuelta.
Ha vuelto ese yo cruel de su espejo. Vacía la mesa, deja sólo en ella, la ceniza de una voz enrolando en la brasa la posibilidad esquelética de un amanecer. El hueso conserva de la memoria su lugar no gravitatorio.

Atravieso tierras caducas. El puto poema quiere contarme otra vez lo que sabe, pero no me sirve. El vínculo con el significado necesita explotar en la nueva singladura del detrás del espanto.
Transliterar ese esqueleto de pescado entre los tubos de escape de la urbe. Caerá una legaña de luna. Aunque sea lo último que tú y yo podamos recordar.
Vuelvo al tiovivo de carbón. Hago sitio en el suelo para sacar la pata de la sombra que persigue en el escenario el espionaje de un fin. Abro espacio en la mesa para desdibujar aquél beso de cloruro que tu indigencia dejó en el remo partido de mi noche.
Vuelvo maldita a nombrarte. Marco tu número, unas brasas clandestinas queman las naves de algo muy lejano y en su territorio comprendí tu mirada. Cuando había que apretar el gatillo.
Habito la coartada del canto de los pájaros. Habito la crueldad de un sonido suicidado. Mi casa estaba al otro lado del cuchillo. Abrir su puerta era perder medio cuerpo. También conocí alguna vez el amor sagrado e incondicional de un vientre suicida engendrando la última esperanza. Y acudí desconocida e incompleta. Alguien escribió en las espaldas un poema despedazado. Estaba muy lejos el sol aquella tarde. Me sujeté a los chopos con todo el vértigo de haberte perdido para siempre. No sé decir sin decir lo contrario. No sé besarte sin hundir la navaja. Ahí afuera la tierra no alimenta a sus hijos. Ahí afuera hacen negocios con los cadáveres.
Tal vez elegí la lejanía. Tal vez fui poseida por lo que se marcha.
Comprender la geopolítica de mi historia no me ayudó. No me sació. No acabó con el grito. Volteé, me aferré a ayahuaska, a teatro para locos. Mordí más hondo el beso de la nada. No pude restaurar el homicidio de aquél amor, cuando ya no era quién sino el amor mismo. Mi entraña nunca armonizó el crimen. Por eso me entregué a placeres insurrectos, a sinestesias parricidas, a la siderurgia del claver del aire. 
El ardor de los tordos estuvo allí y no dejó supervivientes.
Me hice coleccionista-prostituta de la curva del crepúsculo. Andrajé mi herida en un bote con gasolina y hierbas. Andrajé mi verdad al agujero que más canciones pudiera trepar entre los muertos. Y Fransquetein nunca quiso irse. De la máscara de papel, un anfibio portó tu esperanza. Yo no era casa, no era abrigo. Yo nunca perdí mi primera tristeza, ni mi primer sueño, ni mi aullido. No reparé nada. No me detuve.
Hoy estás allí. El expresionismo de un bar destartalado por el lunatismo de esos ebrios acróbatas de lo que no existe. Estás ahí, a dedo de heroina y de Sol. A desguace de pieles de naranja y de jabalí. Eres el vértigo de no tener nada.
He de construir mi casa, aunque sea de aire. Atravieso la tensión de un verso inconcluso. La maquinaria del humo robó tu rosa, hizo su objeto en una mano de papel y echó fuego. La duda enjuagó lo que se llevaron los álamos. La lluvia era muy fría para retecharse entre las yemas de tus dedos. Una grieta mordía el filo de tu beso. Encima de las colchas una polilla libaba el pecado. Nos unió la insensatez de una trampa alargada en el tiempo, exibicionista en la pupila dilata de una carta de amor. Nos unió la guerra y su desquite, la presión de un poema derramado en la llaga de una desmemoria perspicaz de quemar la puerta al salir y no dejar a nadie con vida.
Navego hoy en el abismo de saberte droga de mi mediodía, cuando nos quitamos a cuchilladas el pellejo y dejamos que entre toda la mar para no tener otra vez que hablar de los muros.

