HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Las cervezas. Los recuerdos. El amor que nos tuvimos flotando en los vídrios, en los puertos, en su memoria aunque se haya ido muy lejos.
La ironía. La carcajada que resiste. El no luto de los años. Secarse moratones abiertos de piernas en la luna. Los que seguimos aquí, igual de parias que los muertos, igual de enamorados de las estrellas.

Una despedida de licor y huesos de rana, de puerto ambulante, de flor que estornuda en el precipicio.

El otro amor, el que sólo se toma del carpe diem, deshaciéndose de esqueletos los pianos, de noche ambulante el cuerpo que se estremece.

A él lo amo. Como se ama a la montaña, al lobo, al fuego. Como dos eternos extraños que desvelan al éxtasis, que cubren de escenarios las manos abiertas de la tierra. Como al punto g del siguiente poema. Como mi delirio. Mi pecado. Mi error gramático que ensancha el horizonte. Mis insaciables ganas del orgasmo cósmico, entintado entre pieles de arena y llama, vocablo de imposible animalizado bajo el sol como tostas de huracán, desayuno de ayahuaska.
Le he dicho que la última vez no sé qué me hizo con sus manos brujas que nació un extremo deseo, una manzana prohibida, algo que nunca contaría a nadie. Un nuevo gemido. Un umbral a cien mil pecados más.
No hablamos nunca en la cama. Lo excitante, lo sensual, queda en un fuera de campo, en una semilla mágica, protegida por las entre líneas, por el instinto, por la carcajada y saliva inefable del coñac y de la luna. Soy yo a veces luego la que le digo y le sonsaco y le mojo lengua de serpiente.
Él no habla. Él es salvaje. Tampoco expresa sentimientos. Yo aunque tampoco lo hago, tengo el vicio poeta, soy vampira de mis emociones, me excitan situaciones antagónicas, las musas arden cuando se tambalea el barco en busca del precipicio. Él tiene un halo de misterio, un cuerpo lobo a cuatro patas entre las oscuridad. Una barricada de etanol y plomo. Algo que me excita mucho. Nunca lo conozco del todo. Cuando me ha hablado de momentos jodidos de su pasado, lo hace como si él no estuviera allí. Le da una calada al hash, se oscurecen sus ojos, y la tormenta no le toca. Yo trato de sonsacarle, pero también animalmente, usándome de mi literatura. Y en otros temas de conversación, donde mi morbo romántico se pasa con la cerveza, disimulo pegándome chimpancé, despegándome leona. Y cuando tengo demasiado interés, me disfrazo de todo lo contrario no vaya a pensar mal de mí, no vaya yo a embarcarme en noches de las que no sepa volver.
He dormido mucho. Soñaba con tierra escarbada por animales.
Siento menos energía. Tal vez los excesos de amor y champán. Tal vez la quema de las naves, el reboso, ese grito en una calle vacía con un viejo sueño ensangrentado por la tumba que se abre.
No me gusta irme de la naturaleza. Aquí no sé bien qué hacer. Me siento de paso por un zoológico. Animal perdido y asediado. No me gusta pisar el asfalto. Estoy acostumbrada a la hierba y el barro, a la hojarasca, a saltar piedras en el río, a subir árboles, cumbres, o dormitar debajo de los chopos. A buscarme los consejeros del interior de los bosques, los aliados de la fotosíntesis, la complicidad de las noches estrelladas. Aquí no se ve ni una estrella, la ciudad sólo es un apartahotel de la muerte y del capitalismo. En un par de días me iré. Allí paso frío en la casa, pero mi corazón se calienta más fácil.
Ayer me invitó a un fin de semana en Gijón. De la mar las bisagras rotas del cabaret, deslenguando las puertas, asaltando la discrección de los vecinos, poniéndole la vela a dios y al diablo, sabiendo que la divinidad es cubista, profana, salvaje, impiadosa y animal.
He destruido contigo la represión de tantos antepasados y siglos vagando en paises cerrados por plomo y monedas. Han muerto contigo las costumbres que adquirí de mirar las estatuas de sal y el terror del cemento. Han sido asesinadas todas mis beatas en la explosión de un canto arrancado en la pulverización de mi cuerpo.
Contigo viven entre mis piernas, cientos de especies animales, vegetales y gaseosas que reclaman para sí todos los cielos y tierras. Sin rubor, sin mesura, sin moral, sin miedo. 
Sin contrato ni propiedad privada. Se aloja dentro la comuna del paraiso. La dislocación del yo y del tú, del mío, del de algo y alguien, comunista en la hoguera cósmica.
Y tampoco me doy la vuelta para que siga en la casa la pared ni el vino de mañana. Tampoco la metafísica quiere una fotografía tuya en mi mesa, ni un anillo en mi mano, ni una palabra que defina y vincule la abstracción de nuestra felicidad.
Mucho más allá y más acá, la naturaleza hace una fiesta donde nada es imprescindible. Se rizoma y se va, y en el zapato que se rompe, un espejo expulsa una semilla de agua que se hollina de un útero que traslada el fuego y la grieta donde da a luz desde la noche otro escalofrío.
No sé bien lo que siento. No lo suelo saber hasta que no lo escribo. Es un vértigo del esqueleto de Dionisio y un cuchillo de floripondio desde la lágrima de la noche. La sombra a cuatro patas de la muerte, el alcohol derramado de un muñeco de nieve que agita sus brazos cuando los barcos han partido. La muerte de A. me recordó la de todos nosotros. Se levantó en mi casa y echó un ojo sobre las habitaciones, emplumó su extraño violín, y dijo que tenía un pan para repartir. Dijo, carpe diem, porque yo llevo la última canción.
Luego el amor con sus barcas de absenta remando donde no es necesario llevar nuestra historia, ni el nombre, ni objetos personales, ni la noción del futuro ni de la memoria. La deriva calada de amnesia y amapolas entre las zarpas de la luna, mulléndonos animales donde el grito se despierta.
Entre un verbo y un carnaval, mis vestidos hacen de cuerda para saltar por la ventana y adentrarme en lo desconocido. Tu sudor todavía están mi boca. Tus ojos de lobo golpean las puertas de mi montaña congelada y derraman mi cubismo de la ópera y del molotov.
Yo quiero engañarte con otro. Mi gemido necesita otro pentagrama para deshacerte de la obsesión de la mar en mi fin del mundo. Para cumplir el cadáver exquisito del blues de los desheredados.
Soy feliz con él. Habito una felicidad de la que estuve desterrada muchos años. Lo hago sin conocer las palabras, sin rendir cuentas, sin intrometer el pensamiento. Flotamos, bebemos el crepúsculo, roncamos las aletas de la luna. La vehemencia es también silenciosa. Algo espiritual. Como un camino viejo macerando el vino. Como un umbral cubierto de zarzamora y anís. Como un silbido que un pastor comparte con las piedras. Podemos estar callados durante horas y el horizonte se abre como un saxofón en nuestro aliento. Es un aliento paria, con labios de tequila y tierra, con soledad multitudinaria removiendo las grietas de la noche en un canto sin monedas.
Compartimos la fatiga. Subimos al monte hasta agotarnos, bebemos champán hasta que los párpados se sellan con hachís, nos amamos hasta salir pulverizados de la tierra. Y entre esos ciclos, los instantes de euforia y rendición, nos cosen a balazos una mariposa en lo que no llevamos en los bolsillos y extiende sus alas donde el gemido ordeña de las estrellas la primera gota de lluvia que mojó a los dinosaurios.
Me despierto, soñaba que escogía entre cuatro animales para adquirir sus características, era el lobo, el venado, la liebre y el otro no lo recuerdo, se veía una pisada que mezclaba sus cuatro pezuñas en la nieve.
Empiezo a buscar las palabras. Hoy estoy lejos de las montañas. Todavía en la resaca de ese crujido de emociones que rascaban en el precipicio un verso desvelado.
Hoy nos reuniremos los colegas que amamos a A. para despedirnos. Una botella de vino en su memoria. Fueron muchas aventuras y desventuras juntos. Fue la risa, el aullido, la desesperación, los gorriones, la mano compartida en medio de la nada, la canción. El invierno no espera por nadie.
Hoy me voy unos días.
Todo vuela por los aires.
Un eclipse acumula precipicio y ayahuaska en los dedos que el piano versa sobre una cacofonía de viento.

