HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Aquél domingo, hicimos muchos kilómetros en bicicleta, zarrapastreamos por el rastro y luego me llevó a la Universidad Laboral donde alguna vez estudió. Luego fuimos a bares más lejanos de pueblos perdidos.... hasta llegar a un monte. Nos echamos en la hierba. La hierba estaba tan alta que nos hacía de habitación. Nos amamos miles de kilómetros bajo el sacramento del silencio de los árboles. Mi piel retumbaba el delirio del infinito, las catedrales de fuego, siempre al lado del naufragio y del paraiso. Todos esos días en Xixón, estaba muy cerca de la felicidad y muy cerca del suicidio. Otro anochecer muy bello, fue en un lugar al que llegamos con su coche. Nos adentramos a un bosque tan denso que parecía que estábamos en el vientre de todas las noches del universo. Nos amamos como un bote salvavidas en medio de la hoguera, con el susurro de los faunos rompiendo las olas en ese lugar donde nada se nombra. Los árboles parecían gigantes desatándose los cordones en nuestra humedad. A punto de caer inconscientes. A punto de perder para siempre la tierra.
Es raro estar todo el día con la ebriedad encima. Con él, tomo demasiado alcohol, porque el camino que arde tras mi espalda, gira como un tiovivo loco anochecido en su corazón. Y yo sumo, demasiados litros de nostalgia y ruina, de dementes astros, de ropa hecha ceniza, de sentimientos vueltos queroseno, de palabras imposibles, de horizontes pulverizados, de diástoles en mi vagina como campanarios en su licor. Y toda mi piel, se borra, de páginas vacías y temblantes por el ansia de la sangre. Y vuelo, sin reino, sin lucidez, sin futuro. Como un poema hecho pedazos hacia el trombón de un cielo que no se asume. 
Con él todo es un viaje ambulante hacia la matriz del fuego y la desaparición.
Somos sucios. Incompletos. Sangrantes. Viscerales. Siempre a punto de quemar la última neurona y tocar la obra maestra o la total perdición.
Le dije, te estás emborrachando. Me dijo ¿y qué coño pasa? Le dije, igual me aprovecho de ti y te meto muy adentro mío dentro de la mar y ya no podrás nunca más secarte. Dijo, no creo que puedas. Y jugué a meterlo a tientas a la mar. Pero me caí en la arena. Ya no tenía fuerzas ni para levantarme. Desnuda vestida con la arena y salitre soñando que todos los mundos se habían terminado.
Nos preguntó y vosotros qué sois? Yo le dije, somos colegas. Y preguntó, pero folláis no? Y Yoseba dijo, sí, sino cualquiera la aguanta. Nos echamos un vino y otro más. Siempre tan perdidos por las calles que no se acuerdan de nadie. Siempre tan sangrientos de la promesa de una luna que nos ha abandonado. Tan precarios. Tan vagabundos. Tan flor de papel y queroseno. Tan cerca de la muerte y de la mar. Tan desolados. Sin ya saber fingir. Sin ya proteger ningún secreto. Con ese escepticismo que se gana en la cumbre del fracaso. Con esa mueca que no manipula la belleza de la noche, que no cumulga con pactos. Que no suelta ni toma monedas. Que no traga para adentro ni echa para afuera.
Le dije que a partir de los 20 años, ya son muchos años, para sintonizar la memoria y los pasos. Que ya no entra el temblor ni sale bien el licor. Que son muchas ruinas para escribir una desguace de fiar. Le hablé de aquella historia de amor, lejanamente, seseando el vino en mi lengua. Le dije, que aquello me cortó un cable, que nunca más cosí. Él siempre me deja hablar. Él se mantiene en silencio como un oscuro psicoanalista que hace que tambaleé mi ebriedad en el fondo de la bruma y me descuaje de brasas entre sus piernas, ya sin orilla y sin timón. Suicida de su flor y de su olvido. Él me dijo, que él curaba muy rápido las heridas. Yo le miré a los ojos, le dije que hay heridas que sangran sin doler y sin poder tocarlas. Yo sé que él tiene muchas heridas en su costado, en su manera de fumar el hachís, de marcharse sin que nada lo nombre.
Me acompañó al tren, me compró una cerveza en el bar de la estación. Nos abrazamos retorcidos, como dos venados con prisa y las zancadas hacia el puente besado por pólvora. Yo pegué mi rostro a su corazón esquivando su mirada mientras mis piernas se daban la vuelta. Creo que esa forma en la que nos despedimos, representa nuestra manera de querernos. Somos un atropello, una velada de opio y vidrios, dos animales cantando la mar y el olvido. Sin te quiero, sin bésame, sin llámame cuando llegues, sin llévame contigo.  Yo amarré la bici en el primer vagón, dejé en un asiento la mochila y salí a fumar un cigarrillo y a tomar la cerveza, mientras quedaban unos minutos para salir. Él se apareció al otro lado de la vaya, nos quisimos con señales de humo. Regresé todo el viaje enamorada de una canción triste que escapaba fuego. Soñando tras los cristales con el fin del mundo. Con ese perfume de lava aún en mi cuerpo. Con la soledad y la lluvia teñida por su hachís y el adiós. Con mi camino roto sobre mis hombros y la luna a los pies reflejando escaleras de caracol que no llevan obra ni historia que poder escribir. El paisaje se abrió en mi cuerpo, me agitó el viento toda el alma. Me sentía encima de una ola sin poder cuajar ningún porqué, ninguna lágrima. Nada me hería. Nada podía decir mi nombre, ni hacerme propiedad ni sepulto.
Me he preparado un vino caliente para el catarro. Vengo del monte. Ha crecido mucho la vegetación en mi ausencia. Un viento cruza mi esqueleto, algo más leve se bascula del significado al horizonte. Todo se va. Me duele menos el sumidero que estampa las fotografías en blanco y negro y quiebra tus recuerdos. Tal vez por haber ardido en busca del amor, aunque hallara un camino roto que no llega del todo a ninguna parte. Mi felicidad allí fue extraña, fue convulsa, francotirada de la extinción del desierto, pero a la mitad era oscura y febril, estrepitosa, como animal rompiendo la jaula en el incendio de un hueso y una canción. No era la felicidad de llegar a puerto, no era la de abrazar el amor ni la de cumplir los sueños. Era una felicidad dolida de un territorio que se despedazaba. Era una resaca en el cáliz de la galerna. Era llegar con la piel llena de heridas y flotar en el vino la profundidad de la noche. Un abrir las piernas de sotavento y as de espadas, de salto suicida, de doble o nada de la guitarra y el polvo. Era un desencanto sin nudo en la garganta, desatado por el fulgor de la deriva, por el esqueleto de los tulipanes, por el whisky que llena los vasos cuando se va el personal y la esperanza. Era un retorcerme y explotarme en su cuerpo, como crepúsculo que no aguarda ningún día, ningún regreso. Era también naufragar cuando ya estoy demasiado borracha para recordar lo que no debería decir ni hacer, soltar el tapón, exprimir el grito y zafarranchar el hueco que queda sosteniendo la música.