Me cuesta mucho esfuerzo descifrar el enunciado de tu cuerpo cuando lo insomne me hace armadura y alcohol de lo que se arranca de la tierra cuando te amo.
Me cuesta encajar las palabras en los hechos, los hechos en las probabilidades. Ya no tengo seriedad ni fe para hablar con gravedad de lo que amo o de lo que odio.

A veces me canso de que sea el viento y no yo, siempre el viento el que decida dónde posaré la huella.

Cayeron uno a uno los tributos y los armisticios.
Explotó el horizonte en la araña azul. Ella nocturna teje una oposición enamorada sobre un tiro sin objeto.
Ella reclama el sacrificio de todo cuando me nombró. Yo se lo ofrezco porque un instinto salvaje vela en mi muerte el canto de los carámbanos y de los corales.

No tendré nada en la mesa cuando llegues.  Un grito desesperado se mezcla con una pintura del gozo. Contrareestan su nacionalismo en una bala enamorada. Te doy a la vida lo que le quito a la racionalidad que queda entre los escombros.
Te amo desesperadamente, equívocamente. Mi corazón es la soledad de la rosa de jericó. Espío en tu cuerpo la arista. Lloro en tu cuerpo su compromiso roto. Sé que lo que nos separa es algo muy lejano que no tiene qué ver contigo.
Adentro la furia, la rompo en la amnesia del malecom. Sangro la ola esquiva que abrazó medusas cuando la noche te desamaba el rodar de las horas bajo el zapato de mugre. Y miento porque la verdad nunca se queda, no paga al camarero, no defiende el fluir de los años, no trae de vuelta ninguna razón que nos salve.
A veces quemo mis últimos cartuchos en el procrear de los pájaros que tu ausencia estaciona en la mía. Y es invierno. He olvidado del valle la campana que germinaba en una playa que rompía el eco. Y esos garbeos de champán se subieron a la esquela, te bajaron la ropa, desarreglaron todos los escombros y fracturas en su amor paranoide de un huerto.
Éramos dos desheredados cruzando el camino en la piel de un bodegón que quedó en la mesa de huya. Un cuchillo boca abajo frotaba acuarelas donde el que mira parpadea el resplandor de lo que ciega de saberse sumergido.

Te hago cómplice y botella de ginebra de la amargura de un anacoluto y de su carnaval. Mis contradicciones rodean tus piernas cuando estalla el dadá en el escenario en el que los dos somos asesinados. Ellas te mojan con una mano lo que su otra mano seca en la peremne duda. Ellas te fuerzan con su humedad a no hacer absolutamente nada con el Sol. Te saben parte de ellas y siempre lejanía. Eres tú ese tren que asoma entre el canto y la muerte. No tienes un asiento para mí. Ni la promesa de llegar al mar. Yo embriago la noche estrellada donde las vías abren mis venas. El ataque impersonal me provoca un extremo deseo de posesión utópica donde el gozo me lleve para siempre. Confundo los términos de la supervivencia del fuego. No tengo nada qué ofrecer ni qué llevarme.
Las menos cuarto de esa pared enjambrada en la forma en la que dueles la explosión de un camino. El girar de las manecillas al desaire del motin de tus llagas. No lo vuelvas a decir de aquella manera. Bombearán todavía extravagantes pérdidas el puerto de tu boca y no orillará un quédate que pueda convencernos. No seré testigo.
Quiero quedarte sin el objeto directo. Sino jamás saldremos del drama. Sino la risa no romperá el cielo. Sino una pesadez mezclará en los dedos la codicia de la tijera y del grito. Antes lo hicimos. Alguna vez no pudimos vivir sin hacerlo.
Usa el ladrido cuando las floristerías sacudan el agujero de las ciudades al canto de una moneda que no pagó nada. De las otras tierras en barbecho sudaron epístolas la ausencia de un mano agarrando del precipicio el pronombre que pudiera. Y no llegamos a ningún sitio. Desclavículate ya la obsesión del drama. Nacimos actores de su llanto, chivos expiatorios de su desbancada. Y no vendrá nunca de vuelta una razón que pague lo invertido.