Estoy a flor de piel y de cuchillo. A desmayo de estrellas. A barcos de cartón en el soplo de las gaviotas. Machete de tierra seca. Ronquido del rayo. Desequilibrio del sol en los ojos que devuelven del lago el esqueleto.

Con el corazón a la mitad desbocado, a la mitad drenado donde la nieve baila.

La muerte de él, agarró la mano a la mía. Todo lo vivo se cayó en su mirada y fue mirado por el mismo amor abisal que a él le acarició la pelea con el infinito, con el analfabetismo de un grito en medio de la penumbra.

No sé qué canción bajó congelada mis escaleras.
Mis soldados del agujero del árbol se embriagaron de una fiesta nocturna, del olor de la pólvora, del peso de la mano vacía rondando en la grieta del sol la manecilla de tu sal.

Mi vaso aulló desconocido el tren que no tomé.

En el otro lado de mi habitación, sexo y champán, esperaban bailando el fin del mundo.

No quería ser cómplice de ningún réquiem.

Sólo de mar, encayar mi tumulto. Sólo de luna, escarbar el paso.
Y sin embargo el invierno oculta flores-precipicio donde la carne caliente emana el vapor del hielo.
Muchas veces me quitaste la botella para que no acabara en el hospital.
Muchas veces me sostuviste cuando el suelo volaba por los aires. Y tu cuerpo era el único barco que quedaba.
Muchas veces te quité el veneno de las manos. Robé en el cielo los motivos de la esperanza que yo tampoco tenía para dártela.
Pero hacía ya meses que no estábamos. 700  km son muchos kilómetros cuando sólo se vive del aire y del kilo de tierra que entra debajo de los pies. Cuando la cobertura está siempre ebria, camino hacia la luna, sin dejar nada en la orilla, sin acordarse de nadie.
No estuve allí. Yo tampoco estuve allí. Tal vez no estaba ya ni la tierra ni el sol, tal vez anoche contigo sólo estaba lo Imposible. Tal vez mi hermano, en tu última batalla, apretaste el fusil de la rebeldía y volviste a tu casa, esa que llevabas los siglos de mil infiernos buscando. 
Fue un asesinato del capitalismo y de sus alguaciles, de sus cómplices, de sus compensatorias y de sus mercados, de la puta madre que te parió. Pero tus huesos íntegros y subversivos hoy sobre la mar mullen pájaros que invencibles se quedarán y romperán el contrato del hambre y la cadena.
Hoy me arde el corazón contra el vídrio.
Tus ojos abisales ponen del revés los cipreses del pasillo.
Y la mezcla maravillosa costaba demasiado en los bares. Valía la vida en la lágrima de la tarde bajo los girasoles.
Es un sentimiento también de culpa. De ser esa infiel pregunta, esa cortina de plomo y araña, ese escenario de farsantes y ladrones. Es también ese grito de no dar nunca del todo el alma ni tener una casa en la que acoger a nadie. Reconocer demasiado tarde lo que tanto quería.
Moriste solo. Hacía meses que no te llamaba. Gritabas los cristales sobre calles sordas. Te hablaban los mudos qué sé yo qué quimera que no compraste. 
Y en mi mesa, yo tenía vino. Y no me acordé de ti. Acá, ya sabes, de lobos la luna, de agujero negro el piano que cambia de barrio ebrio de violines. 
Acá ya sabes, la soledad me había enseñado a no decir adiós ni hola. Sólo espuma y caravana.
Te entregaste sin lucha, al beso de las estrellas. No sé qué dejaste en tu mesita. No sé cuál fue el último nombre que dijiste. Ni cuál tu último tren, ni tu última risa. No sé qué te dijo esa angustia para obligarte a saltar. No sé cuántos los que no oimos nada, no sé cuántos miraron a otro lado cuándo te vieron borracho cruzar. No sé qué droga quisiste echarle al vaso de la parca para compartir, viniendo de ti, sería buen licor. 
Ayer cuando te matabas, yo me quitaba restos de semen del paraiso. Qué putas que siempre anduvimos fuera de la ley.  Qué que de fósforos los geranios se quedaron huérfanas las ranas. Qué mi hermano que te llevaste a solas todo el frío y no había ya fuerzas ni ganas ni la rechingada para pedir más mano que la de la muerte.
Es el quinto amigo que se me muere. De ninguno me despedí. Isi, Héctor, Lola, Antonio. La muerte no deja notas.... no espera invitados.. Tal vez tú Anku que echaste la mano para ver si la alcanzas, te dejó los secretos, y sonó la música, los dados, la timba, el whisky, y no fue amargo, tú sabías bailar en el infierno. Tú fuiste a buscarla, cruzaste la carretera mil noches putas y te posó en los labios el celo de su amor y un hueso de paloma hizo una hoguera en la nieve Anoche su beso fue más largo, demasiado largo. Tu canto dio mil vueltas alrededor del sol y no compartiste ese vino, porque hay cosas que es mejor hacer solo y tuviste a bien, de escuela de todas las cosas, desamarrar al pájaro y echarte un vuelo sin que molesten los vecinos.
Hoy es un día muy extraño. La muerte de Anku me ha incendiado benceno en las venas. Un grito inquisidor del horizonte, "cuando se miran de frente los vertiginosos ojos claros de la muerte". He hecho una hoguera en el lugar donde alguna vez bailamos desnudos alrededor del fuego, creo que también era noviembre, un poco antes de que él se fuera a Barcelona. Sentí un grito que tocaba un piano de plomo de mi corazón. Tal vez ya sólo sé llorar cuando he bebido un río de vino y me ha golpeado la quilla del naufragio. Alguna vez a él lo sentí mi único compañero. Cruzamos abismos juntos, nos alentamos en medio de ninguna parte con vapor de absenta, con juegos de grillos. Fuimos golpeados por la misma porra de un policía, besados por el mismo crepúsculo en nuestra deriva. Caimos borrachos al suelo por la misma botella, dormimos inconscientes en la misma acera. Nos levantamos con el mismo barro en los dedos. Y la misma luna nos arrancó los motivos. Alguna vez un tren en el mismo asiento nos llevó a la mar, un murciélago de visita al manicomio, un pájaro a nuestro Nunca Jamás. Lloramos escuchando la misma canción y vagamos ebrios por calles cerradas, con el mismo frío, con el mismo quebranto dentro, con la misma esperanza. Maldijimos la misma mierda de los capitalistas. Desnudos alrededor del fuego. Abrazamos al mismo árbol. Nos echó del bar el mismo camarero. Y escupimos al mismo burgués en la cara.

Mil veces planeamos cómo ser del todo libres y que nunca más la tierra nos hiciera daño.
Pero yo no estaba ayer cuando se mató.
Esa noche tan fría cayó en su cuerpo solo, solo de todos los humanos, solo de todos los corazones. Solo del Sol más rojo, de la noche más negra. De la soledad más bestia y abisal.
No estaba desde hacía meses. 
Justo ayer pasé por un lugar con el que bajamos rodando la nieve y lo recordé, le hablé de él sonriendo a Yoseba. Pero no marqué su número. 


Ahora he puesto la de "en el último trago nos vamos" Era nuestra canción. Cien veces la cantamos borrachos bailando como si fuéramos amantes. Levanto mi vaso porque al final haya encontrado a los faunos y a la estrella más bella, porque ahora baile todo esqueleto lleno de carcajadas con el diablo rolándole el canuto, con los osos y los peces y los lobos y los árboles y los duendes, besando su piel,  sin que nadie jamás le haga daño, con el sucio hombre blanco y su policía y su sociedad de mierda para siempre destruida, en su canto, en su risa eterna.