Él se puso a cantar ésta canción, quedaba poco para el amanecer. Caminábamos por la playa, hermanos de la ruina, hijos de la mar, del fuego, del olvido. Su manera de aullar, rompió malecones en mi pecho, éramos como dos gatos negros fundidos en la noche. El paraiso era una brecha desangrada entre palabras que nunca volvieron a escribirse. Rompía sus olas, en nuestros pies. Y saltando precipicios nos sostenía más allá de nosotros y nos escupía como gas hacia la flor secreta de lo inexistido. Los dos no tenemos ningún sitio en el que caer muertos. Los dos no tenemos un lugar al que dirigir los pasos, ni la palabra. Los dos, suicidas del amor y de la tierra, juntábamos el sagrado fuego de los desheredados. Y aunque no podamos ya nunca amarnos como lo hacen los amantes, nos amamos a pecho descubierto, la crisálida de la tormenta, los adoquines, los escombros, el sonido que queda cuando todas las ciudades han sido destruidas.

La más volcánica danza fue allí, en esa playa, mirando la hoguera, con el rugido de la mar en las vocales desperdigadas del primer hueso pasando su azada por la migración de las aves sin mundo. Rodamos atados por la arena. Yo sentí muy dentro la sensualidad del fuego al borde de la muerte. Hicimos posturas nacidas de un neandertal saltando astros. Galopamos en una nueva curvatura del espacio sin tiempo. Durante un instante sentí que me poseía el LSD del Silencio. Que gravitaba a mil kilómetros por hora en el beso más íntimo de la ayahuaska. Nos poseyó esa noche el duende del fuego y de la mar. Cuando abrimos los ojos, estábamos a 30 metros de la hoguera y de las mochilas. Y la visión de la mar venía desde dentro de las venas como lo orgiástico de un hechizo. Yo le dije "hoy podría morir y todo sería perfecto, ni un poema más, ni una huella, moriría feliz, en paz con todos mis huesos"
Una noche, veníamos de muy lejos, con la bicicleta, con los tragos de luna por las venas. Yo tomé muy rápido una curva cerrada y salté la carretera y me tragué una valla de esas que se levantan para el acceso a los coches. Yo ni la vi hasta que me golpeó en el cuello y me tiró al suelo. La moví de sitio un metro. A él le entró un ataque de risa. Y a mí se me contagió su risa. Él dijo que nos fuéramos rápido de allí no vayan a querer cobrarnos los desperfectos. Y fuimos al croak croak y al seseo. A mí me llenó de euforia su risa e iba cantando pedazos de esa canción que tanto amé alguna vez, la bicicleta blanca, "dale dios, dale dios, dale con todo, dale dios, vos sabés que ganar no está en llegar sino en seguir"
Una madrugada nos pegamos en la mar. Como dos lobos. Como dos poemas expatriados. A mí ese baile de dinamita me incendió el corazón de fe y de vida. Volví por un instante al Nunca Jamás. Se rieron todos mis huesos. Me olvidé de todas las tumbas. Él tiene doble personalidad. A veces es una jarra de vino, una taberna que no cierra, un corazón de perro y de mezcal. Pero a veces es hermético de lo que traga el hachís para adentro. A veces es la furia, un acorazado inaccesible, una violencia abstracta del rencor de haber nacido. Cuando los dos estamos cerrados hacia la flor y el cuchillo de la noche, parece que estamos viajando por Comala y que corremos como alma que lleva el diablo muy dentro de la bruma. Entre una pesadilla y una ginebra maldita de la palabra. Nos volvemos dos bestias deshumanizadas, heridas de reconocernos, de oirnos respirar, de soportarnos.  Y parece que estamos jugando a la ruleta rusa en el sótano del manicomio. Que somos una cacería de espectros. Y nos repelemos y deliramos del síndrome de lo invicto y de lo huérfano. Nos hacemos sufrir, y alimentamos mutuamente la extrañeza y la distancia. Tenemos que correr muy rápido en la bici, o subir al monte o embriagarnos, hasta que cambia la música. En esos instantes no sabemos amarnos ni mirarnos a los ojos. La atmósfera se vuelve muy extraña.
Recuerdo un día, yo tenía una resaca muy perra, hablábamos como dos máquinas de escribir sumergidas en el océano, y a mí me empezó a dar la náusea de las luces, el estigma de monstruo, esa extraña sensación de sentir electricidad en el centro de mis ojos y ver como la materia se convertía en el luto de la materia, empecé a entrar en el delirio de la metafísica, en el abajo de la palabra, en el susurro del espanto. Cruzábamos sobre un puente las vías del tren. Yo me detuve un instante allí para rezar al fauno. Y luego abrimos en un parque unas cervezas. Poco a poco empecé a regresar. Cuando me da la náusea de las luces, me vuelvo el precipicio de la locura, sufro como una medusa la superficie y no soy capaz a hablar de lo que me pasa ni a sostener mis pies en la tierra. Pero fui calmándome. Fuimos un rato a su casa, nos quisimos un poco. Y luego la bicicleta bajo la lluvia, nos ocultamos en unas cuevas al lado de la mar. Y nos crepitamos de gozo y de olvido. A la vuelta, fuimos a otra playa más lejana todavía y nadé desnuda en la noche, panza arriba a la luna con mi corazón desperdigado entre las gotas de sal y de fuego. Jugamos en la orilla. Ese día yo me reviví sin darme cuenta. Volví a amarlo.

Creo que esa extraña relación que mantengo con el estigma de monstruo, era una caverna despiadada que chamuscaba mis huesos todo el tiempo secretamente. Era una jeringuilla del inconsciente. Toda la semana en Xixón ella me buscaba las vueltas y en su viaje, a veces podía olvidarme de ella y volar. Entregarme a la vida, otra vez niña sin prejuicios de cicatriz ni de oscuridad. Otra vez con la fe, como un barco sin destino apostando la música.

Todos estos días allá, yo convulsionaba desde la oscuridad de mi infra a la guitarra. Caminaba mordida por el éter. Entre un aullido desesperado y un baile de pielesrrojas. Los instantes de hoguera y amor, eran una catarsis que alargaba el deseo del poema y los orificios de árbol entre las ruinas.
Me despierto con algo de catarro. Todavía me siento fuera de lugar. Al haber estado tantos días lejos de mi soledad, he encontrado otra casa en mi casa, otra palabra buceándome la vuelta de la esquina. Albergué muchos sentimientos violentos y atormentados. Era el fuego de una perdición, tirando a matar por la última isla del amor. Cuando hicimos la hoguera en la playa, fuimos varias veces a buscar más leña, y cuando ya era muy tarde y habíamos bebido demasiado y dejábamos que el fuego se consumiera, me puse a cantar **"te podría cantar que esta quemándose el último leño del hogar, que soy muy pobre hoy, que por una sonrisa doy todo lo que soy, porque estoy solo y tengo miedo" Creo que esa canción desesperada resumía el lugar donde yo me encontraba. Había algo entre nuestro amor, asesinado del amor. Había una convulsión de mi fe entre las balaceas y precipicios. Estábamos juntos como un fado de whisky que se alejaba de algo muy lejano que rompía en mi pecho el multiplicar de la sal, el descender del olvido. Éramos como dos náufragos, heridos por el horizonte, vagando las luces de san telmo de una pisada hacia ninguna parte. Algo muy íntimo mío, se hallaba profundamente solo y etílico de un enjambre de calles incendiadas entre las bragas del mar que golpea. Nuestra pasión olía también a metralla. A un lugar muy cerca de la muerte. Un volcánico y desesperado placer de los que no tienen mundo. Una horfandad ebria y raspante que crujía todos los huesos en la luz noctámbula de un vino sin timón.