A él le hablo con rosas mugrientas la guillotina que nos separa. Me hago la triste paloma del escorbuto porque tengo hambre y mis alas cruzaron ríos de cristal cuando ningún espejo dibujaba el piar de la noche. El poema lo sabía y se disfrazó de un arrogante y ciego suicida. Porque eran tan bellas las procesionarias entre la nieve. Porque era tan punzante el vino del delirio. Porque yo era viuda.
Me sirvió un cualquiera que se sirviera de mi nada para empezar la fiesta.
Me antojé de la piromanía cuando a la medianoche seguíamos vivos y enteros de no decir al fin las palabras que lo acabarían.  Yo no pretendía nada. Hace ya mucho que perdí esa probabilidad. La flor hervida expuso el arrebato de algo incomprensible. Yo seguí, porque siempre me avalancho sin conservar la sombra ni la palabra. No hagas remordimiento del lugar donde bailaron los animales. No hagas teorema del hueso escupido por el culo del cielo.
Tengo un sentimiento muy abstracto y extraño respecto a Yoseba. Una especie de rechazo, de bandada de cuervos en el hambre de los descampados, de caida sin frenos. No sé si viene de mí o de él. Es algo que me usurpa lo vital entre los dos. Que oscurece mi deseo. Es algo que no tiene lenguaje. Aparece en mí a veces como un rayo. No conozco su profundidad, pero es ese tipo de sentires de conciencia extralimitada lo que se clavan como un fruto oscuro en la rebelación del camino, son los que persiguen, los que abren la pared de un lugar donde no se ha puesto la luz ni la palabra y ansian expulsarse en un verbo.
He tenido un sueño de que una ola nos sumergía a mí y a Kavka y casi nos ahogamos, yo le miraba para que me ayudara y él me miraba ansioso allí debajo, luego creo que llegamos a la orilla.
Me he despertado bajo un deseo de transformación. Volver a alimentar la parte racional. He sentido que a veces me estoy estupidizando, que he perdido muchos intereses e incentivos a la hora de escribir por ejemplo. Ya no trabajo tanto como antes la eclosión de la palabra. Mi mente a veces vuela en el abajo. También noto últimamente que tengo una relación más dramática con la naturaleza. Indigente respecto a todo lo que me rodea. Debo alimentar al espíritu otra vez con libros y nuevos aires. Aquél lugar del éter sólo es poesía. Así que darle a la poesía lo suyo y desvincularlo de lo que viene con pretensiones en medio de la nada.
Me he perdido en los gozos mundanos. Y seguro que lo volveré a hacer, pero al menos mantener el control en la búsqueda de la rebeldía y de la belleza. Antes, había un fuego de un tipo de verbo trascendente, algo que buscaba lo universal, la transliteración en una construcción ajena a la historia, algo que se involucraba políticamente, algo que creía que la voz salía de mis paredes y rompía ahí afuera la mugre de lo callado. Sé que ahora doy vueltas de humo en mi propio laberinto, sé que ese laberinto siempre estuvo aquí, pero la diferencia es lo que hace la voz acá, lo que hace el paso. 
Hay alguna problemática jodida hoy en mi vida. Tengo pesadillas. Atravieso una diatriba. Parece que a veces todo va a estallar y a despedazarse. Mis pasiones emergen en grietas lo que ya no nombro en los tilos. Me he hecho desapegada y cínica, pretendiendo todo lo contrario. Debo elevar el lenguaje. Debo sumergirme más para hacerlo en su encuentro de azada y aire. Ésta no es la voz, ésta sólo es la sombra, el impulso teórico, la formulación. Si sigo mucho por aquí me encontraré cenizas. Tengo intereses opuestos. Sentimientos que se desencuentran cuando los cactus se acuclillan y la luna nos abandona. Oposiciones que francotiran la homogoneidad del gemido. Vesículas de nieve que codician del hueco esas brasas que te llevas a la boca desde mi ausencia. Algo está jodido. El síntoma es mi ansiedad agarrando esa botella, mirando tu silueta doblar la esquina, gritando en los pinares la soledad que vuelve, la palabra que no pudo quedarse. Es mi manera de quemar a lo bonzo mi poesía en su cuerpo, brindando por el infierno y porque nos devoren las llamas. Mi síntoma es esa forma de desangrar el placer entre ruinas que no quieren conservar su memoria. Es también lo que ya no hago respecto a la gente que quiero. Aquello que amaba y ya no digo en voz alta. Es mi jodido desapego al mundo real, mi manera de huir, de que nada me toque, mi desvinculación con la materia y con mis sentires. La forma vagabunda con la que escribo. Mi histeria del crepúsculo. Ese temor que a veces me dialoga en la noche con la serpiente boca arriba al quejido de las rocas.
Todo eso ha de hallar la fuente en la hoguera. La creación y el acto. Un deseo más allá. Algo que una la irracionalidad salvaje en la llamarada de algo político.
He ido al monte un rato, he sentido otra vez el horizonte abierto y no dando vueltas alrededor de una navaja. Aunque siento una especie de peligro rodeándome. Una agitación que se tensa en un anacoluto, en una pasión desbordada, en el soltar del pie sobre la tierra. Todo lo que me rodea está colgado de un hilo, aunque entre los chopos y la nieve volví a sentir un lugar seguro, un flujo de continuidad impersonal y abstracta. Es eso lo que verdaderamente calma mi grito, algo que no tiene qué ver con mi lenguaje ni con mi historia, algo que en lo inefable toca una canción de amor y yo no necesito estar ni ser para defenderla. Permanece como un chasquido en el destornar de los árboles y sube su susurro donde el invierno cae y avalancha la desnudez de carbón de los troncos. Ese sentimiento de calma, es muy fugaz en mi existencia. Por eso lo necesito tanto. Es el revés de un acto de fe, porque no viene de mí, yo no tengo qué hacer nada, sólo abrir los ojos y mojarme de tierra.