Y ahora sí Anku, una lágrima derritió el plomo y a su otro lado tú ríes.. Y cojo de tu mano, la siguiente botella. Siempre mi hermano, la penúltima.
Sonó el teléfono. Me dijeron que había aparecido muerto por la mañana. Se me descompuso del grito, los brazos de la luna. Un nuevo miedo apareció en el horizonte y me congeló las venas. Tenía 27. Quería morir a los 27. Echó mil duelos entre el suicidio y el sol. Pero fue también un asesinato de la sociedad. Él era un ave de otro mundo. Hijo del bosque. Fue la civilización la que ahogó su canto y cercenó su senda. Su rebeldía la que apretó el gatillo. Él era indio. Él amaba demasiado en una tierra que no conocía el amor. Hoy el bosque y las estrellas lloran sangre. Hoy el mundo es un lugar mucho más horrible porque dejó morir al hermano de la luna.
Pronto saldrá el sol por el monte. La escarcha empezará a desaparecer. Mis manos ya no estarán tan frías.
Las manecillas de tiza y floripondio, todavía desorientadas leen en la arena el gemido de la ola, pero no entienden lo que dice.
Tardo en recuperarme de él, de mi animal incendiado, de sus precipicios de fuego, la largura de un silencio de pólvora, el centinela del whisky en la copa del ciprés.
Tardo en amordazar los jadeos en los labios de la luna, siete poemas y un cementerio.
Alicia tiene que ponerle otra vez las patas a la cama y la cerradura a la puerta.
Algo en mí voló por los aires. Mis papeles quemados hicieron de ceniza mi ropa interior, la sábana con la que cubrí sus flujos corporales.
Por eso todavía no hago pie. Los espermatozoides viven hasta cinco días en el útero. Los barcos ya han salido en mi busca.  Pero hay marejada y niebla. Mi faro está ebrio de ron. Tengo que hablar desnuda con las hierbas y con el invierno. Hallar otra vez el corazón de la nada y del bosque, bañarme en el río congelado, tocar el blues de los trenes desaparecidos.
Ayer subimos al monte, tardamos 5 horas en bajar. Ronroneamos en el robledal un sueño de tres siglos. Nos quedamos callados escuchando la vibración del silencio, ese eco agudo de la expansión del vacío, mientras el sol nos quitaba la ropa. Bebimos agua de un arroyo. Comimos harina de viento, semilla de la nieve que vendrá. Como dos ciervos juntamos nuestras astas en la cumbre. Muy lejos de la civilización y de su legado, tomamos el sol, como dos gorilas sudando la inmensidad y el corazón salvaje de la montaña que se quedará aquí cuando desaparezca la humanidad.
Luego nos amamos. Fue tan salvaje, tan ardiente, tan extremo, que nuestros testigos interiores se pegaron un tiro en la cabeza. Siempre buscamos una nueva manzana. Una nueva forma de asesinar la moral y bailar pulverizados en las estrellas. No queremos dejar sin explorar ningún canto que pueda conocer el cuerpo. Ningún aullido que la naturaleza pueda combinar en el beso del infinito. Aunque nos convirtamos en dos precipicios echando un ajedrez con el fuego. 
Luego es extraño, recuperamos la respiración cada uno en su taberna. Con el sudor tocando el mismo piano. Con los cuerpos acariciando la misma salida de incendios. Como dos leones nos miramos furtivos y plenos, pero cada uno se va en busca de otro amanecer, con una caza antagónica dentro.
Le dije que las relaciones convencionales sólo son un cúmulo de desgracias. Le hablé de Sartre y Beauvoire. Le dije que yo quería ser su amiga cuando tuviera 80 años y una cacha afilada para dar palos en las manifestaciones, que me compraría una braga don quijote de la mancha con cuerdas y lazos y un colchón de humo. Le dije que le convendría tal vez un día casarse, pero que nosotros seríamos siempre el amor perfecto, el que sólo da amor y no quiere ni pide nada, el animal, el único capaz de ser eterno.

Yo no quiero ya tangos. No quiero nudos-sentimiento-miento. Ni esposas. Ni quimeras. Ni necesitos. 
A él lo quiero porque es un animal amigo aunque seamos de dos especies distintas, es un cómplice de los mutuos desengaños que nos ha dado la vida y el poema. Lo quiero porque nos damos fuego trashumante. Porque trepamos al monte y buscamos las huellas del fauno. Porque somos dos jabalíes saltando zarzales. Porque nos cuidamos con nihilismo y dejadez, con ternura de perros y de aves, con hachís y oceanada, en tierra de nadie, sin dios, sin supervivientes.
Hace frío. Busco las palabras. Todavía floto entre extraños mundos que se separan. Tengo un sentimiento contradictorio y sombrío, y será el que escriba los poemas luego.
Cuando estaba con él, mi soledad no estaba. Había un derrame de crepúsculo, de vino tinto, de paz entre lobos. Pero ella conoce demasiadas palabras y tiene unos ojos con los que filtra la traducción del monte y la noche en mi escritorio, los abre y suyas son las huellas. Ella siempre vuelve. Ella no conoce a nadie, ni se deja conocer. Ella traiciona a todo. Ella agita en sus procesionarias las sonrisas de la nieve incendiada y hace en mis ramas, su vals.
Hoy me desperté a su lado. Ella está rabiosa porque no tuvo mi tiempo. La fluctuación llega como una cuchillada, pero es dulce, porque sus brazos madre escarban en la tierra cuando el frío no deja avanzar. Ella labra, ella recoge, ella construye. 
Ella mira hoy, la resaca del exceso del hedonismo y de la felicidad, con el autoritarismo de la sal, con otra raíz, con otro juego de la cuántica. Ella sabe que allí no está mi camino, porque no está el suyo.
Se ha ido ya él. La luna da una vuelta de campana, me pega otra vez a mi soledad, al viento frío, a la casa vacía. Con los restos del paraiso borboteando en los suelos. Con su olor incrustado en mi piel. Con el paso otra vez a la raja del cielo, al rasgado disfraz, al escalón de la salvia, al murmullo de la noche sin testigos. Al pronombre descuartizado en la albura de la naturaleza y su canto.
Todavía floto. Estos días he estado en otro mundo. Ahora me espera Alicia peinando a las arañas. El verbo de sangre, el acueducto de una pared y una estrella. Soy otra vez vagabunda que se oye en medio de la nada crujir palos y cuchillas, abrir a cañón la mano para recoger aire de nadie, esbozos de campanas que doblan cuando las sombras se espantan de los cuerpos.

Es extraño decirle adiós.
Un gato negro se me escapa del vestido, se hace de esqueleto de pez el muelle de la luna, vizca el ojo donde la esquina huye. Se hace de plomo el silbido. Nos besamos como extranjeros, como vodka a 20º bajo cero, como tren que no recuerda a nadie.
Evitamos sentimentalismo. De animalarios la última calada del pólen.

Cierro la puerta. Abro una cerveza.
Una extraña melancolía inunda otra vez mis ventanas con hilachos de rocío, con libros usados y muy viejos de gritar. 

La habitación está llena de sus restos.
Mi cuerpo todavía se abre en el suyo.
Los cascos vacíos de las botellas ronronean aún su gemido.
Las sábanas revueltas tostan sus pupilas en mi abismo.

Pero ya es otra la helada.
La noche habla otra vez de catedrales en ruinas, de girones de lobo en el secreto de las piedras.
Hoy ya no me dormiré en su volcán. Ya no quedaré inconsciente sujeta a su respiración. Su cuerpo no orillará en mis sueños una palabra. Yo no guardaré los secretos para quemar en su droga mis puntos suspensivos.