** https://www.youtube.com/watch?v=8aU3mvjTC7Y
Ha crecido mucho la hierba en una semana. El corral parece una selva. He ido un rato al monte con el perro. Nos volvimos a reconocer en esa intimidad de todo lo que no se posa. Han sido días violentos y hermosos. Yo arrastraba muchos abismos. Se hirvieron en el licor, se desbordaron, obligaron a que se pronunciara la proa. Fue una hervidera catártica de todo cuanto era mi vida. Esa misma sensación de indigencia de mi adolescencia. Rodeándose a veces sobre el equilibrio de los girasoles, a veces sobre la arista. Nuestra relación es atormentada, desengachada y combustible. Los dos somos solitarios y vamos a la deriva, con un corazón hecho mil pedazos bajo el charco de un piano. Eso nos convierte a veces en una noche cerrada con el perfume de la pesadilla desgranando la rosa.
Yo venía de extrañas metamorfosis en el aislamiento, de las ondas magnéticas de lo vaciado y lo ausente. Con el desencanto de los que no tienen mundo ni raíces. Al llegar a sus labios, ardió desde mi interior también mi tormenta, mi frío, mi fado. A su vez, él tenía sus propias guerras y en algún momento cruzaban la balacea y nos dejaban a los dos congelados colgados hacia el alud del cierzo, sin cuerdas, sin orillas.
Yo andaba febril de pólvora, mi ánimo cambiaba muy rápido y sangriento. Cruzaba de la fiesta al velorio, en dos tragos. Me mantenía a flote sostenida por un cráter de la luna, y adentro a ratos sentía una bestia retorcerse por la heroina. A veces salvábamos al amor y a la fe y las calles nos taconeaban el paso, pero a veces era la hambruna, la angustia, lo kamikace.
Yo tengo un relación muy maniaca con la escritura y la rareza. Y cuando me acaricia su alfabeto me convierto en la alergia, en el grito. Me cuesta mucho rato volver a sentirme humana. Y él también a veces se cierra. Y parece que estamos haciendo un viaje de hachís en la criminología de todo lo humano. Volcanizados por un silencio de pólvora y un desfalco del mar. Luego siempre ocurre algo que nos calienta el corazón y junta nuestras hogueras, y robamos por un rato el naipe a la muerte y volvemos a revivir y danzar.
Creo que para evitar esa sensación de la cucaracha de Kafka... yo no debo convivir demasiado rato con personas. Llegar, echar dos bailes e irme. Salvar así la música. No forzar demasiado la voz de lo oscuro. Mi forma de ser tiene un no sé qué clandestino y frágil. Una necesidad de pétalos de silencio y ausencia. La urgencia de desconectar todos los interruptores y dárselo todo a la mar. No mirar a nadie, no hablar con nadie. Porque mi sociabilidad es muy precaria. Porque el territorio de mi monstruo es muy ancho. Aunque sé que también al forzarme a interactuar con humanos durante más tiempo algo también se naturaliza en la brecha de mi inconsciente. Algo que genera la resistencia y la senda sobre el fuego luego conoce la música y crece el tacto que la moja.
El último amanecer a su lado, fue otra vez muy hermoso. Nos amamos. Me dejé caer entre sus dedos sin la suspicacia de mi tumba. Estábamos otra vez abiertos como niños sin hogar, como montañas bajo la bruma, como flores del trombón y el acantilado. Yo gocé la última ola enamorada. Y recuperé un poco la inocencia. Todos los otros días anteriores, todo era muy extremo, entre la tormenta de la soledad y los juegos animales. Algo en mí, estaba cerrado sobre el queroseno. Me despertaba en guerra, sin rozarlo, sin rodearlo con mis piernas, sin que me oyera respirar, sin que pudiera adivinarme. Estaba mordida por una lejana oscuridad, por una desconfianza de beleño. Pero esa última mañana, cerramos otra vez la persiana y abrimos una ventana en medio del desierto. Y corrieron otra vez los astros y el amor. Y volví a amarlo sin mi ejército de lobos ni mi hambre ni mi dique del adiós, ni mi hueso punzante sobre el viento. Y nos celebramos mil suspiros sin tiempo y sin mapa como si todo hubiera vuelto a nacer.
Creo que somos un poco alcohólico-depresivos,  atormentados por la siniestrasidad de la belleza y del abandono. Obsesivos del libar del mar y la cuchillada. Retorcidos viajantes sin tierra. Maniaco-anticontribuyentes.  Neuróticos buceadores de astros y hogueras. Siempre demasiado fríos o demasiado calientes. Demasiado blandos o demasiado rocosos. Con un manubrio de cuernos del fauno jodiéndonos las neuronas, el equilibrio, la fe.  Y éste insomnio, es la única almohada. Nacimos así, inadaptados, rotos, desacoplados.  Será así ya para siempre. Sólo, durante tres minutos y medio, puedo tomar tu vida, como mi casa, tu cuerpo, como mi hoguera, tus ojos, como los faros. Sólo durante un vaso, la vida tiene sentido. Luego rugirá el fuego, arderá todo. Sobre el viento y el precipicio, un diccionario muerto de hambre, soltará dados.
Hicimos taitantos kilómetros en bicicleta, hasta llegar a aquella playa aislada. El sol cayó sobre un lejano malecom y en su parpadeo, escuchaba viejas muertes, naipes del todo o nada, trenes convulsos de la isla exterminada. Tan cerca del apocalipsis, tan cerca del fuego. Tan mordida por el éter. Pero luego ocurrió el hechizo. Hicimos una hoguera en la playa. El fuego fue consumiendo en mis ojos, la prisa de mi cadáver, la mar tocaba el acordeón con venas de sirena ensangrentada en el poema que nace. Bebimos una botella y luego otra y otra. Mientras desnudos a la luz del fuego y de la mar, la eternidad nos rozaba la canción más hermosa. Rodamos por la arena. Cabalgamos como dos exclamaciones de dinamita y vapor. Y durante un vals, sentí un escalofrío chamánico penetrarme la mar y el fuego, como si volaran todos los suelos.............  Luego casi al amanecer, volvimos, seseando dueños de las calles sin héroes el ardor de la curva. Compramos otras dos botellas en una tienda 24 horas y en la Playa San Lorenzo, rodamos con la bicicleta, vencidos con sal en la piel, se murieron todos los mundos, mientras amarrados como el olvido, yacíamos otra vez a la hora en la que todo termina.
Fueron muchos instantes, algunos muy hermosos, andábamos por allí como dos suicidas peinados con tulipanes y con ginebra, dos atormentados que nunca lloran ni se quejan, dos vagabundos con astros y cerillas, dos náufragos sin nostalgia, dos proas sin horizonte quemando mezcal y tierra. Con la mochila y en bicicleta, buscando esa playa vacía, ese bosque escondido, ese lugar donde dejar caer la vergüenza y los años, tomar la penúltima y hablar de la muerte o de la vida, con la misma guitarra en la mano sucia y herida. Morder la luna en sus labios, retorcer en su sexo, la angustia y la luz, desfallecer otra vez pobre y desalmada el fuego. 
Siento que a veces los dos, hemos perdido, la fe. Y nos sostenemos el uno al otro, como papel de lija, como humo verde, como rocío. Como una estación absurda que no dará trago ni billete.
Recuerdo una tarde... desnudos, casi borrachos, entre una laguna escondida entre dunas y árboles..... que yo le hablaba muy seria de que mi destino es la soledad y la rareza, de que yo nací viuda y lo asumo, de que siempre me despertaré sola ante el camino que me llama como una bala..... nos amamos así en medio de la muerte.... luego dijo que nos fuéramos a tomar algo, yo le dije, yo quiero mucho whisky, quiero morir, él me agarró con sus piernas, me abrazó con todo su cuerpo, sostuvo mi rostro roto, en su pecho y me dijo que no me dejaría estar triste, que el whisky es para volar, no para morir. Ese instante calentó mi corazón como un batiscafo sobre las nubes. Luego nadé en la mar. Luego el whisky me llevó a puerto y su puerto por un instante en medio de la mar, borró todas mis muertes.
Llego al pueblo. Y ya siento la frecuencia del silencio, la suspensión del verde, el roncar de una máquina de escribir rompiendo la sima, mojando las vocales donde esa piedra vuelve a hablar. Fueron muchas emociones, arrebatos, islas y precipicios. Muchos tipos de música, con su licor, su rencor, su selva. Esa palabra que acaba en el sudor o en la arista. Mi subconsciente desbordado sin la contención de mi soledad. La belleza y la crueldad sin timón, sin hacer pie, sin asumir del todo el aullido de lo vivo. Las personas solitarias arrastramos siempre la huella desovada de la tiranía de la luna. El fuera de campo de algo que no existe y su omnipresencia en la boca. No estamos hechos del todo para vivir en la superficie ni para tolerar ciertos procesos sociales manteniendo la compostura. No nos adaptamos a los puntos suspensivos. Estar una semana entera fuera de mi guarida, me delira los nervios punzados de la noche sobre una irracional tormenta que retumba los esquejes también con la corvatura de un fin. Fue un mezcla volcánica de instantes antagónicos. A veces la pasión, el reencuentro, el fuego cósmico, a veces el retractarse del insecto, el detenerse del cuchillo sobre el suicidio de las flores. La metafísica de la neurosis, la monstruosidad de lo marginado. El temblar de barcos sobre los colmillos de la amapola. El fragor de un sorbo de astro entre las piernas de una playa. El pastoreo de penínsulas de marihuana, el punk de los huesos, el velorio de la uña. El síndrome del papel anocheciendo hasta el hielo mi tacto y mi sonido. Y un puerto rellenando los vasos. 