Mis instintos a veces me reclaman un acto de fuego, una catarsis, una culminación de no sé qué, una entrega a lo desconocido, a la exuberancia junto a los humanos, en la calle hirviendo. Y en su otro lado, algo me reclama en el canto del silencio, bajo el regazo de lo distante, en lo introspectivo. Estos dos centros juegan con mi introversión y mi extroversión, dándome ideas opuestas de la felicidad y de la plenitud. Eso me genera una obra dramática en el medio. Un continuo remache de pólvora, un carro que carga los puntos cardinales en un látigo. De alguna forma siempre albergo una pérdida, un reencuentro vertical con la nostalgia. Un yo hambriento. Y el hambre se vuelve el motor del camino. La insatisfacción es el cuerpo, es la manera de tomar impulso y de dejar la huella. Por eso nunca toco lo que me toca ni lo que toco. Por eso no soy capaz a sentir la integración de las criaturas de mi psique. Cuando el tiempo juega su zarpa, cuando la conciencia se piensa a sí misma para ser consciente, un cable se corta del espantapájaros y vuelven a llover maderas quemadas en el patíbulo.
Quiero empezar a hacer baile en la casa. 
Vuelvo a sentir esa voz de la caverna y el bosque. Vuelvo a sentir ese conocimiento del calambre, cerca de las zarpas de un sueño. La soledad templa esas ventanas del glaciar y de la hoguera. He tenido muchas emociones que explotaron en un arrebato. He sentido ciertas sinestesias que fueron isla y fueron cañón. He callado muchas cosas. 
A veces tardo un tiempo en ser consciente de lo que me provoca la conciencia, tardo en hablar de lo que me habla. Espero la nostalgia de los chopos. Espero el puño americano del monte. Espero sangrar más profundo, bajar más escaleras para que el fruto mueva el pomo de la puerta, para que me obligue a la onomatopeya que luego trae el papel.