Sin él, vuelvo disparada a las algas de la máquina de escribir.

Abro con martillos entre los brazos del otro lado del sol, un islote de niebla, una mordedura de Verlaine en un escenario vacío.

Vuelvo a recordar aquellos poemas del insomnio.
Y cierro mis piernas como las cierra la noche para rodear a sus hijas clandestinas.

No podré pensarte demasiado ahora. No debería de hacerlo. El puerto se sacó sus bares, echó todo a la mar, el camino flotando en los aires nos ofrece como una madre la inmemoria. Y sin embargo una Itaca en erupción te agita en el precipicio de mi cuerpo.

Hoy me arrastraste a un jadeo de peyote noctámbulo, de estrangulamiento del piano en la galerna, hoy cruzamos otro límite de la felicidad descuartizando todas las mudanzas, todos los paises. Hoy me arrancaste un vocablo entre el infierno y el paraiso que todavía llena de rubor al notario de los cementerios. Al cómplice de mi trashumancia.

No sé dónde colocar el alfabeto que me enseñaste tan dentro del fuego y del fin.

Ella vendrá. Ella mueve de sitio todas las baldosas. Te ve marchar. Sonríe extraña un canto de la oscuridad y de las luces de san telmo. Se peina el cabello con la escarcha. Me pinta de blanco el rostro. Y una gota de sangre con tu nombre gotea entre mis piernas.
De ronda en ronda, la cama se queda sin patas, colgada del techo. El licor siempre me lleva a ti, me vara en ti, me despiada, me acusa, me rinde, me protege, en ti. Por una vez, los camareros nos aman y no nos invitan a marcharnos por haber subido la voz, por haber bajado al diablo a cuestas de ciudad quemada.
Contigo, soy un viaje sólo de ida, entre Comala y Ketama, y de oca en oca, Rusia Comunista vuelve a la tierra y se caen uno a uno los palacios y los gobiernos..
Contigo, tengo todos los oficios y de todos estoy retirada, en paz, con un cigarrillo por Shangri-La, con una botella pagada en la siguiente estación.
Mi corazón es el opio que se dedica a tocar la guitarra por calles mojadas y oscuras, recoger sonrisas, cachos de pan, barquitos de papel, conchas y caracolas, gorriones de cartón.
Contigo nunca llego tarde, nunca llego a tiempo y todas las cuentas están saldadas. Échame un poco de pólen y de salitre, subámonos al caballo de madera en busca del alcohol de los astros, Dionisio echa de menos un poco de compañía y los textos que dejó a medias Verlaine tienen un ascensor, entre tú y yo, súbeme el tono y el piano, descálzame los suelos, bájame en el volcán, entre la vida y la muerte hay todavía un sitio para nosotros y nadie jamás podrá echarnos, ni cobrarnos ni la luz, ni el alquiler, ni el trago, ni el aullido, y nunca acallar nuestra canción.
Trato de abrir más los ojos. Para que las burbujas del champán vengan antes a quemar mi pizarra. Todavía estoy a la mitad saltando en una nube que no me dice del todo lo que hicimos anoche. Él duerme. Hoy sin rutina iremos donde nos lleve la deriva y su amor. Con él mis cuadernos tienen a bien no recordarme, y el vaso tiembla el vino en un piano que flota en la mar, y nunca en mi habitación, nunca en el insomnio que me señala como su sucia centinela.
Con él, vuelvo a ser niña, profana, chimpancé, raposa, barro, nieve por la cintura, sin hacer pie, palmo a palmo la luna nos besa.
Con él, me sobran los vestidos, las monedas, la pobreza, el día y la noche. A vueltas de bares que ofrecen los bosques, bailamos con el morbo entre los dedos de las hadas, un whisky más generoso, una tierra con su ascensor abierto, con su hotel pagado y con derecho a desayunar, siempre manzana, siempre alba con ganas de seguir con lo que amamos anoche.
Vuelvo a despertarme. Soñaba algo muy hermoso. Un flujo de energías conscientes. Y su cuerpo ronroneándome una primavera cuando los puertos levantan sus patas y se van mar adentro.
Ahora el café. Ahí afuera la helada. Lápiz en mano el sol escribe entre las garzas y sus ojos, lo que yo más quiero. Hoy nada me pesa. El cansancio sólo es de haber abusado de la felicidad. No hay miedo. Abren sus caderas las montañas. Hoy él se va. Apuraremos el vino y la tierra, agitaremos la respiración, las alcobas del río y de la hierba, la palabra que no hace falta decir.
Los trenes ahora siempre pasan por aquí y no les reprocho mi asiento de extranjera, ni su otro lado vacío.
Estoy medio dormida. Flotando en una resaca cósmica. Me desvelé porque ese sueño me abrió los ojos donde la felicidad obliga a levantarse, beber licor de las ventanas empapadas por el frío, mirarte dormido, vencido ante lo que no dice en voz alta la noche.
Él es un salvaje. Lo quiero porque con él no hay nada que ocultar ni elaborar ni medir, ni nada es tan importante para que el pensamiento tenga algo que decidir, ni ningún mañana ni país puede intrometerse. Y sin embargo nunca se lo digo. Somos como dos animales que se ahorran las palabras en la fiesta de los huesos y de los árboles que entre las llamas bostezan la inmensidad.
A veces quiero ajarlo a mi boca, empaparle el verbo que separa la muerte y la vida, con esos pájaros clandestinos que nos conocen sin nunca haberlos visto. A veces quiero romper mi reloj de Drácula y libarle de sol todos los valles. Y sin embargo abro una cerveza, hablo sobre el olvido y lo bien que le sientan a las carreteras los coches de policía en llamas. Froto en su cuerpo una cerilla y un mar. Toda pagana y prófuga. Voy en la dirección contraria de lo que late mi corazón para llegar más rápido con él a su hoguera.
Tal vez porque estuve sola durante mil batallas. 
Tal vez porque soy introvertida cuando tiembla el eclipse y me disfrazo de plomo y rock and roll. Bailes sueltos colgados del ron. Bailes animales donde nadie supo nada del amor.
Tal vez porque se me olvidó alguna vez, durante doscientas vidas y ahora ya estamos a vuelta de todos los tangos, con machete y arcoiris. Con nunca estuve allí.
Tal vez porque mi corazón es comunista libertario y está amarrado de perros la luna llena. Porque me gusta darle pan a la rata y vino a la esquina que arde. Porque en el fondo de mí soy una comuna sin pronombre. Soy un retrato sin rostro. Soy un canto de amor sin nadie. 
Porque prefiero que nos tiremos barro. Porque prefiero que bajemos a rayo el monte y salgamos llenos de arañazos y hojarasca en el pelo. Porque me es más fácil morderle que decirle te quiero. Porque me gusta hablarle de hombre a hombre, de mono a mono, de nube a nube. Porque sólo fui romántica en el delirio de mi poesía y no de mi carne ni de mi paso ni de mi destino. 
Porque encima del monte, dentro de la helada, debajo de las estrellas, eruptamos y aullamos navíos de fuego y cerveza y preferimos onomatopeyas de bestias que palabras de amantes.
Porque yo nunca había sido ella y antes no lo sabía. Creía que ella me esperaba, que ella tendría que ocupar mi casa, mi cuerpo, mi vida, para que yo fuera yo, pero ella jamás estaba, y ella sólo había nacido de mis muertes y tumbas como una utopía, como un tormento, pero no tiene ni mi pellejo ni mis ganas. Sólo fue el delirio de lo que me hizo llorar y aullar al leer ciertos libros, al amar espejismos, al buscar lo que no existía, al escribir poemas. Pero era sólo literatura. Yo soy mucho más sucia, más humilde y agujereada, más curva y zarrapastrosa.  Más lobo que mujer. Más niña con palos que con florecitas. Más animal. Más fría con todos los huesos en llamas. Yo soy más de la esquina del bar que del bailar pegados. Soy más de tirar piedras a la policía que de escribir dos nombres unidos en un árbol. Soy más, de házmelo y no me lo digas, no me prometas, no me saques fotos, no me contengas, no me retengas, no me tuya ni de nada jamás.
Me despierto. Soñaba algo de la felicidad salvaje, era una especie de utopía realizada.
Hace frío y la noche todavía es muy cerrada.
Ayer fue la felicidad, viajamos y reímos. Anduvimos en bicicleta sobre el fondo de un pantano que estaba seco. Los restos de aquellos poblados destruidos eran como suspiros de ceniza, como gritos de distancia en un crujido de adiós sin memoria. La lluvia que no llega, me encharca con él otro tipo de tiempos y de lunas.
