HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Se acumula el saber abstracto y cuántico de la percepción. El embrujo, es un manantial. Pero no puede ser mi horizonte. No del todo. El horizonte es la abrasión de una pasión desconocida, entre el Infinito y la Nada.
Yo voy recogiendo las migas de pan de las aves de la metamorfosis. Vuelvo a cocinar los ingredientes. Ya no estoy en el lado onírico, ya no estoy en la epifanía. Pero tampoco, no estoy.
Atravieso a veces, la desnudez, la vulnerabilidad, el desierto. Los comandos se mueven atraidos por un canto inefable. La conciencia es más terrestre. A veces esto me provoca nostalgia y tristeza, como si hubiera perdido mi muchedad. Pero sé que es algo urgente, es necesario que el fuego haga balanza en la conciencia, penetre otra vez los comandos que ardían allí, a través de la voluntad y la armonía. 
Me provoca nostalgia, la sensación del deterioro de la adrenalina. De la violencia. De la magia. Esa nostalgia a veces me pone triste, me hace mirarme con desprecio. Porque siento que he perdido a mi Rocinante y esa espada mía de nitroglicerina. Pero éste sentimiento no es del todo honesto con la certeza. La certeza allí, en la metamorfosis, era cuántica. Había una especie de psico-magia enervante en todo. Y la adrenalina surgía con el reverso del sufrimiento y del abismo. Por eso, nada dolía en el total del recuerdo, porque la conciencia estaba en muchos sitios a la vez. Por eso en mi embrujo, el recuerdo de cuando fui atada o golpeada, sedada, inyectada por drogas psiquiátricas, no fue doloroso, porque yo Ensoñaba la rebeldía del lado izquierdo.
Mi nostalgia a la metamorfosis, es también una música que me hace avanzar hacia la libertad y la magia. El sentimiento de pérdida no es sano. Porque es irreal. Porque allí todo ocurría sobre lo mágico y lo mágico se explica sólo con magia. Yo ahora estoy en otro sitio.  Mis pies vuelven a estar en la tierra. Alguien en mí, no quería la tierra. Alguien en mí, durante la metamorfosis, quería quedarse con las criaturas de mis Ensueños, quería quedarse para siempre entre los dedos del Fauno. Cuando fui alejándome de aquél bosque de ayahuaska, fui muriendo, la mariposa, entró de nuevo en un capullo, en busca de otra mariposa más grande. Eso me llegó como una muerte. En ésta ocasión la muerte post-metamorfosis fue también cuántica. No fue radical como la del 2008. Gracias también a que no consumí las drogas psiquiátricas, al largarme del manicomio no miré atrás, ni fui atrapada por el civismo y su fascista realidad. Por eso fue una muerte creadora, y no abisal y dolorosa como la del 2008.
En mi muerte, en mi camino de retorno, fueros desaprensándose significados en una especie de inversión creativa. Hubo una vuelta de campana con un eje de éter. Los sueños fueron invertidos, pero en una especie de significado peremne entre los dos lados.
Uno de los problemas que tuve en el verano, era que durante algunos momentos no distinguía la realidad de los sueños. Sobretodo cuando fumaba hachís.
Yo estaba en una metamorfosis, exorcista de algunas heridas muy secretas. Mis ensueños me empujaron a un mundo transitorio, opiáceo, donde curé y peleé lo que había sido herido y a la vez, buscaba el canto a la vida, contra el poso de mi abajo, contra cierto yo que bebe la llaga. Mi lado izquierdo se tiraba a matar a la que sufría en mí. Algunas de mis heridas habían sido abiertas en otro mundo, en el viaje con el estramonio por ej. Así que para curarlas íntegramente yo volvía al estado de conciencia donde habían sido abiertas y el pasado se hacía presente a la vez que la Yagá movía el puchero, ya fuera el pasado del éter de la locura o el del fondo del infierno. Mi metamorfosis era un reguero de regresiones que se daban a la vez que otras dimensiones de lo real y del Ensueño. El tiempo y el espacio, eran cuánticos. Yo cruzaba el laberinto del fauno y a la vez estaba en la cresta de la ola, en el inframundo y en la cumbre de la montaña, en la risa de mi niña y con el cuchillo de mi raposa. Era violenta y tierna. A veces era totalmente amorosa y en dos segundos entraba en guerra. Vivía un comando fractálico de la existencia y de la conciencia. Era muchas mujeres, animales, brujas, desiertos, puñales y playas, en mi cuerpo. A veces era una niña, a veces era una jauría. Pero era muchas a la vez. 
En otras metamorfosis pasadas, la del 2008 por ej. La pluralidad no era tan nítida y reparadora como ahora, porque las criaturas de mi psique estaban mucho más sumergidas en el mundo de las sombras. Y tomaba el grito y la voz, la que lo necesitaba, a veces sacrificando a las otras como un homicidio. En ésta metamorfosis todas empujaban la barca. Había una integración. Fue la primera metamorfosis donde esto ocurrió tan profundo.
En el 2008 había un sub-yo que también recorría todos esos comandos. Pero había un tiempo para cada una. Había una especie de carrera de relebos, vida-muerte, en el laberinto del Fauno.
En ésta ocasión, había una sinergia. Había tres conciencias despiertas en el mismo segundo.
Necesito hallar otra vez la conciencia del Ensueño. Hay algo que ahora me confunde mucho, y son las personas que aparecen en él. 
En la metamorfosis del verano, yo comprendía a esas personas. Yo estaba unida con el corazón y el conocimiento a las criaturas que aparecían en mi ensueño.
En los ensueños que he tenido en los últimos meses, esas personas me son una amenaza. Como si no formaran parte de mi reino, como si fueran extraterrestres disfrazados en un pellejo humano. Como si fueran criaturas energéticas de un mundo totalmente diferente al de la naturaleza humana.
Aunque es cierto que en la metamorfosis del verano no interpretaba bien mis ensueños. Me confundía cuando aparecía Yoseba. En el verano, todos mis sueños, eran ensueños. Yo estaba despierta. Yoseba aparecía a veces como un duende, con sombrero de juglar, una especie de trasgo, y solía tener relaciones sexuales conmigo. No era exactamente igual que en persona su rostro. En mi ensueño, era un nagual y mutaba. Esas relaciones me despertaban mucha violencia hacia él y mucha atracción. Yo le tenía declarada la guerra. Había muchos otros personajes en mi Ensueño, y todos ellos se conocían. Empecé a malinterpretar aquello de que eran mi familia de brujos.
Recuerdo un ensueño que yo sentía que algo me violaba, una energía, sentía físicamente, con el tacto, era muy real. Cuando me revolví y abrí los ojos, durante un segundo vi un lobo negro en mi almohada.
Al día siguiente yo estaba de muy mala ostia. Yo peleaba con las criaturas de mi Ensueño, en la realidad y en el Ensueño, y en la realidad Ensoñaba despierta. Y Yoseba se convirtió en mi chivo expiatorio. En mi confusión. En mi amor y en la guerra. Aunque hoy comprendo que era una broma llena de amor y de vida, de las energías del ensueño.
Apareció Yoseba, yo estaba escribiendo. Quería que le prestara aceite de la moto para engrasar la bicicleta. Para mí ese aceite tenía un doble significado en mi ensueño, yo lo tomaba por un brujo a él, y creía que los dos nos acechábamos, los dos guardábamos el secreto y jugábamos los naipes. Y estaba en guerra porque sentía que él fue el que entró por la noche en mi cama.  Le hablé violenta. Le dije, el aceite está donde está la rata, ya conoces el camino. Le empujé. Durante un instante juntamos nuestros sexos y tuve un instinto muy violento de atacarle, que pude controlar sólo por un segundo. Sólo lo empujé y lo pisé.
Esa mañana de verano que fumé hachís con Yoseba, fue al día siguiente de decirle que yo tenía una relación y que lo nuestro tenía que acabarse. Yo estaba entonces muy obsesionada con el chamanismo, mis sueños y mis ensueños tenían privilegios sobre el resto de la realidad. 
Caminamos por el pueblo. Yo quería entrar a la iglesia y subir al campanario y fumar allí arriba, había unos andamios, no era díficil trepar. Él dijo que no pensaba meterse allí. Yo le dije que eso debía caerse y que como nadie empujara, no se acabaría de caer.
Luego fuimos al parque, nos sentamos en un banco, era una mañana soledad y hermosa. Yo entonces leía a Castaneda con sangre y visceralidad. Y estaba muy apasionada sobre el acecho. Él me dijo, deberías haberme dicho que tenías una relación. Luego me dijo ¿no dices nada? Le dije, sí, es que lo estoy pensando. Él sonrió. Y le conté un cuento bien raro con eso del acecho. Debía ser algo que fuera verdad y mentira a la vez. Por eso usaba los arquetipos de Jung. Las dobles interpretaciones. Para mí el acecho debía ser totalmente cierto para el lado izquierdo y no ceder terreno con nadie ni nada. Por eso tenía que cuidar mucho las palabras. El día anterior lo había engañado. Pero esa mañana, utilicé a la Yagá y no mentí. Me sentí muy divertida. Me sentí niña que corre. Parecíamos dos ornitorrincos. El hachís me llevó a un proceso onírico que me despertó en el Ensueño. Empecé a Ensoñar despierta, a la vez que acechaba las palabras ciertas con él, y jugábamos. El hachís me llevó a una posesión onírica. Había tenido ensueños en ese pueblo. Y empecé a vivirlos otra vez a su lado, a la vez que había un presente, una interacción y una risa de sapos. Todo eso me llegó como algo orgiástico, muy profundo y hermoso. Fue entonces cuando planeamos ir a la cumbre donde yo vi tantos lobos en mis sueños.