Ahora en el pueblo puedo sentir brotar la música del cubismo de aquél viaje. Cuando estaba allí, estaba mordida todo el tiempo por un tiburón. Hacia la entrega a veces, a veces hacia el sabotaje y despedida. Hacia el fado y la deriva de lo náufrago o hacia la cresta sin ley de la ola. Hacia la risa y hacia el crimen.

Las personas solitarias sufrimos cuando no está la nana de la soledad. Cuando la marea es demasiado viva, cuando no digerimos en el absoluto silencio el resplandor del crepúsculo. Ese sufrimiento estos días me abordó sobre una brecha que galopaba. Yo perdía el norte, los papeles, y mi sangre huracanada me enjambraba en secreto la verdad de la mandrágora, sus zarpas en mis senos, su rostro oscuro en mi espalda, su espanto, su fe, su beso.

Ahora vuelvo de a poco a mis montañas. La ausencia que ahora me rodea, me provoca el territorio, el nido. Lo que no oigo, me sopla peces. Las palabras que no tengo que decir en voz alta, me alientan el piano. Se restablece mi ritmo. Mi soliloquio. Sé que es malo para mí quedarme demasiado tiempo en mi soledad, pero es también muy peligroso quedarme a pelo en la superficie. Necesito un equilibrio. Un ir y volver. Algo menos agresivo. Salir un par de horas y volver a mi isla. Mantener un tránsito que permita mi escudo metafórico, mi lejanía. Que la exposición a lo humano sea más corta. Ahora tengo la sensación de haber estado en otro planeta. Es muy díficil para mí gestionar el reclamo del lenguaje del infra y de la escritura, en presencia de otros humanos. Es díficil convivir conmigo misma cuando no alimento el poema y la soledad que se requiere para restablecer en la psique el anacoluto. En mi naturaleza el estrago de la sociabilidad es infiel y tabernario y puede volverse una pesadilla para mí sino he dado de comer al conejo de Alicia.

Llego de Asturias con una explosión de sentires complejos y abruptos. Algunos instantes de éxtasis y amor y lujuria y sacramento de bosques y agua, estragos del insomnio de la cucaracha de Kafka, de lo maniaco-depresivo del doblar del hachís, del escudo del desierto, del naufragio, del hechizo de los cuervos de Van Gogh, de una caricia reviviendo a los muertos y de un cristal rompiendo del todo mi humanidad. Del exceso del vino y de las estrellas, en su malecón, en su tumba. De los versículos de Alfonsina y el ahogo. De los juegos de arena y mandriles. La angustia, la felicidad, el caos, la pérdida de la orientación, de la lucidez, el fuego de los nómadas, el reclamo del amor y su crematorio. 