Nos tenemos en medio de ninguna parte. Nos recorremos con pasión y trashumancia. Con una especie de olvido pactado. De chimenea al borde de una pisada de abismo, con las huellas incendiadas donde el gemido y el aquelarre juega en lo imposible lo perdido de la tierra.
Me despierto todavía en otro planeta.  Ayer fue el amor, el exceso, el extrarradio de la luna en llamas. Escalamos en el monte para conquistar el otro lado de la luna. Nos amamos como dos hálitos encendiendo una vela, deshaciéndose de sus vidas y sus cuerpos, como una bala mojada en la tierra por la primera lluvia de los tiempos.
Hoy no recuerdo las palabras. Mi cuerpo es como una caracola ajada en la galerna. El sol me moja los labios como si hubiera vivido cien siglos en la noche. Como si la línea divisoria de la vida y de la muerte me empapara de una jauría que galopa el único motivo para quedarse. Me dejo tu mar en la resaca. Me precipito de sus fuegos fatuos lo que nos quede juntos. Toda abierta de astros y hogueras, apuro el carpe diem, no dudo, no tiemblo, no miro a los lados cuando te cruzo, ninguna beata queda viva para quitarte las razones ni para ensuciar el olvido ni las estrellas.
Vivir es hacerse preguntas y dejar que responda el fuego que se cambia de acera y de pellejo.
Vivir no es afirmar, es desconocer ebrios de viento.
Vivir no es a pies de plomo, es a cuervos de huella, a mar de sombra, a hoguera de palabra. 
Vivir no es lo que saldrá bien. Es lo que sale de luna en los hombros sin pedir permiso.
Vivir no es una jornada laboral. Es lo que hacen los topos y las cigarras, las nubes y los huracanes.
Vivir no es pensar, no es saber, no es planear, no es tener, no es llegar, no es hablar, es todo de ida sin pagar el billete, todo sin frenos, curvas peligrosas, todo de aves, el suelo que recogerá los huesos rotos. 
Es un gemido que persigue lo que no ha existido nunca. Es un orgasmo que no acaba en el cuerpo, que no empieza en la tierra.
Desatarse la lengua. El esqueleto de Dionisio al piano. El cadáver de Verlaine y los gusanos exquisitos.
Honrar a la ramera que señalaron contra el decoro y el país. Hacer todo lo que ella hizo y más, y amar en su cuerpo, a todos los animales y estrellas, a todo lo vivo, a todo lo que canta.
Ser hasta rebosar todo el pis de los tiestos en las raíces de mandrágora, cada gemido posible, cada postura. Usar la boca, los dedos, las zarpas del sol, la vagina del cielo, cada milímetro de la piel, cada célula como nave espacial, como pureza absoluta donde jamás existió lo sucio. Porque la moral la trajeron oscuros hombres blancos. Sin moral, no hay pecado ni prisión. Sin moral, los lobos cantan y la mar liberada hace de dios cada grito de la tierra, cada crujido del cosmos.
Cuando buscaba alguna parte, todo eran desgracias. Hoy que voy a ninguna parte y habito el centro de la nada, con los brazos del absurdo aviantándome el gemido y el sudor, todo es vida, todo es perfecto, todo llega a cada estrella, da una voltereta y se va, otra vez, sin orgullo ni país, a la eternidad, al polvo, al rincón, ama y se va, al fósforo del cielo que no aprende jamás a envejecer ni a dar lecciones.
Con él nunca me sienta mal, la huella, ni el naufragio, ni el exceso de Dionisio, ni el abuso de la musa, ni el acuse del infierno. Con él, somos un portal, a los pies de una cigüeña que sobre una catedral en llamas extiende el vuelo de la anarquía. Y nos quitamos las bisagras y las llaves. Y vayamos donde vayamos, vamos hacia la luna y caigamos donde caigamos, todas las puertas están abiertas, porque nadie jamás levantó una pared. Y colgamos la ropa en el pico de un cuervo. Y tiramos la maleta en la boca de un lobo. Y quemamos las naves en el viento que nos murmulla el amor de la ayahuaska, el placer de los animales. Y todo a favor, no cumplimos con nada ni con nadie. Porque no tenemos nada, porque todo es nuestro.
Amo sus manos. Son dos cuervos. Son la proa y la popa y me suben la vela y el abordaje. Son harina y fuego. Son sudor y mezcal. Son dos gatos en la noche. Huelen a hachís y a tierra. Tienen zarpas de lobo escondido. Tienen escaleras a las nubes. Tienen mi mechero, mi cigarrillo, mi licor. Son piano, son cuchillo. Me atan cuando me desato. Me patrian cuando me exilio. Me orillan cuando me mar adentro, me mar adentro cuando me orillo.
Floto.Todo el monte está blanco. Él duerme. Yo voy afilando una guitarra. Como me despierto a la hora de los cuervos, ya tengo encendida la hoguera cuando él se quita la primera legaña del sol. Y le echo ayahuaska al café y le quito las mantas, con arañazos de fuego. Y él, todavía narcotizado por la luna, no puede evitarme. Le empujo del sueño al volcán. Y los puntos suspensivos de la traslación se huracanan. Porque yo me despierto a la hora de los cuervos. Porque vuelo también con ellos cuando estoy dormida. Y ellos suben la persiana del rayo y me avisan. Y yo veo antes que él, las raposas que juegan en la helada. Y yo pruebo antes el vino. Y yo ya he dado siete vueltas alrededor del sol. Y tengo en mis manos su amanita.
Me despierto, saltando sobre él, no me molesto en buscar mi ropa, me pongo una bata muy abrigada y caliento café. Todavía mis palabras están en las nubes. Ayer fue la felicidad. El amor mamífero y salvaje, puro del pronombre paria, ambulante, enamorado de las estrellas. Luego entramos en un edificio abandonado y encendimos una vela. Y otra vez el amor. Y otra vez buscar la noche, saltamos el río, subimos el monte, allí arriba donde los lobos respiraban en nuestra espalda, nos quedamos mirando las estrellas, las luces del pueblo parecían barcos abandonados, tristes, encayados aguardando el abordaje. La helada hacía muelles sólidos en la hierba. Cruzaron dos estrellas fugaces. La inmensidad nocturna, cuando estar a su lado, es estar en la proa de un mundo que se va al garete pero no dejan de reír las guitarras y el mar abre sus brazos hasta el infinito y devuelve la lengua a las piedras y estornuda en el corazón de la montaña una cascada cósmica. Luego otra vez el amor, cada vez más salvaje, más intimo del abatimiento subversivo del hueso, del desfallecimiento vital del crujido.
Lo desconocido al hálito de tu benceno desabrochándome de las costillas el gemido. Timbre de ayahuaska tentándome la esquina cuando la cama es una nave espacial hacia lo que nunca ha conocido ni la materia ni la razón.
Estás a punto de llegar. El reloj se quita la peluca, se quema sus manos, se devora su estómago, se entrega a las nubes incendiadas sobre los cuernos de los rinocerontes.
Empiezo a calentar la queimada, a subir el mercurio, a bajar de raposa la montaña. A prenderme entre las piernas taberna de punk, tren a la luna, mendigos ebrios de guitarra y de nada, hacia su comunismo libertario mucho más allá de la muerte y de la vida.
Mi ventana se llena de vapor. Mi patio es un arañazo que busca tu espalda. Mi vaso, es tu siguiente palabra. Mis bragas son el telón del escenario que derribaré en tu canto.
Hoy llega él. Dijo que vendría un rato después de que salga la luna. He hecho las llamadas pertinentes para que no me den por muerta sino cojo el teléfono ni doy ninguna señal de vida. Cuando él está, habitamos otro planeta. Se mueren todos los vecinos, se caen a pedazos todos los gobiernos y paises, se pulverizan de aburrimiento los libros, las teorías, las religiones, los oficios, los casados y gente de bien, el pan y los peces.... y los condenamos a galeras, nosotros encima, piratas, barricadas del universo, hermanos de los lobos y de los faunos.