Él me acompañó a casa, y me dijo que me vendría a buscar para ir al monte. Yo mientras crucé enfrente de la cuadra de mi abuelo, recordé varios Ensueños a la vez y una violación. Me detuve en ese momento para ver quién, para ver porqué, él iba delante, y retrocedió divertido como un mono, para ponerse a mi lado y que yo siguiera. Lo hizo como un mimo. Eso me hizo sentirlo un duende que me ayudaba a cruzar los ensueños. Aunque otro yo, lo miraba al acecho de la loba. En mi embrujo yo era  muchas en el mismo plano. Yo vivía una cuántica.
Cuando volví a casa, mi personalidad cambió radicalmente.
Mi mamá andaba ordenando la casa. Y me enseñó cosas que quería regalarle a la tía de Yoseba. Me dijo mira que mochila tan buena ¿qué te parece si se la doy?. Era una mochila que ponía lancome paris o no sé qué coño. Era una mochila horrible y estaba sucia. Le dije, eso es una pura mierda de publicidad de una laca de peluquería, cómo le vas a dar eso que si lo dejas en la basura nadie lo coge, le dije que si quiere regalar algo que regale algo bueno que no sea avara, que regalar esa mierda es una ofensa. Ella decía que eso no era de una laca, sino una marca bien buena. Y a la vez yo seguía ensoñando y acechando, mi ensueño me provocó un ataque de risa, mi risa asustó a mi madre, mi risa suele molestar a mi madre, en su inconsciente ella se pone a la defensiva cuando yo me río, se siente ofendida y enfadada. Yo a la vez me daba cuenta de los arquetipos del subconsciente.
Durante todo ese proceso de mi metamorfosis, yo ensoñaba despierta y acechaba la realidad ordinaria, la de los otros, con palabras ciertas para mi nagual y para mi yo social, para la lucha del verbo con la otredad. Por eso nadie me tomaba por loca. Yo estaba lúcida. Yo estaba en los dos mundos. No estaba en el mundo psicótico.
La montaña nevada está muy bella. Yo oigo mi silencio, lo trepo por la ventana, lo atrapo en ese árbol que calla en mis pupilas. Ayer caminaba pensando en un grito y miré al cielo, cruzó una paloma. Pensé en ese órden inefable de la energía. Miré hacia allá, porque el ave me llamaba. Muchas veces, giramos inconsciente la vista, o detenemos el paso, la mirada en un desconocido, en una escena, y luego su proyección entraña algo que el espíritu llevaba dentro, que esperaba, que necesitaba ser golpeado o amado por ello. Cuando vivía bajo el embrujo, ese tipo de sincronías goteaban ardientes en cada segundo. La magia era cada gramo de existencia. A veces tengo nostalgia a ese conocimiento incendiado sobre un vuelo oblicuo, esa sensación de lo extraordinario sin que diera tiempo al poso de las palabras a hundir el cielo en las costillas.
Ahora cuatro águilas vuelan sobre el pinar. Yo escribo, escribo para poder amar en la soledad, vivir, no enloquecerme de la ausencia que cabalgan las rocas cuando el verde se pone gris. Pero muy adentro, sueño que alguien o algo me arranque para siempre el escritorio, el refugio de la evanescencia, la metafísica y muerte que provocan obligatoriamente las palabras. Quiero preparar un viaje para la primavera o el verano. Andando, a mochila, a auto-stop, a trenes, al capricho del viento. Desintegrar todos los lugares que me hablen del retorno, de lo conocido, de la pared, de lo encerrado. Separarme durante un tiempo de mi noción de la soledad. Cuando estoy sola, escribo. Alguna vez elegí la soledad para salvar al amor y a la luna. Ahora es preciso que me mueva. Volver a la vida, cruzar ese puente de etanol. Luego habrá de armonizarse, la soledad de nuevo. No es tan fácil que yo pueda abandonarla. Lo que quiero es que no sienta que hay dos mundos inencontrables entre la que soy y siento cuando estoy sola y la que soy cuando hay alguien. Necesito integrar en mi psique al menos una criatura que viva en los dos lados siempre. Que me lleve de canto, de vino viejo, de blues, que diga la verdad y que sus palabras no duelan a la loba, que no rompan la maquinaria de Alicia, que no desamparen la flor de los desamparados, esa flor nocturna e insomne que se bebe cuando el suelo desaparece. Necesito esa voz que sea la voz de todas las que soy. Tal vez será una voz etílica y dadá, tal vez será un ladrido de perro, pero necesito liberarla, necesito llevarla siempre en mi lengua.
Ya ha amanecido. Estuve jugando con el perro. No pude dormir. Busco las palabras.  Hay una mañana muy hermosa, con el cielo despejado, pero con el color de la espuma de la mar y la ceniza, la nieve gravita en su azul, un ardor de los pinares y por un segundo el cielo es verde, verde de piano sin patas, de tu voz dentro de un vaso que agita la distancia de la luna.
Tengo ganas de partir. El invierno es introspectivo, pero también es paritorio de esa gota de sangre que beberán los pájaros de abril.
Tengo la sensación de que me he separado de la noción de la escritura que alguna vez, se hizo en mí una especie de fin. Ya no tengo tanta pasión por trabajar el verso, llega cuando me rasguña, pero llega marchado. No me tomo en serio lo que pienso. Las palabras tienen una materia negativa en su sino. Yo quiero vivir aventuras. Quiero por un tiempo dejar con hambre a la loba. Probar una vida sin papeles, sé que será sólo una temporada. Deseo retroceder a mis 15 años. Allí yo no tenía tiempo para escribir porque la vida me distraía con fuego. Cuando me aleje del recurso de mi soliloquio en el papel, mi voz experimentará nuevos instrumentos para besar a la mar. Llegarán otras semillas. La escritura se reproducirá hacia nuevos sitios cuando ella esté ausente. Y tal vez me reconcilie con la humanidad. Tal vez pueda desintegrarse de una vez esa distancia. Aunque sólo sea un par de meses, un viaje nómada, titiritero. Cuando mi voz interna no se acumule en el fuera de campo de ese águila de la nieve, mi cuerpo cabalgará el poema en otros paisajes y mi cucaracha de Kafka podrá vivir una nueva metamorfosis, donde al abrir la puerta, los padres de Samsa, sean unos artrópodos y la cucaracha un puzzle de viento y sangre.
Estoy silenciosa. Observo detenida y en calma la existencia. El cigarro, esa noche que es más oscura cuando quedan unos minutos para amanecer, una canción de Larralde. Voy a volver a dormir un rato.
Soñaba con los versos cantados "pues ni ella habitaba en nociones tan claras". Era de la canción de Paco Ibañez de yo amaba aquella casa, aunque la letra verdadera era "yo por entonces desdeñaba a los dioses pues ni ellos habitaban en regiones tan claras".
Soñaba también algo que me explicaba mi forma de ser. Ahora no lo recuerdo del todo. Era un sueño-pensamiento, tenía que ver con mis pasiones amorosas, con mi soledad, con no sé qué, era como un espejo que hablaba y me tranquilizaba, profundizaba en las contradicciones de la aceptación y allí todo tenía sentido.
Todavía es de noche. He dormido muy bien. Es demasiado pronto, me despertó mi propio sueño. Hice café, me aflojé las estrellas. El perro salió un rato al corral, y ahora se ha vuelto a dormir. Empiezo a buscar las palabras. Me recojo otra vez en la sensación del hogar. La casa a veces me llega como un organismo vivo que muta, a veces la siento el desarraigo y la desolación, la pérdida, la nostalgia sobre el canto del hollín y de la ruina. Y otras veces toma los tambores y se hace la fotosíntesis.
Ayer hablé un rato con él. Eso me calmó un poco la abrasión de la araña-murciélago y su saber dadá. Me vinculó un rato, a una artesanía compartida, a un tímpano plural del bosque. Tal vez mi forma de relacionarme con la gente se ha vuelto besada de cuarzo y limoneros. Excepto con él, porque nos buscamos. A veces noto su olor en mi olor, en algunas ropas, ese olor a jabón y sexo y champán, a chopos, al atardecer de una cumbre y la noche armónica que nunca agoniza.
He estado por ahí con el perro. Me he acordado de mis abuelos con nostalgia. El pueblo estaba completamente vacío, nuestros pasos crujían como cruje la escarcha en la desmemoria del asfalto. Sentía la gravitación de la soledad y su otro lado besado en un precipicio. La distancia y la cercanía que el surrealismo incendia como una maldición, como un delirio de absenta. Recordé mis ojos de niña, mi corazón del pasado, tan distinto en éste pueblo, cuando no caminaba sola. Pensé que en algún momento ella llega, y ya no sabe irse.
Todo tenía una belleza vertical, un misterio de la lengua de la roca, del alarido animal, de la crueldad de la tierra.
Recordé la alegría de caminar esas calles con Yoseba. Y lo distantes que eran ahora y que era yo en ellas sin él. No sé qué tan lejos me voy cuando me aislo, una nueva sensación de la existencia entre un poema y un grito. 
Sentí que no sé de qué manera, debo unir la conciencia de mi soledad y de mi yo en lo humano. Debo integrar los significados que suenan en el arroyo, en mi piel, en mi corazón, sin perpetrarme de metáforas inaccesibles.
Sé que necesito irme a veces muy lejos. Pero me di cuenta de la sensación de la ruptura. Mis abuelos eran una casa. Cuidaban de los juguetes de Alicia. Cuidaban de su oscuridad con cerezas. Cuidaban de su espanto. 
Hoy me sentí una loba solitaria. Sentía que caminaba sobre la soledad de los locos, de la cucaracha de Kafka, durante un instante vi moverse una sombra en una pared y recordé un pasaje de Castaneda. Pensé que aquellos de mis ensueños no son mi familia, que no sé quién coño son, pero no son mi familia. Me di cuenta lo fácil que sería empezar a alucinar si me dejo seducir por lo que ve mi yo de ceniza.
Tuve un anhelo de tener dos o tres perros más. Perros grandes, perros fieros. Para no sentir vértigo. Para no sentir que mi casa a veces es la intemperie de una noche sin pavimento.
ese agujero 
no nos quita
del labio que juntamos
cuando el fuego anochece
la espada abandonada