Ahora necesito ir mojando la música. Tejiendo en mi isla. Dejar que corra el aire. Hablar con los chopos. Escribir todo eso que incendió mi entraña y darle su océano.
Tengo ya que ir dejando de escribir. Van a venir ellos a buscar al perro. A prestarme algo de parné. Tengo que ducharme, preparar la mochila. Estos días he estado en la relatividad de los cangrejos ermitaños chubasqueando las crestas de las olas y el expresionismo. Abstraida. Evanescente. Todavía tengo dentro la inercia de las cigarras. El desastre manifiesto. El ardor del caos. Ahora empiezo a temblarme hacia el cáñamo. A esconder mi esqueleto. A salir a la superficie del vino tinto. A abandonar el rastro de la escritura. A echarme al abordaje de lo desconocido. A la mar, hacia las islas del sexo, de los caminos y la dinamita, del amor de los tahúres, del teatro sanguíneo de los que vagabundean. Del vértigo de derretirme en su cuerpo. El vértigo de mirar sus ojos y arder de cubismo. El precipicio de mi ermitaña abandonada y expuesta como mezcal al tambor del océano y de la noche. El vértigo de volver a ser humana. De estremecer la locura y el canto. De tratar de que mis pies se mantengan un poco en el suelo. De que mis palabras sean leves, acuosas, vagabundas, enamoradas y absurdas. De que mis demonios sepan jugar a los naipes y a los bares del puerto. De que mi lobo no tenga malas pulgas, sólo pulgas tabernarias y marinas. De que mi timidez y mi extroversión, no me tomen en serio. De que la mar nos cabalgue. De que mis bichos no sepan escribir ni estén ansiosos por quedarse solos. Que abran su corazón y su hoguera. Que salgan del todo afuera. Que canten lo orgiástico. Que gruñan, que giman, que galopen, el fuego del corazón, de la erótica, de la pobreza, de la precariedad existencialista al licor de Diógenes y un mundo capitalista de mierda espantado de la tierra al celo de los tigres.
Llevaré un cuaderno. Necesito escribir por la mañana. Sino escribo me devora un agujero de gusano y ya no comprendo nada. Se disocia mi interior. Cuando trabajaba, hace ya tanto que tengo la sensación de que jamás trabajé, yo ponía el despertador muy pronto para escribir. En su casa yo salgo como un gorrión de la cama, me preparo café, y me voy al salón a escribir. Él se despierta mucho más tarde que yo.  Xana su perrita, se viene conmigo. Y cuida mi corazón. Yo suelo despertarme en contra. Hay un proceso interior por la mañana que siempre me posiciona en contra de los hechos y de mi misma. Sobretodo si tengo resaca. O si hemos ardido por la noche en un lugar del éter. O si yo he tenido sueños del retumbar del abismo. Por eso me es indispensable escribir por la mañana y no hablar ni ver a nadie en un rato. Para que el alma vuelva a entrarme en el cuerpo.
Ya ha subido el sol el monte. En dos horas sale el tren. Aún tengo que preparar la mochila, ducharme. Me siento como una neandertal a la que van enseñarle el descubrimiento de la rueda. Cuando se viven largos periodos de aislamiento, se vuelve una aventura de la ostia, tomar una cerveza en un bar. Hablar con el revisor del tren. Que una mano te baje la ropa. Que una ola nos encame un plural. Preparar con alguien un puchero. Hablar de salamandras o de piedras o de ruinas o de esperanzas, hablar. Mirar otros ojos. Compartir una realidad común. Yo hoy siento que voy hacia un mundo desconocido. Que mi casa arde. Salir de la cueva para mí es como un viaje de ayahuaska. Algo que puede acabar en el infierno o en el paraiso. Ir a un mundo del que apenas sé nada. Sostenida por una hoguera flotante, evanescente, taciturna, borracha.
He tenido sueños angustiantes. Y me despierto nerviosa. Tal vez me inquieta algo el viaje. Creo que el exceso de aislamiento genera fantasmas. Algo que no desarrolla lo emotivo ni lo vital, ni la palabra. Procesos extraños del subconsciente y el aullido.  Eran sueños que me provocaban angustia, una piedra que sangraba, algo que levantaba la hierba. Eran imágenes aisladas que pertenecían a la naturaleza pero que rompían mis nervios. Ahora busco las palabras. Ya cantan los pájaros. Tengo aún que preparar las cosas para el viaje. Recuerdo que otras veces que fui allí, iba enamorada. Ahora voy cerca de un lobo negro. Voy también al tambor de hachís y escepticismo de callejón en las caderas. He estado la de dios de tiempo sola en el pueblo. Siento una especie de alergia de cumbres en mi piel. Algo esquivo. Algo con mandrágora hervida. Algo que me echa afuera un magnetismo que repele. Unas vibraciones de caverna con bestias dentro. Creo que mi enfermedad es la metafísica. Mi locura, es la metafísica. Mi psicosis empezó leyendo el Pesa-Nervios de Artaud. Lo leía con hachís. Entraba a una especie de inconsciente colectivo a través de una empatía radical con sus palabras. Entraba en el abajo de fuego de sus metáforas. Y empezaba a acceder a un viaje por estados de conciencia. Donde las capas donde surgen las palabras, pertenecían a una especie de superficie y abajo había una ley telúrica que llevaba a lo infinito. Empecé a escribir cientos de notas, entre sus versos, sobre ese fuego abstracto para recordar el mapa de lo evanescente. Recuerdo que una vez, estaba leyéndolo en la piscina y unas amigas me interrumpieron y yo me puse violenta con ellas para que se alejaran. Esa meta-existencia fue el producto de mi locura. Primero empezó con libros y escritos. Luego lo desarrollé con toda la gente que me rodeaba, con todas las conversaciones. Me volví un extraterrestre. Estaba obsesionada por el fuego abstracto. Cambió radicalmente mi forma de ser. Dejé de ser espontánea y perteneciente a los mundos sociales y afectivos. Mi radar, mis sentidos, estaban embrujados y obsesionados por el inconsciente. El hachís cada vez me llevaba más lejos. Tardé muchos años en volver. Abrí puertas sobre el infierno, más allá del abismo. Abrí lugares donde la vida era una enfermedad. Recorrí todos los mundos de la locura. Conocí como escribió Artaud "la angustia que vuelve locos, la angustia que nos hace suicidas". Y algo de todo aquello, a veces es una sombra que aún me invoca.  Algo en mí de vez en cuando empieza a oler a lobo negro. Y mira a la gente y a lo que me rodea, con esa extraña guerra de lo inconsciente. Con un precipicio en mi pecho soplando buitres y tramontana, como un cuchillo que reza a la gota insolubre de sangre. Algo de eso también surge hacia Yoseba, y hacia todos. Algo en el fondo de mi visceralidad, a la hora de los cuervos, me vuelve un monstruo incapaz a amar y a tolerar el amor. Porque mi locura sigue siendo la metafísica. Esas preguntas que nunca deben hacerse. Esos umbrales que no deben cruzarse. Ese espacio de vacío que no debe ponerse entre dos palabras. Ese animal que no debe abrir los ojos, en los ojos de un humano. Ese doblar del inframundo que no debe invadir el espacio entre el tú y el yo.  Esa abajo de mi abajo, que tiene que estar abajo cuando yo juego en la superficie y no colocarse en mis hombros como una bestia. Mi locura siempre ha sido la misma locura. Mi locura, fue la sed del humus, de la verdad, del magma. Mi locura fue entrar a los lugares que jamás darían una respuesta y robar algo de los árboles de hielo y de vapor. Hay lugares que no se pueden conocer. Hay otros lugares ocultos que se pueden vivir y vibrar en su desconocido el estremecimiento del humus. Pero hay otros en lo inefable que están demasiado lejos de nuestra capacidad humana de percepción, osar algo de ellos, es volverse loco.  Hay preguntas que no tienen respuesta. Escribir su respuesta, codiciar su respuesta, a veces es volverse loco.