Encendemos hogueras con nuestras zarpas y con nuestros gritos. Volamos con ellas donde no llega el viento.  Abusamos de Dionisio hasta que es un esqueleto sentado al piano echando humo por las aceras que derribamos entre nuestros cuerpos cuando saltamos al abismo como peyote que desintegra la ley de gravedad.. Todo de animales el bestiario, la dulzura indómita de las estrellas, el frío morboso del nudismo entre los girones de la helada. Asesinado el rey, la sombra, el verbo y toda palabra, somos tripulación de asteroides, pagana pandemia del gemido y siempre la penúltima. Se me cascan los cascanueces al juego de la yerba del diablo. Mi cuerpo se estremece, abandona su barrio, todo de agujero de saxofón asalta tierras clandestinas... con la mar adentro, con el abordaje en la carretera terciaria en la que robamos unos neumáticos y un viaje a Venus. Con todas las raposas en celo, las águilas, las galernas, los desiertos, los capós incendiados, la gasolina, las luces de san telmo, el ronquido de las rocas, lo indefinible, lo inabarcable, la manzana evanescente que nos muerde en la mar la tentación del infinito por llevarnos cada vez más lejos, más endemoniadamente animales subversivos, murmuros de orgías cósmicas, huellas de mamut, canciones tostadas por el volcán. Agitadores del fuego, sólo seguimos su curso, absueltos de todas las vidas.
Antes, cuando jugaba en la mesa de apuestas del desgraciado Wherter y sus buitres y su carne cruda. Me pasaba algo que se repetía con los hombres con los que intimaba. Todo era salvaje, natural, cuando éramos parias, desconocidos, una botella de ron al fuego de la merca ambulante. Pero cuando pasaban los días y aparecía un sentimiento, tenía la oscura sensación de que tendría que comportarme de alguna otra manera, como si el amor implicara un astronauta que vuela en pedazos en la cola de serpiente del piano. Como si, el te quiero, implicara derretir un planeta de muertos y algo de mí que yo no tenía ni jamás encontraba.
No sé si eran las mierdas que leí en los libros. El romanticismo de lo nunca llegado. Una sensibilidad de orejas incendiadas de Van Gogh entre los dientes de los gatos. O vete a saber qué coño divino que se ponía todo frígido con mis animales.
Por eso todas aquellas historias acabaron mal y cagando poemas en la pena de Drácula.
Pero ahora ya sé lo qué es el amor. El amor es el placer entre dos o más mamíferos. Yo no tengo qué hacer absolutamente nada que no sea animalizarme de mis paganerías, de mis huesos, de mis ganas, de mis selvas, bestiarios, burdeles, desiertos y agujeros negros.
Yo no tengo que seducir, ni comprender, ni profundizar, ni acompañar,  ni aparentar, ni dar, ni llevarme, ni ostias. Ni conservar, ni teorizar, ni sopesar, ni retener, ni acuchillar, ni medir, ni escribir mariposerías de amor, ni empalagar mariconerías de salón y necesidad ni mañana.
Mi corazón ama como se aman entre sí los perros. Como ama la ola a la vieja que tira y arrastra. Como ama el hachís al mechero. Como aman los parásitos a los peludos. 
Yo no tengo que ser otra ni conocer putos poemas ni perfumes de nube y florecita. Yo no tengo que ser una morada, ni un quédate conmigo, ni un sálvame, ni házme una casa de ladrillo, ni ser cocinera, ni puta, ni mujer, ni yin-yan, ni la otra mitad, ni la compañera, ni nada nunca ni de nadie.
Lo que me hace feliz es ser un animal que juega con otro animal y que no entiende nada de la tierra ni de los humanos. Porque eso es lo que he sido siempre. Y ahora tengo un amigo-sapo, un amigo-metralleta, buitre y tiburón. Un animal-amigo, que dice que el pato era un cisne, que dice que el cementerio era un cigarro de opio, para animalizarnos de animalidades y animar la selva, la luna, el gruñido, la zancada, el gemido de estrella. Y nada más.
He estado jugando en el monte. Vibré esa alegría salvaje, desalfabetizada, descivilizada. Eso me sumió sin buscarlo, en la vibración del embrujo, en la libertad de la hija de la psique. En una pagana vehemencia que a la vez estaba hueca, como si dentro hirviera la mar. El baile me subió en una adrenalina que abrió ese ojo de buey del infinito. Y tuve una rebelación. Algo que no sé cómo me había pasado desapercibido cuando era una llave vital para la liberación de mi naturaleza. Para destruir la sombra residual de la realidad capitalizada y las depredaciones de mi Corro de la bruja. Saberlo me subió las ganas, el fuego y me abrió otra perspectiva de la dificultades y el conocimiento de la oscuridad y cómo avanzar. Me acercó la fe y el fuego. No quiero escribir sobre su concreto. Mantenerlo en abstracto es mejor ahora. Necesita la improvisación y la espontaneidad, y necesita el abstracto porque es su centro y su continuidad. Necesita la experimentación y la creatividad, aunque también la estrategia en un cacho de sus cuernos. Pero prefiero escribir los esbozos y mapas en la intimidad de mis cuadernos.
Esto me ha sido como un eslabón perdido. Era algo que estaba en los comandos de todas las metamorfosis. Una especie de umbral obligatorio, de ingrediente indispensable, para el corazón y para la espada, para la conciencia del teatro y la perpetuidad de la alegría, del punk, de Alicia en las trincheras. Haberlo descubierto ha sido un puente entre dos tierras que estaban incomunicadas. Aunque no tiene caracter exclusivista. Es rizomático. Pero la matriz del plano de la materia que toca, es el ascensor en lo cósmico.
Desde que fui consciente de esto, hubo una explosión de recuerdos y urdimbres que cobraron un sentido sinérgico y cuántico. Comprendí también símbolos de mis sueños. Y porqué estaba triste a veces. Porqué había una materia negativa que me hacía de pared. Al incluir esa zona que calienta mi corazón y mi risa, todo cobró más alma. Y las arenas movedizas de la tiniebla se volvieron troncos llenos de musgo para cruzar el Lete. Una mariposa estornudó en las cenizas de mi quebranto, y vi en el laberinto, un mensaje de agua y de humo que llevaba la salida y la incursión en otra dimensión. Todo esto me hizo de nuevo sentirme moradora de lo extraordinario. Aunque no es fácil. Es una pelea. Es un reto que se cumple en lo Imposible. Lo bueno de todo, es que no me importa fracasar, porque sé que nunca perderé ni ganaré. Sólo será música en la alegría del absurdo subversivo. Y al final son esos planes de cuervo de tres cabezas los que me dan verdaderas ganas de vivir y de hacer.
Hemos planeado entrar a un edificio abandonado. Saltar por la noche, como saltan los zorros y los parásitos de estrella en estrella. Tal vez encontremos dentro, las bragas que perdimos en otro sueño. Tal vez esté allí la botella que no estaba en la mesita al despertarnos. Tal vez haya un colchón que nos empuje a Mercurio. Y un armario que tenga un tambor, un guante, una cajita de música.
Él me gusta porque no dice que no a mis deseos del sí. Porque somos como dos niños con cuchillo y una bestia en el corazón que no han dejado de buscar su eternidad. Jugamos. Vamos desheredados del amor, aunque nos amemos hasta caer desfallecidos. Es mi primer amigo, cuando yo era a la mitad un mono y recien aprendía a bailar. Es mi único amigo, de tú a tú, de perro a perro, de hombre a hombre, de opio a cerilla. Bajamos sobre un plástico el monte, como cuando teníamos 10 años y éramos inmortales y cogemos la velocidad de los extraterrestres.. Robamos cosas que no sirven para nada pero que tienen metales y tierra, porque son bonitas para nada, porque es divertido saltar muros y soltar frenos, aullar con linternas agónicas en la noche que nos hace pardos.
Cruzamos al río, nos mojamos la cintura, nos congelamos, y nos quitamos el frío luego como dos animales. Jugamos con los piojos de nuestro pelo. Subimos al monte con la intención de perdernos y encontrar la huesera y premetidamente nos metemos por el peor camino, el que no lleva a ninguna parte. Volvemos con zarzas en la cabeza, con arañazos en el sombrero, con restos de orgasmo y de nube en la espada. Con un ladrido de costilla a costilla. Y luego, en la casa, bebemos champán, vino, tierra, como si fuera la última noche del mundo, y nos amamos, como si fuéramos los únicos supervivientes.