en mi grito
te llama para no llamarse
te ama para no precipitarse del otro lado de la barra
donde todos somos perros que no mamamos nada

de locura
mi girasol, al canto sureño
se transiliteró de tu ginebra
y en tu sudor hizo mi oficio, mi vicio, mi amor, mis pestañas de alba y de fiebre
mi dolor, mi premio, mi viaje ligero, mi droga que no daña, mi fe

ojalá
la canción nos acabara el agua
ojalá su fuente, arrasara nuestra tierra quemada

ojalá
no patinara otra vez
el vértigo de no tenerte
porque sos extranjero
porque yo como tú, mentí todos los cielos, por fumarnos aquella raja, descuajando los zapatos, cuando la cerveza falsificaba la cola del cabaret
y en tu consigna devoré mi verdad

como dos tachos
trabados en el sanitorio
subimos al navío
y dejamos afuera el esqueleto

ojalá
me enloquecieras del todo
la piromanía de la mariposa

que ni mi conga ni mi vicio te haga milonga cuando nadie me saluda
cuando los gatos sobre las arpas
hacen su tragedia
toda sufrida en la anciana que enferma luce su cristo de cera y nadie se levanta y nadie llora.
hace ya mucho que perdimos
la escoba que daba el segundo paso del baile
y amarraba en la cintura el suicidio de la soledad
con sotana de algas y vino tinto
ebria de dios y del diablo, tierra liberada en el pesar que no quejaba

hoy mi amor, de frente a la recortada
un revisor se corta las venas y en galeras pierde el culo de tu asiento
pierde el tango, la rosa, el beso del humo
la excusa para amarte

agárrate mientras puedas
al polvo de la dinamita

no pidas ya hombro al horizonte

no pidas al pronombre mi esquina sucia para lavarte con flores el precipicio de la espina

yo me muero de la pena de ver a mi mano tan inútil
cuando escarba la tierra, el relincho del caballo que cruzó todos los infiernos y la belleza desolada bala boludas grietas del prejuicio de no tenerse
Me gustaría desearte con más muerte en el ojo de trapo de la impía que en mi alma te ciega junto a las raposas de la urraca que toda negra, perdió sus alas blancas junto a Alfonsina abocando las sirenas que bajo el fondo del mar, nunca tuvieron manos para rescatar el amor del suicida.
Me gustaría unirte del todo, puñal cubista, en mis senos, en el deseo que la despedida me desarrapa junto a esos borrachos que caminan vidrios y charcos que el recuerdo no devuelve cuando el tren se va.
Abrirte en mi vagina el acueducto de la datura, para tomar sin tu permiso, la lealtad que el peyote azota en esos lechos que sin pata asombran del réquiem la pistola que la casa vacía expulsa por su ventana como el brote de la hiedra.
Amarte con la calle que silencia mi paso al costado de la cabra. Amarte taciturna en mi nada. Y no desoirte cuando la noche me obliga.

Pero alguien en mí te olvida. Alguien en mí, mete la tijera en ese collage. Y toca armónicas infieles donde los cañones no tienen la coartada de tu sudor. Donde tu hachís no lasciva el aullido de mi soledad.

Me gustaría, correrte en mis venas como la jauría. Y derramarte en mi grito como el grito que me derrama. Y sin embargo, ese barco pirata entre los dos, me lleva a tientas en el ciprés violento que levanta los tejados, cuando el tabaco y la música, nos hacen huérfanos del mundo.

Ojalá tuvieras tú ese veneno que en mi calada de éter, me claviculara el hueso al gemido de tu carne. Para no estar sola con el olvido, para no estar sola conmigo entre los clavos y los claveles de la mar. Para beberte opio de la luna que no te pertenece. Para cabalgarte sobre Rocinante cuando atrás no queda nada. Para tener una excusa para no romper en mil pedazos el espejo.

Pero tú y yo, somos también esa lejanía ebria. Pero tú y yo somos, la mano vacía del sol, abriendo sus dedos en la desconocida marea de los caminos acabados, empezados cuando se aprieta el gatillo.
Un día, no sé cómo, mi Alicia del murciélago, tendrá que volver, de su orilla deshumanizada, al corazón de trapo que el queroseno revive en la alegría del payaso.
Arder contigo en la mar, quemar mis mástiles, y abrir las alas del tambor donde tus labios disparan a matar la voz que la carcoma canta en las casas vacías.
Un día, si es que es posible, tendrá que revivir el maniquí, en la actuación del diástole de queroseno, cuando las hermanas ratas, defienden el Sol, ebrias de agujeros que drenaron la mierda del civismo.
Un día, si es que no me vuelvo loca, tendré que bajar el cementerio, donde mi vino celebra tu sexo en la noche estrellada, y emanar, sólo viento que ama cada rincón.
Un día te abriré mi ventana, compartiré contigo mi hachís. Bajarás por la joroba de mi jorabado de Notredame, un licor del pecado y del éxtasis. Y cantaremos una vieja tonada en francés, con las ropas del mendigo, quitándonos los botones y el pellejo demasiado usado.
Un día, amor, te ataré así en mi agujero negro, mar que ama, pájaro desbocado, luna ciega. Y no disimularé la bestia que me da el acordeón del placer, no la camuflaré, te abriré el vodka de su manicomio y nadie se asustará. El diablo no echará sus chapas al callejón. Dios, todo negro, todo fuego, todo abismo, descordará el piano del Infinito, y como dos notas de alcohol derretiremos el piano en el orgasmo de las estrellas.
Y entrarás tan adentro que te llevarás para siempre mi máscara, mi lengua, mi jodido Teatro.
creo en dios
en el dios de las tijeras sacando de debajo de la tierra los ojos arrancados
y expulsando la pupila donde el barco levanta sus dientes y bebe de tu carne el amor que sobra en las cloacas
creo en el dios que esculpe mi sombra en el gemido de la raposa, agita, y mi cenicero pierde siete palomas que cruzan por tu puerta y sangran bandoneón donde el alba te saluda
creo en esa nieve verde que el sauce llorón enjambró en la última gota del alcohol, cuando mi corazón ya no estuvo sólo
creo porque lo vi
porque me atravesó de puerto a puerto la costilla donde yo acababa y la montaña usando mi cuerpo atravesaba la niebla de mi voz, hasta darle a mi boca el motivo
creo en los cuervos que conocen el timbre del error y cuando navego la ausencia, resplandecen nacidos de la noche y oscurecen en mi alma, la furtiva luz que rima con el Sol que crece, entre Comala y el Infinito
creo más allá de mí, de ti, de nuestra ofensa
en el ardor del invierno golpeando esas cazuelas
cuando de la mano de madera brota la hierba que la bruja fuma convertida en luna llena
el anís se cae por mi ropa
trepo en mi descenso, la mueca de esa anciana cantando su último vals, su vejez y su memoria, es la moneda que yo no tengo para pagar al barquero, el río agita las cauces de la muerte
y muy abajo, nunca podremos morir, porque no hemos nacido
soy yo también la nada
mi conciencia lo sabe, cuando mi cuerpo abandona la historia de ese cuento que me contó  el diablo convertido en la antropología

ojalá amor tomaras el mismo opio que yo de la noche
así no tendría que lavar mis tenedores con ese cuarzo que el amor nos separa, que nos entrega, cuando a punto de estallar los árboles matan las palabras en el viento
el lápiz dibuja tu rostro en el papel del fuego
en su otro lado donde mis dedos trazan
me dibuja tu nada mi rostro debajo de la lluvia
anegado por el sol
parapente de hollín y mariposa
enjambre del charco
amor de jericó y tren que regresa

helada a veces temo
el nombre que dicta el nombre en la boca que envuelta de aire desnombra todas las palabras para acudir al mar