Con Yoseba he inoculado por mis venas una extraña fotosíntesis y crímen y fiesta. He caminado ciertas tormentas que nos precipitan a lo desconocido, algo huérfano, algo demasiado mundano y paria como para que el Sol vaya a coser la palabra que lo une.

Ando en tierras verticales. Aunque al menos hoy vuelvo a abrir su mapa en la mesa. No están todas las hojas y hay manchas de sangre y quemaduras que no me dejan ver del todo. Pero al menos, la mariposa empieza a moverse. La mar resuena. El crepúsculo un día volverá al canto de los tordos. Yo abrí puertas peligrosas y quise todo lo que había detrás. Hoy su leyenda me devuelve el celo de su precipicio. La metonimia se rie en mi cara. Juega. Hace relebos con la polilla. Yo la comprendo a veces a través del dolor, de lo que arranca, en el juego de lo verídico en la materia negativa, lo que construye en esa costilla de polvo, el tercer ojo del libar. No puedo controlar el camino. El camino no me pertenece. Me he metido en muchos líos por creerme dios. Hoy sé que el camino no se puede controlar. La mariposa es fractálica. La mariposa es mutante. Lo que se sabe a un lado, se des-sabe al otro, el quebranto de la pérdida provoca un volante allí. Pero no son dos lados respecto a su centro. Son muchos más lados, porque el centro es también mutante. Yo tengo los arquetipos. Y a veces tengo el verbo. A veces no tengo nada. Todo va sobre el fulgor.
He ido a comprar verduras. Voy a dejar otra vez la carne. Creo que la carne me pone violenta, me conecta con mi neandertal, me pone agresivo a Marte. Una lejana canción primitiva me hace sentir deliciosa la sangre. Cuando estaba en ese viaje del éter, una vez comiendo no sé qué con Yoseba, tuve un raro viaje medio alucinatorio, tuve la visión de estar comiendo carne cruda y lamiendo el hueso, al sonido de unos tambores, tuve la sensación de que él y yo éramos dos bestias celebrando una cena de chacales. Cuando ataqué a los del pueblo yo iba en busca de carne a la tienda, aunque nunca llegué porque ese hambre salió en estampida en la pelea de la plaza.  En mi viaje del éter yo tenía una especie de conversación-leyenda-energética con mi instinto. Y la carne era un símbolo con cien bibliotecas. Hacía extraños ritos espontáneos con el apetito de los lobos. A lo mejor estaba tres días sin comer nada... o días a fruta, y sentía que mi camino por el abismo iba a llegar a un punto de eclosión y hacía una fiesta con alcohol y carne, a veces incluso la comí cruda. También compraba carne para los gatos del patio y mi perro y se la daba cruda, porque sentía que ellos eran las criaturas que velaban mi selva y sentía que en el mundo del ensueño esa carne permanecería.

Empecé a comer carne con Yoseba. Yo había sido casi vegana durante unos 8 meses. Con Yoseba la metamorfosis del silencio que yo venía uniendo a los bosques, se hizo un ritual de Babilonia. Yo en el mes de Julio estaba en una especie de cumbre de naturaleza y mística, de renuncia de todo deseo material e instintivo hacia un canto de chopos y de dioses pielesrroja de la ausencia. Con Yoseba se despertó como un huracán otros lugares de mi naturaleza a través del sexo y sus afluentes afectivos. Mi instinto de pelear, mi instinto salvaje.

Ahora creo que todavía tengo ese instinto como una extraña y peligrosa nave en mi interior. También mis últimos ensueños han estado en ese tipo de comandos. La conciencia del mundo de las sombras y su antorcha enfrentada al ideal, entre el futuro y el primer grito. Mi sentimiento de inocencia y mi sentimiento de animalidad.