Me cuesta separarme de Kav, aunque él estará bien y lo cuidarán. Pero siento que sin él, algo mío me falta. Paso las 24 horas del día con él. Todo el rato está su presencia velando las grietas de mi corazón, su vibración de montaña y de océano, su mantra de selva, su manera de reír, su camino. Él es el único que está presente en mi soliloquio e interfiere conmigo. Porque mi soliloquio cuando hay seres humanos muta y ya es otro. Sólo el perro conoce mi soledad.
Ha empezado a llover a chaparrón. Relincha el pájaro carpintero. El verde grita la vida.  Yo ardo sobre una exclamación de mezcal y salitre. Un sueño de gaviota. Un puerto de ruinas golpeándose en la luna. Un canto molotov desde el fuego de las cavernas pariendo montañas y animales, al asustado corazón de las soledades que truenan vidríos y mandrágoras en un soplo de sirena. Deseo bañarme en la mar. Explotar el secreto de mi hueso y encender lumbre con la sombra. Retorcerme de placer y de selvas, no guardar en el papel el poema, romperlo en mi pecho y echarlo al abordaje. Sin llevar ningún timón ni pedir nada de vuelta. Sin ensuciar el viento con mis prejuicios racionales, ni mis prejuicios poéticos, ni empíricos, ni de alcantarilla y cicatriz, ni de condición humana, ni de la mierda de la cultura, ni de ningún fin ni medio. Bajar al humus y orgiastiarme del azar y de lo desconocido. Comprometer el magma hacia el crecimiento del magma. Y que sea lo que sea, que sea con todos los huesos y la sangre.
Él y yo, empezamos hablando con los cuerpos y con sus animales. Las palabras sólo eran producto del hastío y del disimulo. Un inconveniente. Un tropiezo. Un error cualquiera. Una distancia irremediable entre nosotros. Un mutuo prejuicio. Un motivo para la guerra. En cambio nuestros cuerpos sí saben amarse, descifrarse, guiarse hacia el magma y el éxtasis, contenerse, golpearse, sumergirse, crepitarse y volar, morir y renacer, explotar, cantar, arder.. 
Las palabras entre nosotros siguen siendo un motín y un teatro. Por eso no nos hacemos caso entre las palabras. Las utilizamos por la inercia de haber sido sociabilizados. Pero ellas no nos desnudan y nos entregan. Ellas nos disfrazan y nos posicionan a cada cuál en celo con sus lobos. Ellas no sirven para comprendernos, sino para descomprendernos, no sirven para acercarnos, sino para separarnos. Lo que a nosotros nos une, es el diccionario de los cuerpos, del fuego de la luna, del ardor del abstracto, lo salvaje.  Entre las palabras somos dos animales de distintas especies.  Pero en el fuego, los dos somos fuego que retumba el Infinito.
Hay ambiente eléctrico en la atmósfera. Luego haré la mochila. Llevaré también la bicicleta. Porque hay un bosque y un río muy bello saliendo de Xixón. Y por la noche queremos ir a unos acantilados. Alguna vez nos amamos en ellos. Él me dejó una bicicleta muy chica. Y prefiero llevar la mía. Es bonito cruzar calles vacías por la noche en bicicleta. Es bonito quemar su manillar en una sirena varada. Es bonito fingir que nos amamos de veras y que todo el universo se muere en el gemido y entre los peces. Mirarnos a los ojos, escribir ginebra al agujero del horizonte. Darnos todo el corazón, como si fuera que no lo tuviera ya la luna y no hubiera ni modo. Es bonito tambalearme en su cuerpo para que no me trague la ley de gravedad y me rompa en pedazos el suelo. Contarle mentiras de marsupial y creerme las suyas con la misma veracidad. Sabernos un error cualquiera, en el lugar apropiado, con el vino preciso para no escatimar en gastos ni en huesos rotos. Enloquecernos por locuras ajenas que no hacen casa en nuestro plural, pero pagan la ronda. Porque no es él, no soy yo. Es el fuego. Nos engañamos para que luzca ahí arriba, aquí abajo. Nos amarramos su vals entre las piernas y tropezamos erráticamente con nosotros que sólo somos unos indigentes sin porvenir y malas pulgas rascándonos perros encima de la luna.
Ha empezado a tronar. Se cubrió todo el cielo. Yo estoy entrando en celo. Empezó a ocurrirme en mi ciclo de luna. Una sensación de fotosíntesis de belladona. De ansia de vino tinto. De constelaciones retumbando en el fondo del hueso. Donde un animal relincha y aulla. Nadie habla por ahí del celo de los humanos, lo dejan como algo exclusivo del reino animal. Pero los humanos también lo tenemos. Yo no conozco los mecanismos de los otros humanos, porque no suelen hablar sobre ellos y también porque no hablo con casi nadie. Pero conozco los míos. Yo me suelo poner violenta, me acaricia otra musa en la poesía y en el fondo de mi soliloquio me retumba Marte. Cambia la química de mi etereidad. Cambia la canción de fondo de mi abstracción y mi relación con la naturaleza. Algo muy sutil e inefable, me clava adentro el licor que se bebía Diógenes. Y me hago más vaporosa y hambrienta y sanguínea. Empiezo a buscar el fuego del dadá. Empieza a abrirme cauce una catarsis. Un instinto de fuego. Una rabia contra la civilización y el existencialismo y la metafísica. Empiezo a beber más alcohol. A comer menos. A abrir más los ojos. Y a caminar sintiendo que llevo adentro una jauría.
En mi pasado yo vivía en la literatura y la utopía y pasión de la distancia en el ojo de buey de un sapo alucinógeno. Mantenía relaciones virtuales, a través de la poesía y la confidencia de la cucaracha de Kafka. Un arrebato etéreo, contra la hechura. Yo tenía diferentes mundos separados entre sí.. donde desarrollaba mi psique y mi emoción. Tenía ciertos colegas de carne y hueso. Y otros, los que más amaba... que eran de mi pasión quijote y literaria. En esos mundos líricos desarrollé un tipo de enamoramiento y confidencialidad que no eran viables en la tierra. Y que tampoco se ajustaban a mi naturaleza animal. Eran la utopía del poema. Pura milonga de sangre y hueso. Para mí eran muy importantes y sagrados. Pero eran una antorcha en la polilla, queroseno, humo, droga, quimera. Como también eran teatro los de carne y hueso. La sombra de esos amores me arrancó una costilla. Y yo quedé prendida del Fauno y del dadá y del fuera de campo y del ardor de la lejanía.