te vivo y te desvivo
en mi piel empañada de la distancia que me toma
para vestirme con algo probable
como una maleta en los andenes
cantando el vino que se olvidó la calle de devolverte aquella noche puta en la que dejaste caer las manos en las piedras
He estado colocando unas muñecas como gritos de sal, como esos labios pegados a tu precipicio, tostando cumbres que la mano vacía escala cuando te hundes en esa lágrima de rosa y la tierra no oye.
Ahora atardece. Estoy sola de aquellos naguales que alguna vez estuvieron en el bosque conmigo. Mi senda hoy es el vapor de su andar y de su despedida, de un verbo destornillador del vocablo de acuarela que zarpan los órganos en los mástiles del polvo y de las estrellas.
Siento su ausencia, como el grito que me precipita a lo desconocido. Los sé y no los puedo tocar, su memoria son las hojas de los árboles que se quedan en mi pelo y la lluvia arrastra donde ama mi latido, donde suelta mi huella. Donde soy su abandono y su llamada.
Es una extraña soledad que labra en mí la tierra. El mundo es más peligroso sin ellos. Y sin embargo ellos están en todo lo que miro. Una amnesia de anguila electrifica el acordeón del agua. Una nostalgia de otro mundo murmura en mi ansiedad la necesidad de la flor y de la tormenta. Los sé, y sin embargo no puedo habitarlos, no puedo entregarme, no puedo decir la mar en su nombre. Por eso también camino la oscuridad, el puente sin patas, la música sin garganta que la expulse por el lapicero del horizonte.
Voy con ese parapente entre un amor extremo y su hueco taladrado donde la mano pudiera tenerlo. 
Por eso voy como una súplica a la vera del río. Me pierdo de los párpados que tiemblan en mi soledad su fruto. Por eso, rezo con los chopos el otro lado de su lengua. Me siento sucia de su dádiva, inmerecedora de los fuegos fatuos de su resplandor. Por eso a veces, introvertida y despedazada, toco la tierra con el hueso por fuera, con la herida en la raíz que se levanta.
Mi nostalgia es extraterrestre. Sé que en algún lugar de la materia negativa que escarba la posición de su letra, la vieja Yagá está y canta. Mi quebranto es su chimenea manchando con sangre de venado las nubes de la noche e iluminando el cuerpo que se va. Lo sé, pero no puedo memoriarlo. Porque la nada, el huevo de la serpiente emplumada en guerra juega sus naipes, arrancando en mi voz lo que ella dice. Agujereando en mi cuerpo lo que ella espera. 
Mi fe en ella, es una goma de borrar y la única tinta. Así juegan las bestias. Así la madre muerte acuna a sus hijas. Ofrece el cuchillo que separa la vida y en su hueco, el latido que la vuelve y ama. Atravieso en pie mi agujero de gusano. A la hora del fado de los reptiles, también me agacho y cavo. También grito, también sufro. Y la digo a ella, muy dentro mío, donde aún no he llegado. Y la sé. Aunque saberla sea a veces negarla.
He estado moviendo cosas de sitio. He sacado una vieja cocina de butano al patio, porque era el sitio que me pillaba más cerca y pesaba bastante. Cuando venga Yos, tal vez pueda sacarla a la basura. Aunque tiene su gracia allí en el patio, como la casa de un duende loco. Y puede servir para apoyar los vasos y botellas. He estado trabajando a grosso modo, dentro de un trance, me pondré a volcar algunos detalles.
Algunas puertas tienen ventanas sobre ellas y entra la luz. Quiero hacer un collage allí con recortes de revistas o lo que encuentre.
También tengo que ponerle rostro a un vestido de payaso. Me gustaría que fuera una radiografía de un cráneo, pero como no la tengo, trataré de dibujar yo algo calavérico. O tal vez ponga los huesos de una cadera.
En la casa los armarios son un problema de desestibilización. Se trata de no volver a abrirlos hasta que no se pierda una urraca. Cuando me pongo a recoger, meto muchas cosas a los armarios. Cosas que no sirven para nada, pero que nunca tiro, porque creo en el reciclaje de fantasmas y años perdidos. Un día daré la vuelta a los armarios. Hoy ellos son mi hollinador que canta uvas hacia dentro cuando la noche tiene sed.
Quiero conseguir una cama grande. Hay una habitación muy hermosa, con dos ventanas, con suelo de madera, es la más bonita de todas, pero está llena de trastes. Me da miedo entrar allí. Dejar vacía esa habitación sería desestabilizar del todo el reposo del caos.  Y yo sola no podría mover todos esos objetos.
 Usaré otra habitación para la cama grande. Cuando está Yos. dormimos muy apretujados, yo me voy a la madrugada cuando me despierto y me cambio de habitación.  Quiero una habitación como de comedores de opio, como de singladura que hace vapor verde con la ausencia de las puertas. Una habitación tabernaria, para poder estar horas entre la absenta y los pájaros, para poder arder y expulsar el  fuego sin propagarnos en el esqueleto de la ruina de la casa.
El café. Ese silencio. Una detención de la palabra, un colgar de la hechura en ese puzzle cabizbajo de los bodegones.
Estuve en el monte y algo de allí dentro me recordó ese fuego chamánico, aquella otra búsqueda y percepción... que ahora parece esperarme en un salto al vacío. Algo de mí se detuvo de allá, algo de mí quiere volver. Y sé que la palabra no puede llevarme. Ha de ser algo mucho más apasionado. Me tuve que ir porque la mariposa cruzó un iceberg. Como las ninfas de las libélulas, tuve que quitarme hasta quince veces la piel sumergida en el agua. La otra metamorfosis requiere primero la transición de la tierra, su peremne sequía en la mano que aulla. Luego las alas.
No quise recoger mis ruinas de tu cama. Me laceré con esa muerte, empapada en tu sudor, me eché más ginebra, pedí música más alta, fiebre, delirio, al barco que ardía en tu mar, tú que nada supiste de la sal, cruzaste con papel de plata en mis senos, la salmuera exiliada de mi otro lado, encima de ti, muriendo la misma ciudad en nuestro camino hundido de orgasmo y humanidad que no se acerca.
Me abrí el corazón, como bola de cristal, penetré adentro tu ceniza, froté con tu sexo, la palabra imposible que embriagaba los ahogados del Sena, en un callejón vomitado sobre un lobo blanco. 
Follamos en las puertas de Comala, la depredación que el cuerpo da al cuerpo, que el Sol da a la tierra. Como dos asesinos, cantamos, ne me quitte pas, y mi vestido en el suelo, desgarró mi vida en tus manos. Nos amamos en el dolor como el opio en las conexiones neuronales de Artaud. Y esa serpiente que me atrapó desde tu alma, me dictó la forma de morderte de la luna la entraña. 
Allí afuera empezaba a nevar.
Los extranjeros ya no querían entrar en la ciudad.
Los vendedores de cobre,  grabaron con óxido tu porvenir en mi espalda.
El hachís rompía los relojes, mamá se moría en un cielo púrpura. Tú me protegiste con la sangre en mis bragas, teñida por tu espanto. 
Los pinares allí afuera, eran bestias del inframundo, y en sus brazos, nuestros besos, eran rascacielos que se caían sobre los cuerpos de los niños.
Los hospitales ya no aceptaban enfermos.
Los lechos de muerte, ya no querían cartas.
Las brujas ya no lloraban la desolación de los metales.
Mi aire se hizo buzo de tu escombrera. Nos dimos el matrimonio de la parca, como fieras que acaban de conocer el amor. Y en su cercanía, sangran, la belleza mortal de reconocerse, bala y gatillo, del cielo que se irá con nosotros como su pieza de caza.
También borré entre las piernas que te abrí como la autopsia de un cielo, mi cesto de manzanas y de puntas, colocando esos lienzos en el pasillo del inframundo. Trasliteré mi pena en la tarara del fuego y del escombro, ebria de orgasmos que rompieran mi esqueleto donde el rock saca sus cuchillos. Me entregué gas y soledad a la herida matriz de la incomprensión de mi hambre mirando a los ojos de las estrellas. Tú eras mi droga, mi timón, mi sarcófago, mi mentira más amada, mi pequeño asesinato del maniquí en el Teatro de las vísceras, de frente, a flecha y dios, de la lejanía, a martillo y absenta, del amor y del pecado.
Tú eras la cucaracha que me viajó por el sótano invertebrado del poema de los suicidas, el vals de lo que resiste sobre los cráneos la vehemencia de la carne. Mucho más allá de la muerte.
Yo invertebrada, te ofrecí, con las venas abiertas, la bala del primer significado, cruzando nuestras sienes como el pianista embrionario del réquiem que no querrán llevar los búfalos en su viaje por el tiempo.
Oh miseria, te debo todo cuánto amo.
Oh lombriz de mi fortuna perdida, mis cadáveres quieren darte todo el alimento, levantarte de mi arrollidamiento como el cielo que parte mi espalda y en mi agonía, tú bailas, y en mi esperpento tú escribes los poemas que mi bolígrafo tiembla.
Descónchate el nombre que te dije en voz alta cuando me preguntaste el abismo en mis senos. Bórrate en la mar lo que te agarraron mis labios, en esa bateada del río del olvido, cuando nos abordamos el éxtasis en la grieta de la nada.
Si te amé tanto esa noche fue porque las sirenas explotaban de dolor con sus branquias de mezcal en un mar de madera y brasa.
Si te amé tanto fue porque el hambre de la huesera flotaba debajo de mis muertos como una promesa de luz.
Pero amor, aquí, jamás somos tú y yo, jamás nadie tuvo nada que ofrecer a la noche. Peco alegre la vehemencia de engañarnos como barco, como hoguera y paraiso. Pero nuestra sombra nunca borrará la carta que lleva el abismo en nombre del Infinito, cuando las religiones son la mierda que el caballo abona sobre los cementerios para relinchar en la orgía celeste el motivo de su corazón desbocado entre la nada y el todo.