Porque lo quiero como se quiere a un animal y a un astro. No permitiré que el amor destruya nuestro vínculo. No seré la novia. No le pediré lo que alguna vez quise del amor. Porque es él es mi amigo-sapo, yo no será la mujer que necesita, seré otro bicho entre bichos. Somos compañeros, hermanos de lobos y de barro, de chinches y de antros. Somos masculinos y femeninos, como los árboles y como los truenos.  Somos el hachís. La pureza de los desheredados, de los que no quieren nada de la tierra. Yo lo quiero, de agujero a agujero, de tren a salto al vacío, de serpiente a serpiente, de la nada a la nada. Por eso ahogaré hasta la muerte a los residuos de mi vieja romántica. No somos humanos. No tenemos casa ni futuro que ofrecernos. Somos animales que sueñan. Somos los que jamás hacen una familia. Somos los desemparentados asaltadores de fuegos.
Nuestro amor es un amor animal. No somos amantes. No hablamos de sentimientos. Somos mamíferos-invertebrados.
El sol sube la montaña. La helada pronto se derretirá.
Es distinta la noción cuando estamos solas. Cuando Alicia invicta se sienta al piano y llora arañas que tejen comida para los lirios y la luna.
Hay un iceberg ambulante en mi corazón. Cuando me recuesto en tu pecho, retrocede, siete llaves en el pozo de los sapitos. Pero inunda de opio mi caracola del no regreso. Cuando te vas, vuelve cantando el frío de los bares en el fuego de los puertos.
Su agujero, es mi traidora morada, mi madre de los elfos, mi herida y mi bálsamo.
Siempre tiene sed. Siempre está solo. Sin su manada.
Porque los agujeritos nacieron para afilar guitarras y expulsar en cascada la música, pero nunca para tenerla.
Porque ellos, son el calor de los muertos, la inmensidad de las procesionarias, el resplandor del rayo y de las estrellas.
Y la lágrima de acuarela y cartón, de la mujer que nació de los cadáveres. De la única que estará en pie cuando venga la muerte. 
Por eso, acepto nuestra derrota, besándote con champán, y llorándote con carcajadas de hachís la belleza del sol, mientras húmedos flotamos todos los sueños.
Por eso, y no es por abandono, sé que estamos del todo perdidos el uno del otro. Sé que no podrás bajarme los astros con los dedos. Ni abrazarme entera y detener el crujido de mi infierno sembrando luz en mi vientre. Porque el agujero es la rara evolución de mi evanescencia, la apertura de mi desposamiento con el Imposible. Porque el agujero es también mi Baba Yagá destrozándote. Porque es mi loba solitaria corriendo a cuatra patas sobre el abismo.
Y también porque lo sé, no te mido con mi utopía, no te pido nada. No te reprocho no tener un ejército de naguales, ni tres cabezas, ni una espada de Marte. Ni no saber hablar el idioma de los insectos o de las babas del huracán.
Porque el agujero no tiene nada qué ver con nosotros. Y ningún ser humano podrá llenarlo. Porque todos tienen su agujero abriendo los ojos de la muerte que los caza. 
Porque lo sé, cuando me siento sola y triste y sueño un amor más alto que la muerte, subo al monte, bebo lluvia, abrazo a un árbol, ladro junto a mi perro. Y me entierro donde nadie me encuentre jamás. Tengo a bien, no decírtelo, no decírselo a nadie. Y ser de los teatros, borrón y actriz nueva.
Por la noche el perro y yo nos metemos hacia el río. Los árboles brillan el otro lado de la luna, parecen alienígenas enclavados en la tierra por un movimiento evanescente, con patas que corren sobre un fuego seco azuzado en ese lugar donde jamás corre el viento.
La oscuridad nos mete su brillo en los ojos para poder ver allá. El silencio de la helada renace una extraña fotosíntesis en las campanas que tocamos entre las costillas. La sensación de un peligro de otro mundo a punto de caer sobre nuestras cabezas nos convierte en sombras de lobo y piezas de caza de algo innombrable. Sube la adrenalina mientras un miedo nos hace la percepción de una zarpa cósmica en medio de la nada. La noche transforma el principio y el fin del bosque. Inclina la cabeza de la montaña y la pone en nuestros pies como una abisal hoguera. Amo la noche. Porque me recuerda que soy frágil y mortal. Que no sé nada de las estrellas. Cuando en la oscuridad caminamos en su deriva, algo mucho más profundo camina sobre nuestras sombras y debajo de nuestros pies.
Me despierto, soñaba sobre el ensueño, pero no estaba despierta allí, era un lugar transitorio, le decía a Yoseba que la mejor forma de acceder a los ensueños era al mediodía, con el estómago vacío. 
Tengo ataques de vacío de vez en cuando. Son ciclos esporádicos donde bajo la guardia, donde me entrego a la falsa eternidad de los bodegones y el carbón pisoteado entre cantos de urraca. Cuando entro allí hay una inercia hambrienta que me posiciona en la albura de la grieta. Olvido la inspiración y el fuego. Pero no disfruto. No disfruto de mi no hacer. Estoy manipulada por una mordedura de desesperación y por el síndrome de la espada. Tengo que transformar esto. Necesito que todos los segundos de mi vida, sean hacia la vida, que sean acumulativos de viento y de montaña. Por eso la próxima vez que venga éste vacío tengo que luchar por abrir otra senda que se acuerde de la música. También ha de haber una paz de desheredados, un ronroneo de chimpancés perdiéndolo todo en la danza de las ramas y que sea alegre.
Mi relación tan obsesiva con las palabras, me cuelga de andamios de desaparecidas gaviotas entre lapiceros de lava y de humo, cambiando las tejas de un sueño de cañones y olas. Vuelve a llevarme a la azotea de la soledad y hacerme una multitud saltando al vacío mientras se cosen como telas de araña los mil brazos, tocan el suelo cuando en el otro lado las nubes mean un movimiento de expulsión hacia el cosmos. El inframundo y el infinito, juegan juntos a los naipes. yo estoy en medio de la atracción de sus opuestas casas y sé que mi habitación tiene una puerta que accede a los dos sitios a la vez. Mi entraña no lo sabe. Ella sangra la dimensión. Ella cruje mi hueso atormentada por una canción imposible. Y me retuerzo mariposa de vapor con esqueleto de piedras labradas por mamut.
Mi pelea y mi angustia, hoy está en mi ombligo. Allí noto la punzada del hambre y la violencia, del deseo del querer y del adiós, de las pestañas del gnomo, de los colmillos del lobo entre la nieve, de mi memoria visceral de la herida y de la isla. Mis problemas no están en mi pensamiento, no son medioambientales, la mordedura viene en la entraña. Allí he visto a mi yo-depredador, a mi rabia, al huracán que derriba la torre. El poema tampoco tiene problemas. Ni mi piel rodeada por la nieve o el cierzo. Es la sed de la entraña. Es el cúmulo de sus recuerdos dentro de la cacería y del matadero. Es su memoria. Sus vicios. Lo que aprendió en lo empírico del machete y del insomnio. No es mi corazón. No es mis manos pobres y parias. No son mis sueños. Es un vehículo-motosierra entrañado en mi víscera. Allí está mi contradicción, mis enemigas, lo que me pertenece y no quiero oir, lo que busca la liberación, lo que abre mi camino, lo que puede convertirse en mi nave o en mi tumba.