Mi búsqueda del amor con Yoseba. Y mi sabotaje y canibalismo hacia ese amor. La lujuria frente al sexo chamánico y frente al sexo romántico. Y en el fondo de la lujuria la huesera. Su nana del rayo. Su útero engendrador de la llamarada y el conocimiento que se obtiene en las periferias del yo, en el inframundo de la conciencia donde el cuerpo sabe lo que la palabra nunca se atrevería a decir.
He escrito en mi cuaderno sobre algunas pasiones y desvelos que había censurado en la escritura. Eso me mantuvo ayer en un estado de tensión y represión del alma. Algo que me había sido muy intenso en la travesía del arrojo. De la valentía sobre lo inconcluso e inefable. Y que después se amotinó de nuevo en mi Franquestein, en mi necesidad de la evasiva de la tierra seca y lo que se marcha. En mis dudas del hombre de hojalata y su maraña de ceniza donde nunca ha dado la luz del sol.  En la bala que viene hacia mi cabeza y su huerto de raíces subterráneas y canciones tristes.

Como soy impulsiva decido mis movimientos en la música. La música es abstracta. El camino se hace sanguíneo, irresponsable, no tiene conciencia de otras perspectivas ni preguntas, bajo ese arrebato, el arrebato se hace el camino y todo lo otro es inestable, no tiene enunciados acabados. Yo siempre he elegido esa forma de andar para tocar mis sueños y descubrirme, primero me tiro, luego el cubismo trae otras piezas y palpo la atmósfera. A veces provoco violencia y el fuera de contexto. Pero yo no lo sé evitar o no lo quiero evitar, porque es la única forma que conozco para ser fiel a mi naturaleza y a lo libre, a la sangre que corre por mis venas, a mi corazón.

Comprendí al escribir en mi cuaderno, las formas con las que trampeo las palabras cuando premeditamente quiero evitar el objeto directo. En mi pasado escribí siempre evitando el objeto directo, lo evito cuando me llega como un precipicio, cuando temo algo, cuando una contradicción me rasga la yugular, cuando no quiero desnudarme. Comprendí también que en esos estados de tensión, mi conciencia a veces se tara de luchas antinacionalistas entre las criaturas de mi psique. Le doy valor a una X. que no lo tiene en sí, para que fluya la materia incandescente de los otros yoes. Esa X. se hace mi chivo expiatorio, mi teatro. Entonces suelo albergar metáforas crueles y extremas, porque estoy provocándome literatura y porque mi corazón no nombra a los chopos y a la verdad. Ese fuera de campo se hace parte de mi conciencia, yo hago lo mismo a mi conciencia que mi escritura hace, yo le robo lo mismo a mi memoria que ella. Y entonces acabo durmiendo en sitios muy extraños. Con la golondrina de la amnesia drogándose retorcida en manchas expresionistas.
Llego ahora al pueblo. Se ha derretido mucha nieve, aunque todavía el paisaje blanco entre pata y pata de raposa incendiando el verde, ese verde hullanado del invierno, como aquél beso de nuestra ausencia. Hoy he estado agitada... como que algo en mí no hallaba el eco del encuentro con la atmósfera ni con el borde del alarido. Una anti-sintonía, un enjambre, una lágrima de gasolina en mi entraña. Ahora busco en el espacio, ese lugar que haga de guarida. A veces la guarida se convierte en la música de un cuchillo, de un movimiento incontrolable, algo contra la quietud, contra la inmovilidad de dos enunciados que pelean tapándose el paso.
La casa estaba más limpia de lo que recordaba. Aquellos días con él íbamos arrancando los ladrillos, aguantando la chimenea con el mobiliario y sus agujeros de topo, ese existencialismo inyectado entre cartones y nubes como el espejo lisérgico de una danza de bestias.

He acumulado algo de estrés en la urbe. La convivencia. Esa pintura cinematográfica de un naufragio, de la angustia trepando el instinto de supervivencia en una flor que hierve su espina y su semilla cuando el libar viene desde lo extraño.