No podré, salvarte de mí, salvarme en ti. No podremos nunca, reparar la vanidad de la luna.  
Te amé en la ebriedad de olvidar el peso de mi cuerpo en la grieta ensangrentada de la tierra. Te amé osándote sueño, muerte y resurrección de mi barco fantasma poniendo sus huevos en la rama del árbol del bien y del mal. Te di, mis camareros sin oficio, sin monedas, mis putas que nunca cobran, mi templo del lienzo derramado en el sombrero que en una mano negra recorre la negrura con la fe del sol. Te di, mis gemidos sinestésicos de mi enfermedad y de mi luz, como una estampa de lobos que son también la montaña y la muerte, el polvo y la eternidad. Pero no lo hice por ti ni por mí. Lo hice porque Mercurio me mata lo que sé, lo que soy, y hacia la libertad, con esos cuernos rompiendo el alba, se parten en mil cachos los huesos. Y mi vagina, hasta la necedad, bebe tu música y tu infierno.
Me voy atrapando, del humo que me desatrapa.
La calle se quita la ropa en el fondo de tu vaso. Mis huesos quieren probar la suerte que no nos acompaña en el ardor que la ruina levanta cuando empieza el baile.
Te arropé con todos mis años muertos. Te ofrecí, como una felación, mi desesperanza. Jugué contigo al velorio contra la lágrima, al fuego en los mapas, al vómito en la mesa de dios, al aurora boreal chupando del infierno un vino y una canción.
Te di mi sangre, entre mis piernas, como viento de aves, como indigencia que ríe, como matadero que no mata en esa caza nuestra más allá de la vida.
He estado cambiando el aspecto de una habitación. Hay mucho por hacer. Ahora me tomo un descanso. Fui a comprar unas puntas a la tienda, me crucé con viejos escondites de la sangre que se lava debajo de la noche, cuando los pies son esas espadas que cavan la memoria del precipicio.
Entre el placer y el dolor, comienza la música. Nadie puede cerrar del todo los ojos al espanto, ninguna fe se queda demasiado. En un eterno mirar, nos mira la ausencia, nos mira la muerte del padre, del hijo y de la sombra. Nos mira nuestra muerte acorralada por el ardor del invierno.
Nunca vuelvas. Sigue. Sigue aunque la casa caiga en tus pies. Aunque las alas sean el desastre. Aunque el ocio esté encamado con la parca devorándote esa ginebra. No vayas nunca atrás, aunque la bella isla allí atrás oscurecía tu crepúsculo en el centro del cielo.
Nadie comprende la rima.
Pero el paso, al son del error, será fuego.
Si me equivoqué, si es que es posible equivocarse en en el caos y en el absurdo, dale la mano, al presentimiento que la mandrágora muerde debajo del abrigo. 
No temas la soledad del cristal goteándote los espejos en esa araña sombría que enjambró el puñal y el óleo cuando no tenías prisa, ni tiempo, ni futuro.
Dáte al viaje, que no prejuzgue tu espanto, la belleza de la mierda en contra tuya. Que no anude tu nostalgia el cadáver en el tango viejo y ensilado del amor. Por los vasos se va el ojo, se va la tierra. Esa pérdida no podrás salvarla con ningún acto. Dáte a la noche, dáte entera a la pasión de los desheredados.
No estás aquí. Estás en la última silla de la barra que aporrea un tren que descarrila donde los sueños avanzan las patas rotas del mundo, volviendo a los caballos.
Estás donde mi ojo no te reconoce, como un clavel del delirio, como un hueco clavado en mi pecho cuando la niebla escala la soledad de tu nombre bajando las escaleras de mi ausencia desposada con los chopos.
Nada puedo hacer para no perderte en éste vals.
Mi buhardilla huye donde nunca tu sudor ni ninguna otra vida sostuvo el grito. Delante de mí, la biblioteca del humo pasa las páginas a 200m bajo tierra y leé en el doblar de campana de la luna, la aprhensión de un pirata sobre el olvido.
Mi corazón de trapo echa gasolina en el violín del espantapájaros. Yo corro. Yo espero en secreto el licor de manzana, el bofetón, la hoguera. Mis papeles no pueden escupirte el hueso. Jamás podría explicártelo. El ascensor gotea whisky sobre ese lapicero olvidado, yo bebo como se echa el puñal en el lago. Y el espejo del sonido de los caballos frota en mi lagrimal un bodegón que riega mi amor donde no he llegado.

El ojo de buey me separa de ti y me une al Sol.

Porque lo sé, te tomo ave de paso.
Porque sé que tu mano no podrá derretir ese crucifijo de cera y de sapos que en mi mesita alguna vez fumó tu hachís.
Porque lo sé, fado la largura de la noche en el rayo y en la rata desbocada que a mi vida empuja.
A veces es la voz del topo. Y me inquieto porque una rosa me clava la urgencia del carnaval donde el vino vuelve a ser la pelea del vagabundo y la luna. Entonces me acecho a mí misma, entre un lado y el otro de la calle. No me dejo del todo fluir, porque medio cuerpo busca el hedonismo y el cosmos y el otro, debajo de un libro, habla con las sombras la metafísica de la luz del fuego.
Cuando estoy cruzando así, como un carro del supermercado, lleno de comadrejas, latas abolladas de cerveza y una promesa de mezcal, entre vídrios y cartones, váteres reciclados del estiércol de las margaritas, no me deja ni la noche ni el día, atestiguar mi hora muerta y tocar mis armónicas.
Porque voy entre las que fui a la luz de los timones y en el velorio. Voy entre el amor y el espanto. La negación y el cúmulo. La espada y el lirio. La montaña nevada y mi sótano de esperpento. Voy a la vez, malherida y vehemente. Ciega de luna. Ansiosa como esa cuchilla entre tu seda despertando a la araña en la urdimbre del gemido. Y tiran de mí, los suburbios y las islas, el gemir de la pólvora y la espuma de la ola, la ternura y las zarpas, el beso y el suicidio. Y en esa contradicción medular del verbo, me hago vendaval que cava el vocablo de una guitarra entre un abrazo muerto y un feto que se despiada. Y soy al fuego todos mis huesos.
Con ese olor del vino deambulándome la orgía del Sol. Con esa entrega y cacería dibujando a los naranjos en tu epístola de carbón.
Y me hago la imposibilidad en armas de las procesionarias de los pinos.
No he hablado con Yoseba. Estoy en una transición introspectiva. Estoy entre mis naipes buceando la crisálida de la noche. Algo en mí se ha unido al deseo de la ausencia. Algo en mí se aleja persiguiendo los dedos de la nieve. Hay un cruce de caminos que me llega como un imán en el orificio de la guitarra, donde todo se despierta y se aletarga, en un giro imposible de la abrasión del fuego. Los puntos cardinales de la cuántica juegan conmigo la pasión de su piano-escalera. Yo avanzo y retrocedo en el mismo paso, porque un fractal agarra del fondo de mi verbo, la teoría de las cuerdas.
Vuelvo a ponerme el pellejo de la antisocial. Aunque ahora en mi galería hay una ventana sin cristales. Un cacho de mi brazo está sobre una cigüeña acariciando las nubes. También un dedo en una tumba escarba la humedad peremne de la tierra olvidada.
Yo amo a los chopos. Un insecto poliniza en mi amor, a la enana blanca. Tengo hojalata en mi corazón desenmascarando el reclamo del precipicio. Soy esa tercera persona de un verso de queroseno quemando los patios, hablando con ella, el desvío de un cuchillo y un astro.
Ocupo mi habitación como un ornitorrinco dando clases de guitarra en el bar de los muertos. El orificio del surrealismo me amamanta cuando me ofrezco el veneno. Sé que hay tres puntas y la línea recta jamás existió. Yo a veces estoy en las tres a la vez. Pero mi cuerpo no está. Mi cuerpo es un puzzle de ruinas buscando a la vieja madre entre los crujidos del polvo. Yo avanzo a veces hiriéndome, porque duele mucho perder los zapatos en la yugular cortada de un payaso de la cocaina. Duele sentir las suelas atravesando el lamento del tilo, como una llaga de la hambriología de esa palabra muda.
Duele saber que soy yo, los dos lados de la navaja. Y entregarme a ambos con un alarido que no puedo mantener bajo control.
La rareza entonces desarraiga mis vestidos.
Franquestein me reclama a puñetazos la caricia. Sus dientes me alejan, sus ojos me unen. Yo no sé contarle el amor. Y él me descuenta la noche de Comala entre sus brazos. Me enreda como la hija de las ruinas en su regazo. Y los dos, aterrados, nos tomamos, nos esperamos, aunque sin querer nos hagamos el motivo del infierno. En el fondo de nuestro corazón, albergamos kamikaces la esperanza de hacernos fruto.
Luego iré hacia Formigoso. Aquél lugar me genera inquietud y a la vez mucha belleza. Ha aparecido en mis sueños varias veces, como la tierra de los lobos. En mis sueños, era una odisea, entre el peligro y el amor, y los lobos merodeaban cómplices mi canto, como la posición de mi bala, como el viento de mis ojos, seguirlos a ellos, temerlos y amarlos a ellos, era lo único que podía hacer para mantenerme con vida y abrir el horizonte.

Voy haciéndome sitio en mi soledad. Lavando las interferencias que mi inconsciente bebió de la otredad, en esa gota de pólen que balancea el otro lado de los árboles donde un murmullo de mezcal vacía los bolsillos y tira la casa.

Cuando paso unos días con mi familia, algo en mí entra en erupción. Empatizo, me involucro, y las criaturas de mi psique se separan, alguna se queda en un fuera de campo, esperando la soledad total de Alicia. La realidad de los otros manipula mi cubismo, su desgracia se hace parte de mi diálogo interno, algo se clava en mi piel.