En realidad mi yo de andar por casa, no ama, como ama mi poesía del amor. Esa poesía del amor, era un hongo de Alicia. Que ocurrió en un mundo intangible que jamás conoció mi piel. Y sin embargo, algo en mí, aún busca el amor, en ese lugar imposible. Que no existe ni existirá.

Porque mi yo de calle y vino tinto. No es romántico. No es fiel. No se casa con nadie. Es hijo de la monstruosidad. Es un bichito sin manada. Es un tomatal en la azotea del manicomio. Es un ciervo volador en una hoja de datura. Es una desgracia como otra cualquiera. Mi yo de andar por la calle, es un cúmulo de embustes provocados por el secreto del éter. Es una cascada de fealdad riendo a carcajadas con los dientes comidos por el caballo en medio de las ruinas y el sueño del apocalipsis. En mi ser mundano, yo soy viuda de nacimiento. Yo tengo alergia de medusa y de fransquestein al amor. He escrito cientos de cartas de amor, de héroes y pirómanos, de monjas portuguesas, de sensiblerías de mar blanco, de suspiros de semen de dios. Las he escrito sangrándolas por todos mis poros, viviéndolas en la tiranía de la alucinación de Alicia. Pero mi yo mundano jamás ha escrito un verso. Mi yo mundano huele a perro y ladra. No cuenta cuentos al oido. Mi yo mundano, es un hombre y una mujer y un lobo y un caracol y una mariquita y un agujero negro y un barco de ginebra.

yo fea

La casa está hecha un caos. Hoy la limpiaré un poco porque mañana cojo el tren. Tengo muchos nudos en mi pelo que también me pondré a desenredar. Me quitaré los harapos y buscaré ropa bonita. Como una cabaretista del burdel. Me vestiré para la ocasión. En el fondo ese rito social, es una hipocresía y una prostitución. Es un juego de apariencias. Nacido de una tiranía cultural, de un prejuicio, de un patriarcado, de un gobierno exterior, de un molde, del limar de la caja de madera.  El hábitat natural de nuestro cuerpo es otro que nunca se ajusta a la sociedad, tiene su propio y ritmo y lujuria y fuego anarquista. No se adapta ni al rol de géneros, ni a la educación y moral consensuada por otros que albergan el poder.  La libertad de los cuerpos es maltratada por el capitalismo. Es depilada, legislada, puesta a dieta, condenada a la represión y al hambre, por el inconsciente colectivo de una inquisidora belleza y ética de consumo.
Yo he sido un cuerpo fransquesteizado. Mi gordura, mi bigote, mis pelos de lobo, mi sentarme con las piernas abiertas, mi escupir, mi olor a perro y a hierba. La fealdad no es innata a nuestro cuerpo. Es un agente cultural. La fealdad y la belleza no existe en la naturaleza. La naturaleza es salvaje y libre y mucho más profunda. Pero el agente cultural nos domestica y nos encuadra . Cuando yo era niña, fui señalada por otros como un monstruo y yo me subí a los hombros del monstruo y empecé a oler a monstruo. Yo no gustaba a los niños, yo no gustaba a las niñas, yo gustaba al mar y a los bichos. Yo era demasiado fea. Y empecé a creerme cada vez más fea. Nadie me regalaba flores. Nadie me besaba. Nadie moría por mí. La fealdad fue un estigma. Mi monstruo era mi mejor amigo, mi único verdadero amigo. Cuando eres niñx, eres mucho más vulnerable. Cuando a un niño le marginan por ser lo que es, le condenan por ser lo que es. Ese niño siempre será feo. Las capas del inconsciente que lo señalan como un piojoso, siempre se quedarán en la blandura del cerebro. Y entonces habrá que llevar la fealdad como un carro de combate. 
Mi relación con la fealdad sigue todavía en mí. Mi subconsciente me sigue enviando lo que en mi infancia me causaba sufrimiento a través de los ojos de otros humanos, aunque de otra manera. Mi monstruo sigue a mi lado. Ahora me la pela casi siempre. Pero de alguna manera, el amor nunca me llega por la noción arrebatada del amor social de mi infancia.. Yo he sido su enfermedad, su callejón, su fango. Yo he crecido sin el amor. Mi idea del amor es un aquelarre de lobos psicóticos y de brujas que follan con satanás. Es una catarsis de monstruos, de marginados, de esquizoides duendes de la gasolina. De lujuria y de vuelos de absenta de un hoguera cósmica. De ritos animales y obsesos por el Fauno y la Luna. 
Yo siempre seré un monstruo. Porque en el desarrollo de mi conciencia en la infancia y en la adolescencia, elegí el camino del monstruo y toda la gente que nunca me besó, desarrolló empíricamente el fuego del monstruo. 
Por eso yo he tocar el punto G del monstruo. Beber su whisky. Echar su baile de carne fuera del esqueleto. Su gruñido. Su olor a perro. Su amor animal. Su anticivismo. Porque esa es mi erótica y mi sensualidad. Yo no soy femenina. No soy novia de un ser humano. No soy seducción. No soy objeto de deseo. Lo que me da gozo y libertad, es mi monstruo ebrio de orgasmo y de anarquía. Mi lujuria de alienígena. Mi fealdad liberada. Mi destierro al vuelo chamánico de los anacolutos.
Por las noches, a veces siento a los muertos. Es algo extraño que ya me ha pasado varias veces, primero noto un estado de alarma inconsciente, como un arrebato que me llega como un crujido de energía en mi oido. Y después suena durante un par de segundos el agua del radiador. Pero la calefacción está apagada.  También a veces después del crujido de alarma, se oye un interruptor como si alguien encendiera la luz. Cuando suele ocurrir eso, yo ya estoy medio durmiéndome, en un soliloquio de mandrágora y de cartón. Eso me espeluzna un poco la piel y la sensación de la existencia. Y yo me quedo remando en un mar de niebla hasta que me duermo. Los sonidos siempre suelen llegar en una frecuencia similar de mi soliloquio. Cuando estoy tocando ciertos lugares de lo abstracto. Eso hace que me llegue como una sincronía y que me espeluzne aún más.

Me acostumbro a convivir con el cuervo de Poe y con lo extraño. Hay algo en mi relación con lo inefable que siempre está colgado por una tripa de fuego. Una especie de ley inconsciente e incendiada. Que tal vez se quedó en mí por la datura. Cuando estoy en la naturaleza también me pasa, cuando veo cierto escarabajo, cuando mi subconsciente se abre al cruzar por un zarzal y de pronto me viene una visión, un recuerdo indecible, un aullido. También me ocurre hacia la alegría. Cuando en cierto momento de mi instrospección cruza una cigüeña o salta una trucha, o sale el sol entre las nubes, o me azota el viento o me viene una visión o una regresión del alma y del fuego del corazón.

Ese tipo de alambradas oceánicas. Es parte de lo que me rige. Ese hilo invisible y cubista, con el estremecimiento a través de lo más abstracto es lo que me provoca el verbo y la visceralidad. Es una hipersensibilidad de la que yo no puedo escapar. Son las gafas de Alicia y su jeringuilla y manos en el mar. A veces puede llevarme al infierno y a veces al paraiso. Es un radar telepático de lluvia y de volcán. Es una relación profunda con lo inconsciente. Y cierta zona de la conciencia que interactua con lo exterior como una alfombra mágica y como un río de fuego.