Ahora se galopan metáforas que no pude abrazar durante mucho rato. A veces el amor y la pérdida, estiran los huesos de madera de ese cantaor de las estrellas que rema en el Lete. Se desfigura la armonía en el asalto de lo que ebulle sobre tu ternura el desalojo de mi espanto. Y me siento-precipicio del racimo y del árbol. Con una música desencontrada donde clama la vida su cuerpo.
Quiero en la soledad del pueblo, mutar la semántica del pozo. Sé que cuando llegue allí, habrá una vuelta de campana en las nociones, un cambio de conciencia, de relación con la ausencia, una llegada a otro yo. Un incendio. Siempre tardo un rato en acostumbrarme. Se despierta otro sótano y otro cielo. Una especie de nostalgia y de alegría que se mezclan en los pinchos de los cardos. Me llega otro aullido, una pérdida y una ganancia. La soledad se sienta en mis piernas. Empezamos a ensayar la canción y los desacordes a veces hacen sangrar la escayola. Tardo un tiempo, a veces me agarra el vacío y la palabra baja por las escaleras a un lugar aislado y lúgubre. Se entonan metáforas complicadas, lugares donde la voz no sabe salir a la superficie y tiene que sumergirse hasta obligar al escenario a escupir el esqueleto.

La casa necesita que la limpie y la ordene. Me fui dejando muchos restos de champán y lujuria por los suelos y paredes. Con Yoseba habíamos entrado en el caos flotante del hedonismo, en la resaca reparándose con una nueva resaca con más salitre y olas. El grito del hueco del amor, sanándose con una brecha más profunda sobre el corazón del espantapájaros. El materialismo de la huya y el vino, compensando el alarido de lo etéreo. Con él todo es extremo. Todo multiplica la ronda. Yo empiezo a desenfrenar mi noción de la existencia.

Ahora volveré a la casa que se quedó pegada a su sudor. Y tendré que volver a levantar la de Alicia. Quiero mutar la escena. Hacer collage en mis cerraduras y en mis puertas. Reconquistar el lugar del rayo.
Hoy regreso al pueblo. Al final es ese sitio al que vuelvo cuando busco la intemperie, el soplo de los chopos, la intimidad del agua, del fuego, del olvido. Cuando quiero liberar mi naturaleza, mi hechura, mi soliloquio. Cuando no hay ningún otro sitio. Es mi isla, aunque sea abandonada y también absurda. Aunque a veces cuelgue de un precipicio y me empuje al exilio y me enrede en su telaraña y se imponga el ensueño y la enamorada lejanía.
Dentro de las pasiones de la que soy en soledad, en esas identidades introvertidas, hay un poso de lluvia de cuarzo, de lava de nube, de patas de garza, de urgencia y necesidad, en alejarme. Esos yoes introvertidos tienen su propia noción de la fiesta y de la belleza, de la realización, de la plenitud. Y aunque se vuelvan un agujero paralítico en mi pecho cuando trato de amar y de compartir y me dejen un poso depresivo y nostálgico, son también mi médula, mi respiración. Son los tiovivos y claveles de Alicia, aunque en algún otro lado de la plaza sean un réquiem.
Yo me meto en el fuera de campo que la cola de un piano roto en una playa ruge cuando las olas no recuerdan a nadie. Allí asocio en la ideación abstracta, un hogar, un vehículo, un corazón que se enjambra de la posición metafórica de un nudo y un suspiro. Desde allí amo en la perspectiva disociada bajo la brecha del tiempo, todo lo que amo. Y la soledad de Alicia equilibra mi neurosis sobre el objeto, a través de su renuncia. Desde allí, entro en los dibujos animados, aunque a veces sean tenebrosos y eso me da un motivo para seguir dibujando vides y ventanas en el quebranto de la tierra. Desde allí puedo restaurar el cuerpo de mi sueño. Aunque esa armonía y paz provoca siempre una guerra con el exterior social. Yo me dedico a coser y descoser mi vida, a quemarla y reeconstruirla constantemente, porque el eje que la sostiene es una antagonia.