Por eso yo no puedo irme demasiado.
Yo necesito a los chopos en la atmósfera. Necesito al poema de nadie, recogiendo mis sudores, humedeciéndome la voz. Mi camino es hacia el Infinito.
Vuelvo a la montaña. Suelo tener esa sensación de tener a la nada detrás, escribiendo sal y sangre en mi espalda, borrándolo todo con un suspiro del precipicio. Suelo vivir sin tener el ancla, sin haber construido mi barco, como si mi paso, fuera el suspiro del abismo peleando con la muerte. Y nada de lo otro fuera estable ni retornable. 
Tal vez por mi naturaleza metamorfósica. Tal vez por la búsqueda del Infinito. 
Tal vez porque conocí muchas muertes.
Tengo esa sensación de que no acumulo lo vivido. Cuando escribo, esa faz de no haber escrito nada jamás, de no recordarlo. Tal vez es porque mi conciencia hizo muchos viajes por el éter y se alojó allí. Por eso me cuesta tanto vivir en paz y a veces conservar la fe. No tengo forma. Soy aire. 
Me cuesta mucho tener a todas las criaturas de mi psique en la conciencia a la vez, despiertas, habidas de sus hechos y de sus deseos, libres de sus pasiones y grietas. Conmigo, como la música. Siendo al fin libre. Tal vez porque algunas de ellas son de otro mundo. Tal vez porque algunas de ellas, vinieron desde el Ensueño y dieron una vuelta de campana en mi mujer esqueleto cuando el bosque era una estrella que galopaba sobre el apocalipsis. Ellas me dieron algo que yo no puedo obviar. Ellas me reclaman algo que yo no puedo negar. Cuando en el Ser, habitan yoes así, memorias empíricas de lo extraordinario, el Ser, está en una gota de lava, navegando el laberinto del Fauno, en busca de las alas integradoras del poema del éter.
No me importa ya, la temática de la locura en base a quién coño sea. No quiero poner en una balanza el mundo de los cuerdos y mi bicho con antenas y rabo al otro lado.  Se me alojaron moratones en mi ternura y en mi alegría, por culpa de los castradores apólogos de una única realidad y su fascismo inquisidor. Pero esos moratones quiero dárselos a la rana. No quiero alojar en mi diálogo interno el pozo del civismo. No quiero ya actuar a la defensiva ni al ataque. No quiero que las criaturas-espejo y reflejo de mi psique, acumulen el discurso de los ciudadanos. Que les dé el pairo.  Eso me haría gastar mucho tiempo y aliento. Me haría desviar mi camino y su lenguaje, para expirar en un mundo que no me pertenece un agujero convertido en una llama. Tal vez lo haré a veces. Pero ya no es mi razón. Alguna vez ese fue mi instinto, porque estaba llena de rabia y heridas y golpeaba las cárceles con las jaurías de mi hueso. Ahora mi lucha es limpiar las cloacas y liberar y unir a las criaturas de mi psique. Mi lucha es vomitar todo lo que puso lo ajeno y con mi vómito regar mis girasoles. Lo ajeno, son todos los humanos, sus costumbres, sus leyes, sus gobiernos, lo ajeno son también mi familia. Sé que hay algo entre la otredad y el etanol del Ser que se mezcla como una simbiosis. Mi lucha será que la Voluntad vuele libre su océano. Y que lo que se afirme sea algo mucho más profundo que cualquier yo y tú.
El día está muy bello. Yo atravieso una época volatil, a la mitad absurda, desamparada e hija de aquella mariposa del delirio que me dio las vocales de la mar. Tengo que luchar por ir sobre el canto. Lavar esas impurezas que a veces mi pensamiento ensucia sobre el crepúsculo. Transformar todos los actos que se olvidan del Infinito. Y entregarme a nuevos verbos.
En mi última metamorfosis, hubo una reescritura sobre las antiguas, yo no tenía delirios psicóticos, tenía visiones oníricas, el fondo estaba conectado con la naturaleza, con la liberación de mis animales y el diálogo con el Sol, era una especie de epifanía chamánica. Unida a los códigos del viaje con el estramonio y mis antiguas metamorfosis-psicóticas. Pero la esencia era muy humana, armónica con el cosmos. Había una frontera peligrosa y evanescente, que a la vez era una fuente. Mi locura, no era una locura, era un enjambre de emanaciones sinérgicas, desatando en mi ombligo un cordón fractálico. Desescribiendo mi rostro y estornudándolo donde el agua tiene hoz y martillo.
No puedo alejarme de lo que supe allí. Aunque no use ahora el mismo método.

Sé que algo en mí, atraviesa el mundo de las sombras de vez en cuando. Soy cíclica de una bofetada oceánica. El dolor, despierta a la araña azul, la hace bajar primero como una amenaza, luego se aloja como la posibilidad de una puerta, y luego es un vehículo.

Es natural el sufrimiento en los ciclos. La descomposición, la fiebre, la angustia, el rechazo. Así es como habla la araña para seguir abriendo sus puertas. El dolor es una fuente que acerca al Infinito. Y refuerza las armas de la luz, aunque en algún momento lo convierta todo en oscuridad y fango. Hay que saber caminar con esa muerte que nos descamina. Porque nunca abandonamos la cuántica. La ley de la araña nunca se conoce. Es un resplandor a veces diabólico, a veces divino. Y es lo que hay detrás de ella, lo que dice la mueca del sonido, cuando la mano sostiene una rama y a la vez, es golpeada por las raíces del árbol hacia el vacío. Es ese espejo con un pomo de puerta, con una mandíbula, con un yo difuminado y hambriento, del abajo del abajo, del techo de la medusa y la estrella de mar. En algún momento el sub-yo, sólo es la trampa, la tumba, el ahogo. Pero no existe el tiempo ni el espacio en ninguna noción binaria. El sub-yo bebe el veneno, pero ese veneno a la vez es una medicina que refleja en el otro lado de su pupila, el canto del cielo. La araña nunca se para. El sub-yo, bebe la realidad como una víctima de sus depredadores, pero los depredadores son otros yoes de la psique. Cuando se mueve la araña de sitio, esos otros yoes, cantan. Y su depredación, se vuelve su trinchera. El sub-yo se aleja del embudo perceptivo, y del cuerpo, colección de cicatrices. Pero la araña volverá a traerlo con la apariencia del yo-consciente. Ya sea estando despiertos o soñando. La consciencia se mueve de sitio, cruza los pasillos y todas sus puertas, de esa casa montañosa y empapada con una pared abierta de polvo de estrellas. La araña a veces bajará al moho de la llaga. Y la consciencia deberá trabajar el cubismo para nunca atrapar sus patas en el fango ni detener la vehemencia. Pero al conocimiento se llega como a un asesinato. Por lo tanto lo que descubre el sub-yo en su agonía, es lo que hace danzar y pelear a los otros fractales del ser. Y esa agonía es necesaria y sana, natural. Es peligrosa cuando la conciencia se queda atrapada allí abajo. Por eso hay que pelear el fuego de la cuántica.
Me despierto. Ya ha amanecido, con la nieve la claridad es más incendiaria.
Anoche volví a entrar en uno de esos procesos rotos de la soledad y la transición. Ese sub-yo, esa zona oscura, sombría y triste. Luché por cambiar el proceso interno, a través de la escritura en mis cuadernos. Descubrí que esa sensación era el motor de mi tristeza. Y que debía aprender a cuidarme, a velar por mí con las otras criaturas de mi psique. Aprender también a estar despedazada y abrir la profundidad y el intelecto en el rayón del olvido.
Debo alargar el brazo de la escritura. Y aprender a encender mi guarida.
Ese dolor suele empezar cuando un grito ya no quiere hablar. Me alejo de la escritura y algo en mí se evade, se evade de la conciencia que generó la grieta, me siento sucia y pesada, me miro con desprecio, con una náusea, los recuerdos de la felicidad y el vigor, se acumulan en el lugar que me encierra, esos otros yoes durante un segundo me odian por no llevar su canto y me acuchillan. Entro en un proceso descompuesto de la existencia. Y lo que he de hacer es luchar, justo allí. No irme a dormir y esperar que el día siguiente traiga otro verso. Lo que he de hacer es escribir allí cuando no soporto las palabras. Es escupir escritura automática, aporrear el tambor, hablarme, hablarme de lo que no quiero oir, la palabra es magia, la palabra en esos estados de etanol teje la araña de los sueños. Sobreponerme a la náusea y desde su interior transformar las percepciones. Proteger mi deseo, mi acuerdo con el embudo de la realidad, metamorfosearlo hacia mi amor y mis pasiones. Cambiar mi relación con el espanto. Y aflorar las metáforas que unen en la sinestesia del monte y de la noche, mi huella desalmada. Debo aguardar con pasión esa náusea, para cambiar para siempre el fondo de su fango.
Soy alguien muy unida al subconsciente. Y debo perforar sus enunciados hacia mi voluntad y mi sueño. 
Vivo como si estuviera sobre el hachís. Un umbral quedó abierto desde que viajé con el estramonio, desde todas esas metamorfosis y manicomios. Una hipersensibilidad, una forma efervescente de sentir lo sentido. Y allí abajo son otras las leyes. Yo debo recorrerlas y transformarlas hacia la felicidad y la pelea.
El sol ya se va del pueblo, va subiendo el monte. Me cruza cuando lo recuerdo, una lágrima de opio, unas escaleras que bajan tumba abajo, el otro lado de la luna, desamparan como una jauría el nombre de los árboles y prenden extraños lirios donde el grito se ata al Sol.

Tardo mucho tiempo en irme de los poemas.
Me aferro a ese amor, como los locos, como los suicidas. Alguna vez llevé la nostalgia al extremo explosivo de su mano vacía suplicando en la mar, la muerte y el beso.