Lo sé. Por eso estoy al acecho de las mías, y la angustia en mi tripa me muerde a fuego. Mantengo un ojo abierta allí dentro de mi estómago. Trato de dilatar su pupila donde la yerba del diablo hablaba con los bosques y las estrellas. DOnde por una vez fuimos pájaros cósmicos.
No esbozaré ya porno-romanticismo sobre ti.
Esa mujer que te ama, es una montaña de cables y astas de ciervo ansiosa de la muerte que agita el fuego sobre nuestras cabezas. Esa muerte dadora. Esa huesera con manual de resurrección usando pezuñas de elefante y aullidos de crepúsculo.
Ella me acecha en mi habitación azul. Ella me echa veneno en la licuadora. Ella no toda de zarza y chaparral, mueve sus caderas en el viento de la Nada. 
Lo único honesto es juntar mi hocico con el tuyo, como dos piedras de sal entre las reses, como un rio abajo del abajo con el jazz del suburbio. Como los desheredados amantes de estrellas. Como los que nacieron viudos para ser desposados del Infinito los huesos de fuego que el esqueleto ha cagado sin la carne en los labios de Ella. 
Lo honesto sería no hablar de ello. Las palabras son inconvenientes cuando no las ladran los perros.
Habito detrás de la tierra mojada que dejo en tu cuerpo cuando tu cama juega a ser las alas del Leteo. Detrás de esa tierra que ebulle, mi prima hermana, hermana de tus diablos, juega al vino y al naipe, a la inocencia que nos fue arrebata hace ya 20 años.  Ella nunca soltó su caballo de madera. Y como tú se parece a lo que se aparece cuando no piensas en nada y tu cuerpo baila el gozo de los montes. 
No volveremos al redil. No volveremos a llamar al ascensor ni el cartero traerá amor. Porque el amor es del Fauno que juega a matarnos. Y llegar a él, es la odisea de perder todos los huesos y con las patas de los búfalos atravesar el viejo oeste y no dejar vivo a ningún hombre blanco. 
Mi viajera abandonada a veces cae en la tentación de quererte como la orilla, tabla de su naufragio. Pero ella no podrá quedarse. Ella necesita el huracán de la mar desbocada que la haga del todo su perdición para que en su agonía vuelva a volar con alas de salitre y de mar anegada hasta el alarido. Porque lo sé y el desierto de las serpientes me empluma de luna llena el hueco que nada llenará y crece como crece la tundra. No puedo quererte como quisiera quererte cuando lo olvido. 
Mi camino me lleva a la destrucción de todos los caminos, escalando de hiedra de inframundo el corazón de la cumbre nevada que bajo la quilla de un barco de fuego hunde sus manos vacías donde se levanta el águila negra que alimenta los sueños. 
No debo mancharte ni mancharme contigo en ningún territorio que no sea de la hoguera que nos asesina del país y de la casa. Y nos expone, animales en peligro de extinción sobre tierras amasacradas de oirse a sí mismas fundidas del tímpano de la distancia. 
Me gusta sentir tu calor, tus cuervos, tu hachís. Sentirme acompañada cuando la noche baja el monte y nosotros subimos. Me gusta rodearte con mis piernas y sentirte un gemido de mi mariposa, una continuidad de su vuelo, sin que mi cuerpo sea una frontera con el tuyo, ni mi vida, una pared ni una ventana, ni un pincel, ni un timbre, sino un vuelo de amanita que se mezcla en tu jadeo con un hada de yerba del diablo que me hace de raíz, la fotosíntesis de un árbol invertido en medio de las nubes.
Y sin embargo sé que sólo es un sueño. Que muy adentro me han hervido mares de misterio y metamorfosis que tendrán que perderte, porque ya nos han perdido a los dos, porque lo han perdido todo, para tocar sus tambores, para abrir sus fauces y cantar.
Subí al monte. Trepé por caminos de raposa. Las garras primitivas de la lluvia, secas en el albafeto de las piedras afiladas sustrajeron esa extraña música que toca los tambores de mi equilibrio y balancea mi cuerpo como una pregunta hacia el barco de lo distante.
Estuve en esa isla del Silencio, escuchando la invasión de mis langostas, pervirtiendo la puerta de la noche. Mantuve a tientas el vocablo de la arena en el lago del viento.
Voy más desnuda. También de lo que escribo. La mayor parte lo hago a mano, en cuadernos de vapor que me acompañan y se van.
La metamorfosis requiere la mayor parte de mi conciencia, de mi atención. A veces ocurre en el silbido de las estatuas de sal. Cuando se abre del cielo la cascada de la nada, cuando nada es lo que parece, cuando yo no soy mis términos. La vida es tan extraordinaria que mantener el azote de la belleza y el peligro obliga a ser del todo parias, desterrados de la madre salvaje en el mismo segundo que somos bendecidos por ella. No guardar ni una foto, ni un verso, ni una memoria. Porque la urdimbre es abstracta, porque se alimenta de lo Desconocido. Porque ha de cesar el control de la mente sobre la realidad, para que la realidad se muestre sin la trampa del espejo. La conciencia es fractálica y poética. La única forma de vivir hacia ella, es vivir sin uno, sin colección de migas de pan, sin casa de la oca, sin salvavidas. No hay tiempo ya para escribir sobre ello. No tengo interés en hacerlo. La escritura ha ocupado otros territorios en mi vida. Se ha desocupado vehemente de la mujer-esqueleto. Se ha desterrado enamorada. Sólo es un juego de puzzles, trazos irregulares, inconclusos, mapas que se desobedecerán en la unión cuántica. Es pis de brujas para mutar el vínculo con la palabra y con la atmósfera. Pero ya no quiero nada de la escritura como objeto en sí misma, ni como aval, ella no es un fin..
Lo inefable abre sus manos-arañas. La espada sale de las arenas movedizas. Los sueños bajan las escaleras, te devoran la carne, se visten con tu ropa, te inoculan sus ojos en tus tizas de cristal. Y escribes el vértigo sin conocer ni una sola letra.
Los árboles están vivos y tienen tímpanos, zarpas y lengua. Las piedras, las nubes, las casas desaparecidas de los extintos huéspedes de estos túneles también tienen brazos y sus cascos de combate conservan pelos-hueseros del retorno de la sangre. Las ventanas se mueven de sitio. La pared es también transversal y tiene un cuervo que agita el excremento del cemento como el agua que toman los cipreses.
Yo lo he visto. No importa. No necesito confidentes. No necesito cómplices. Estuve en el manicomio, salí con un jaguar cerrándome la boca de la tierra y abriéndomela del sol. Puedo estar inmensamente sola en mi percepción del universo, y sin embargo jamás estaré sola porque estan conmigo los mosquitos, los buitres, los tejos. Porque yo albergo la tumba del yo, que da vida a los faunos y a los rayos de cicutas que hacen la fotosíntesis de la mar y emanan misteriosos fuegos ambulantes que avivan mil veces mi corazón después de sus mil muertes.