Eso me puso la mirada abierta de la pérdida, húmeda de lo imposible, extensa de lo que ya había acabado. Muy dentro de la niebla que sigue mojando campanarios abandonados con sangre de rosa. Delirante del olvido de todas las civilizaciones en mi columpio de ceniza y de pólen.

Eso en algún lugar del fondo de mi pecho, me enjambró, piano de nadie, sin patas ni cola, ebria del gas, tocando su música rota cuando no hay tímpano ni la piel cubre la carne al caminar el fuego.
Me dio esa guitarra en el vino de los alcohólicos, esa tierra que nunca lavo de mis dedos, esa indigencia sanguínea, violenta de su libertad. Un rara cicatriz entre el pronombre y el océano.

Ahora camino para irme de allí. Pero no me voy del todo, porque mi corazón, allí ama, allí se reconoce también porque habitó mil mundos insostenibles en la sinestesia que doró mi canto.
He avanzado bastante con lo de la ropa. Ahora enciendo un cigarrillo, miro la montaña, la nieve resplandece el olvido de los calendarios, pongo un poco de música, me relajo, me dejo ronronear por el sol de enero, por la quietud que emigra junto a la fotosíntesis donde no hicieron falta las palabras.
Él y yo, éramos el amor dentro de la nostalgia, la pasión siempre en la lejanía, la fe insobornable porque nunca nos tocamos, porque nos amamos sobre una flor insomne que viajaba donde el fuego desenterraba de la grieta un paraíso. Lo amé así infinito, en ese amor de Quijotes y olvidados. Estaba siempre conmigo como lo indesfallecible, porque el poema lo acrecentaba como ese amor de Juana Inés y su estramonio, como ese olor del barro anudando en el río un crujido que llovía la inmensidad. Él era mi naufragio y mi orilla. Yo entonces, todo lo tenía, aunque no pudiera tocarlo. Era un amor, dentro de la pérdida, en el más allá de todo, en el soliloquio, en la escritura, en la sinestesia. Pero era un amor ausente. Era un amor atormentado. Aunque entonces para mí fuera la plenitud. Yo no podía entonces amar de ninguna otra manera. Tardé mucho tiempo en comprender que él debía irse. Tardé mucho en perdonarle a la luna que se fuera. Se me quedó dentro y despedazado, ese murmullo de amor de la utopía, se quedó en las cauces desescritas de mi corazón, aquella fe, aquella hoguera. Aquél Léolo salvándolo todo con su canto. Mi enamoramiento se hundió dentro de un papel y un cuchillo. Nunca llamé a la mar con la misma belleza con la que la llamaba en su nombre.
Llego ahora al pueblo, todo está muy hermoso, la nieve sobre la naturaleza, la naturaleza sobre los dedos de un piano que flota, en los morros de los venados, en el alma del río. Ha sido un viaje hermoso porque hablé con mi viejo de cosas importantes, como si León Felipe nos soplara sus canciones, y todo fuera vida, también el precipicio.
Hoy quiero ponerme a trabajar en la habitación de las dos camas. Ordenar la ropa. Colocar un armario de verano y otro de invierno. No gotearla toda como estornudos de espantapájaros. Es algo telaroso, porque hay muchos armarios llenos de ropa de mis abuelos y ropas que no usa nadie, todo mezclado. Tardaré la ostia, pero quiero hacerlo.
Acá yo visto como las pastoras de los años 30. A veces me pongo ropa de mi abuelo, de mi abuela, abrigos de la tarara, ropa de monte, de nieve, de invierno con hambre. Porque generalmente vivo aislada, junto a los chopos y el perro. No me importa mi apariencia. No me miro en la gente de aquí, me miro en la montaña. Cuando viene Yoseba me pongo a veces ropa más bonita y me peino.
Pero todo mi caos, a veces no es bueno. Acumula postales quemadas, amores extintos, soplos de fantasma en celo, puzzles de ruina y abandono, esperpento de aves y pintura de payaso. Y cuando me pongo quinqui de su anticobertura, me siento todas las derivas. Por eso quiero cuidar de la casa. Transformarla. Hacerla parte de Alicia, usar la psicomagia, el espejo de manos del puercoespín y de la nube. Honrarla. Hay mucha basura que tiene memoria y se queda... y a veces se abre y me disloca. Yo debo transformarla junto a la empatía energética de su danza, de su orificio, de su sangre en mis venas.
En unos minutos me voy a la montaña. Me lleva mi viejo, luego me quedaré allí otra vez sola, con el Kavka y los chopos. La casa estará muy fría. Me llegarán vientos de tormenta. Un momento de transición, de reencuentro vertical con la casa y los montes. De fuego debajo de mis pies. Siempre que cambio de sitios, algo se mueve en la muerte. Me afecta la mutación del paisaje y la atmósfera, y suelo tardar un trance en volver a encontrarme. Es como si una pérdida que en su otro lado es un deseo, volteara sus puertas y escupiera una canción que al principio es oscura, es metafísica.
Me excitan sus manos cuando quema el hachís, lia el cigarro, fuma. Sus manos parecen un cuervo que cruza los maizales abisales de Van Gogh. Lo amo en ese rito. Porque cuando él fuma, él se va. Mi pasión crece. Lo observo introvertida y vehemente. Él lo hace muy despacio, como si fuera un Bereber, él calla, y porque calla, lo siento todas las bibliotecas de Babel. Su mirada se torna más profunda. Su silencio me habita la luz desheredada de la noche.
No lo miro entonces de frente. Porque desde que soy niña, por alguna extraña razón, temo mirar los ojos de lo que amo, cuando es humano. Tampoco lo toco, porque también temo tocar lo que amo, cuando amo. Lo toco cuando soy cynica, cuando soy fuego, cuando soy olvido y explosión, whisky y amanita. Pero en el instante en el que el amor se me declara por las venas, me vuelvo una ermitaña medusa, una triste niña alejanada por sus suspiros de mezcal. 
Cuando el amor se me declara, yo me hago la lejanía, me pongo tímida, vestida con licor de cristales y olvido. Nunca doy un primer paso bajo esa sensación, no sé decirlo en voz alta, ni acariciar, ni desear mi deseo, ni arriesgarme. Siento un abismo que me detiene en el peyote. Como si acaso tuviera dentro yo una planta venenosa. Como si fuera mi suicidio y el daño al otro. Ese pavor al amor lo tengo desde que era pequeña. Necesitaría que él me acariciara a mí, que llevara mis manos, mis labios, mi soledad, por su cuerpo y por su alma, porque mi niña perdida no sabe nada. Pero él no lo hará. Porque él también es una medusa. Porque a veces nos espantamos de mutuos lobos.
Ese agujero negro que a veces me llama. Ese ballet de la datura. Ese hueso encarnado en la mandíbula de la noche donde la distancia mordisquea el beso de etanol que atrapa en sus labios la piel que baja las escaleras del infierno para vestirse con la carne de la vírgen maría el desmayo de su ausencia. Es mi maldición, es mi motivo.
Es lo que me dijo sobre la esquizofrenia, sobre la mar y las estrellas, sobre la memoria y el olvido.
Es el precio que pago por conocer la palabra, por llevar de paseo mi esqueleto, mi botella, mi amor y mi odio, mi ser y mi no ser.
Es mi guerra y mi almohada.
Mi mariposa del hambre, su vuelo y su suicidio. Es mi ir. Mi verdadera lengua, aunque esté entre la locura y el infinito, entre la muerte y las islas.
Es la naturaleza de mi yo-insecto. De mi perro con gafas y metralleta. De mi esnifar del polvo y mi fumar de los sanatorios ebria de rayos.
Es la luz de mi oscuridad, su navío, sus viejos locos supervivientes de la nada.
Es mi surrealismo dibujando con tiza mi habitación, con patadas de piedra mi mesa, con vómitos de medusa mi cama. Con Comala, la flor entre mis dedos.
Mi desmayo, mi temblor, el lugar donde nace mi angustia, mi tristeza, mi naufragio. Es un lugar muy sutil y muy abstracto, tiene una biblioteca del autismo, una construcción muy íntima y onírica, del lenguaje, es un lenguaje sinestésico, no es un lenguaje verbalizable. Es la sensibilidad de la mandrágora y de la tierra seca. Es la náusea. Es un enunciado, con palabra-tiempo, palabra-espacio, palabra-agujero negro, palabra-puente, palabra-violencia, palabra-muerte, palabra-soledad, palabra-herida, palabra-otredad y atmósfera desintegrante, palabra-subconsciente y pellejo que arde, palabra amor e imposible.. En ese enunciado no hay un verbo, todo es el verbo, pero es un sub-verbo, es una sombra, un feto, una ausencia que grita. Es mi ombligo-Artaud.
Cuando sangro en ese lugar, sufro mucho, porque todo me llega como una pérdida. Sobretodo cuando me ocurre en relación a personas que amo, a hombres que me gustan, a pasiones que me arden las venas. Soy arrancada de mí por mí, y en esa alcantarilla-tumba, soy asesinada de lo que amo. Soy desheredada. Me pierdo de mí y de todos los universos. Habito el mundo de las sombras. Y me hago un maniquí de ceniza colgando cuerdas de colgados y de payasos petrificados en los labios de la mar y del cementerio, con sus risas punzantes y jolgorosas clavadas en el llanto de los tilos.
Cuando estoy allí, me siento desarmada, muy frágil, porque no comprendo nada, porque soy mordisqueada por el éter y un abismo separa mi pupila de la pupila del otro, mi mano de mi propia mano. Mi voz de mi palabra. Mi vida de la vida. Ese lugar está cerca de la locura. De la despersonificación. De la muerte del pensamiento y de la comprensión de la realidad. Está dentro de la ausencia. Muy cerca de la muerte.
Pero a la vez, es también la semilla, el capullo de la mariposa. Una matriz gaseante de mis acuerdos de percepción, de mi ojo cubista, de mi relación con el hueso, con el horizonte, con el Sol. Es un lugar donde yo acabo y yo empiezo a la vez. Es como un pedo de dios... que me desintegra mi capa de ozono.
Debo trabajar por hallar esa paz de espíritu. Creo que mi inconsciente, la leé al lado de la explosión. De un cataclismo de éxtasis y orgasmos. De una salvajidad, de un exibicionismo político, de un exorcismo de un sapo azul que vuela. 
Tal vez es muy antigua mi relación violenta con el verbo que se celebra a la mitad en la guerra y a la otra mitad en el paraiso.
Tal vez algo de eso lo bebí de lo que me enseñó mi familia sobre la realidad, lo que ellos no eran conscientes que me enseñaban. De los zarpazos de Comala, del velorio surrealista, de ese herida que sangraba en mi cuello todas las noches. Esa abrasión entre el hambre del poema y su despedida, el exilio, el no-ser, los tubérculos de esa digestión sanguínea del grito de la calle. Del dolor del de abajo, de mi promesa vagabunda, de mi llanto de éter, de la utopía ensangrentada, de la nostalgia, de la empatía invertebrada con ese otro mundo que no pudo quedarse. Mi relación medulizada con el drama y el fracaso. El amor a los que pierden todas las batallas. El esperpento salvándome la risa.
Conocí la angustia de los locos y de los suicidas. Conocí la alucinación cuando era el abismo. Conocí estados muy extraños del sufrimiento de la conciencia, del enjambre de bestias de gas, cortándome los ojos. Tal vez por todo eso, la paz de mi espíritu, se da en comandos de fuego. Tal vez por eso caminar hacia la paz de mi espíritu, es aceptar la guerra. Y al mantenerme en las frecuencias altas y en sus vueltas de campana hacia el inframundo, hacerlo con la armonía, con el amor, con la fe de que es lo único, lo acertado.
Debo ser la paritoria de mis agujeros negros. Su esperanza bajo las calaveras. Su canto. Su oscuridad amada. Darle también mis bendiciones.

A veces tengo la sensación de que hay un cruce de caminos en mi espíritu, algo que cuando llego, soy la náusea, el aullido, el espanto, la desintegración. Cuando llego allí, mis otros yoes, perecen, es una transición, suele durar unos minutos, a veces un par de horas. Cuando llego allí, desaparecen los lugares de los que venía, mi propio reconocimiento y memoria. Mi capullo de la mariposa se retuerce de muerte. Yo empiezo a caminar entre todas esas sendas que se abren desde allí, elijo algo, pero no lo elijo con el pensamiento, lo elijo con la entraña que se derrama. Y tardo bastante rato en saber dónde estoy y en hallar otra vez la conciencia de la vida. Tardo un tiempo, en poder decir en voz alta lo que me dice y en tocar lo que me toca, en sentirme yo, en afimar lo vivo.

Ese lugar, es un lugar muy perturbante, que conozco desde mi adolescencia. Ese lugar tiene mucho que ver con mi incapacidad a sentirme en paz. Tiene que ver, con los arrebatos catárticos y medio mortales. Tiene qué ver con mi unión a la guerra. Con la metafísica, con la loba, con el exilio, con la cucaracha de Kafka. Con la semilla de ciertos de mis poemas. Con mis excesos con el trago, con el amor, con la pulverización de las calles. Con mis alucinaciones de Comala. Con mis sinestesias del tímpano de los caracoles y las frecuencias de murciélago. Con la razón de mi locura. Con lo que me mata y con lo que me vive. Con la forma de hablar con la muerte.
Me despierto. Soñaba algo que ahora no recuerdo mucho, era sobre varias de las mías, que se expresaban a la vez y todas tomaban su camino.
Quiero irme al pueblo, necesito ya con urgencia a los chopos. Aquí me mugro, ayer fue un día muy extraño, sobretodo desde que dejé de escribir, me puse violenta en mi interior, atraida por una grieta, una inquietud medio atormentada, necesito darle muchas más horas a la creación, otros formatos, otras salidas. Acompañarla en mi pensamiento durante todos los minutos. Empezar a buscar la paz. Alguna vez conocí la paz del espíritu. Fue, a los 16 o 17 años, fue con la hierba, fue una época corta, pero estaba en paz conmigo misma, con la vida, con la felicidad, con la gente, con las palabras, era una metamorfosis, pero no era violenta, fue una época también mística, bajo la influencia de Hesse... luego eso ardió en nitroglicerina.  También conocí la paz, en el verano del 2013 creo, cuando viví en esa caravana al lado de la mar. También la rocé un poco, en marzo del año pasado o por ahí, esa vez fue de forma muy ermitaña, junto a ciertas alucinaciones. Y éste verano algunas horas, aunque yo estaba sobre el fuego. Creo que es momento de caminar hacia ella. De alguna manera, no se puede hacer sin caminar hacia el infinito, hacia la vieja madre y también la lucha política y la ética ácrata. A mí me cuesta mucho vivir en paz, esa sed me acuchilla, y puedo vivir en éxtasis, en traslaciones, entre extremos, pero eso no es en paz. Cuando conocí la paz, había una destrucción del tiempo, de la angustia de la palabra, había una celebración de todo cuando me rodeaba, una especie de fe-acto, de sinergia, de abrasión dulce y de marea, de hedonismo, de la belleza de la naturaleza, de la detención de los interrogantes del yo sobre el rostro, todo formulaba su presente y su existencia de forma absoluta, defendía a viva voz sus dientes, su lengua, y amaba.

Tengo una relación violenta con la vida. En mi metamorfosis de éste verano, para mí todo era una muerte, yo estaba sanándome, salvando a mis monstruos, amando a mis demonios, exorcizando mis heridas, y todo me llegaba como una muerte. Sobretodo lo relacionado con el amor, Yoseba, en ese laberinto de mi Fauno, me era un aquelarre violento, cruzar puertas, era a la mitad quemarse a lo bonzo y pelear, sacudirse como la dinamita. También me llegaba como una muerte, la separación y rebeldía con mi familia. La llegada a los caballos. El dejar atrás ciertas migas de gorrión. La guerra con la gente, con el rostro de etanol, con la sombra de murciélago y de caverna.

Creo que esto es parte de la oscuridad que conocí, de las heridas. El amor, era un asesinato para mí.  Y creo que algo en mi abstracto sigue concibiéndolo de esa manera. 

No tengo ni idea cómo, pero debo caminar hacia la paz del espíritu, hacia la afirmación, hacia la total satisfacción de cada segundo y cada circunstancia. En el dolor y en el placer. En la pérdida y en la fiesta. En la tristeza y en lo amante.

No hay un centro. No hay una palabra sobre la que poner la almohada. Debemos ser honestos con los fuegos fatuos, con el caos, con la música, con lo extraordinario. La muerte vino en nuestra sangre.
No debo apoyar mi vida en él. No debo apoyar mis versos, ni mis precipicios, ni mi ausencia, ni mi grito. Él sólo es una mancha más de LSD, un abordaje, un hospital móvil, un Teatro, una fiesta, un amor de mil y una estrellas cuando la muerte me persigue.
Hay que ser honestos con la soledad. Hay que sabernos siempre nadie y respetar la ley poética, su crematorio, su sobreactuación y zafarrancho, su blasfemia, su enfermedad, su esperanza.
Andar solas y sin miedo. Andar libres y sin equipaje ni mañana. Andar sobre el pico de la ola, morena en el tequila, pálida en el suburbio, siempre en el peligro, flotando en la ruina, navegando en el vacío, al borde de la total pobreza, del beso del Sol.
Le dije ¿a qué yo soy menos frígida que eran ellas? Y le dio una calada al porro y dijo, desde luego que sí. Luego respiramos ese tren que nunca nos junta, ese ave que usa a la vez nuestra corazón y al extender sus alas, Comala en fiesta, saca a bailar rock a los muertos.

Nos damos la espalda con la frecuencia del opio alunizada sobre una tierra que se desmaya.

Mi horizonte empieza donde él pierde el conocimiento.

Yo me disfrazo de puta, para no perder la esperanza. Pero sé que su gasolina no puede calmar mi sueño de Diógenes, no puede seguir el precipicio de la noche sobre los lomos de ese lobo que me muerde el cuello cuando estoy dormida.

Sé que somos dos locos, derrochando el licor, las neuronas, los callejones y prostíbulos que la maldita tierra tropezó en nuestras cicatrices. Ella nunca quiso nuestro mal. Nosotros teníamos demasiado amor y ninguna casa para sostenerlo.

Te entierro en el mismo suspiro de amor que te entrego. Nos veo a los dos, maltratados por la Luna, cabalgando un camino despedazado.

Ahora, no hay luto. Ya no lloraremos nunca más. El cielo sólo se mata una vez, arrancando las costillas. Y aquella canción la bailé con otro, aquél cadáver lo vomité ebria de angustia en un laberinto que la mariposa folló donde nunca llegó ningún ser humano. 

Tú y yo, sólo seremos fiesta, profana, promiscua, ácrata, animal.
Y si un día se acaba la música, será en la explosión del placer de su mala ginebra.