En esos límites, vive el ardor psicótico.

Yo siempre que he entrado en la hoguera psicótica ha sido cuando me he quedado a vivir en lo inefable. Cuando he abierto mis poros y mis tímpanos y mi sonido y mi huella, en esa frontera del éter. Cuando he querido avanzar mucho más allí dentro. Cuando me quedé sostenida por mi cordón umbilical de dinamita y vaho. Eso provoca mucho placer y amor interno. Porque todo empieza a cuajar adentro. Es algo orgiástico porque el alma respira y vuela. Porque su zona oculta, ya no es oculta. Porque la relación con la música de la muerte y de lo desconocido, del humus, se hace empírica y navegable. Porque ya no hay represión. Porque todo se puede cantar. Porque desaparece el miedo y la censura psíquica. Cuando he entrado en ese lugar, mi poesía, ya no era poesía, era una realidad totalitaria. Mis metáforas estaban vivas. El inconsciente que las había hecho nacer, subía a la superficie y era mi casa y mi barco.  Todos los resquicios de mi psique, se movían y retumbaban un orgiástico vuelo. Se ponía delante lo que la cicatriz guardaba tras su espalda. La sombra ya no era maldita, era un laboratorio para echar duende y exorcizarse en la belleza del Sol.
Soñaba una presión. Algo que trataba de desvelar el lenguaje del corazón, pero que rozaba un abismo. Me desperté con la sensación de que estoy metiéndome en líos. Anoche estaba muy desvelada e inquieta, tenía una sensación cafeínica de adrenalina en medio de ninguna parte. Ahora busco las palabras. Creo que la explosión que se busca en mi interior, necesita algo más profundo que los excesos del cuerpo y del grito. Algo más entrañado al lenguaje y al hueso. Algo que se incendie en la profundidad de la mar. El viaje a Xixón, de alguna forma me llega como un baile del hedonismo. Pero eso también es peligroso si me hace perder el rumbo, que por otro lado, no veo por ningún sitio. Mis cambios psíquicos son a veces irracionales. Sé que hay en mí, una sima psicótica. Un anacoluto antitemporal. Una patinada de cumbres y de espinos. Ciertos procesos que me llegan mordidos desde un murciélago. Y que no son muy compartibles con los humanos. Porque el lugar que los hizo nacer, no se ajusta a un hecho concreto ni a la lógica de la hechura. Es sano exteriorizar los ritos del desasosiego. Alguna vez tuve muchos colegas que tenían también procesos psicóticos. Y hacíamos milicia. Compartíamos lo indecible, lo extraño. Y ya no era algo aislado. Era algo que abría cauces y provocaba defensa y resistencia. Nos comprendíamos desde el fuego del abismo de lo extraño. Y nos acompáñabamos. No nos sentíamos unos monstruos desterrados de la condición humana. Reconocíamos en el otro, el laberinto del fauno interior. Y sacábamos afuera, la creatividad conjunta, del aguantar el duelo con el demonio y abrir camino hacia la mar.

Ahora ya no los veo casi. Y esos procesos del libar del insecto que a veces me embargan, los expreso sólo con la escritura. No hay un reconocimiento verbal de mi rareza, de mi soliloquio, con otras personas. Y eso de alguna forma hace que mi soledad sea oscura. Hace que haya algo en mi interior que se mantenga velado, en secreto, en teatro. Un autismo acorazado. Un diccionario independiente. Algo que siempre está solo.  Porque hay una extraña ley surrealista que me rige. Me rige el abajo del abajo y su luz de queroseno. Me rige la pintura de dinamita. El tango de luces de san telmo. Los maizales de Van Gogh. Una brecha en el horizonte. Una hoguera del canto abstracto. El danzar fantasmagórico de una sombra partiendo leña. No me rige la realidad exterior. No me direcciona lo social. Lo externo me llega como una atmósfera de un teatro sólo para locos, como un collage de amanita y tierra seca. Como fotografías, alfileres y neumáticos en llamas. Mi relación con la existencia es visceral de un rareza y una lejanía. Por eso muchas veces en presencia de humanos, un cierzo congelado me enfría los labios y me ausento, un viaje a la luna, subida en un esqueleto de buitre. Por eso a veces me arrebatan desesperanzas y nostalgias alienígenas y deconstruidas de mi historia y de la tierra. Por eso a veces, me pongo lunática con el whisky y con el anacoluto. Con el agujero de rata de la civilización. Con una canción que parece que busca mi muerte y me llena de fuego y de olvido. Por eso me es muy díficil sentirme de tú a tú, con una persona. Sólo con los locos me he sentido libre. Porque ellos también se metieron hasta el extremo en el fuego de su rareza. Y cuando alguien baja al inframundo. Pierde muchos prejuicios y recupera la mirada de asombro del venado y del niño. Viaja con su propia bicicleta hecha a mano en la sinergia y cubismo. Y la gente que ha sufrido ese tipo de abismos, es mucho más humana y tiene una capacidad de amar cercana a los dioses y a los árboles. Tiene un código ácrata y surrealista en la comunicación. Algo que se hace innato al haber volado por los aires y desintegrado los huesos. Algo que no se ajusta a la cultura y sus racismos y homofobias. Algo auténtico. Pegado siempre al lenguaje del alma. Con una hipersensibilidad de duendes y de montañas.
Tuvimos una conversación erótica. Nos subimos las ganas. El fuego del encuentro. Con juegos de poesía y de taberna. Me dijo que me llevaría a una playa desierta. Eso me gusta mucho. Volar con el salitre en la piel. Con el frío del cantábrico en la lumbre de la desnudez. Después de salir de la mar, ya no se es el que entró. La mar es catártica. Yacer a sus pies o dentro de ella, es volar mucho más profundo. Es raro lo que hay entre nosotros. Tenemos pasión sexual. Camaradería de dos animales vagabundos. Ternura de polillas y de venados. Pero no somos amantes en las nociones de los amantes. Somos más bien corazones hambrientos que deambulan el rizoma extravagante de los que no tienen casa ni país.  Nos damos placer y frío. Nos damos selva y desierto. Nos damos una brecha. Nos imamanta el sexo. Nos hechiza. Nos junta. Nos subyace hacia la órbita de una estrella fugaz. Sólo actúamos como amantes cuando nos acostamos juntos. El resto del tiempo, somos de mono a mono, un atropello en una ciudad maldita, un grito de absenta en el naufragio. Un rito de bestias amansadas por la música. Tenemos intenciones distintas sobre el ardor del caos. Formas distintas de hablar con la muerte y con el horizonte. Una idea del amor que los dos buscamos en otro sitio, donde quizás nunca se llega del todo. Yo me emborracho a su lado, y lo tomo como la pared y el suelo que sujeta mi desequilibrio. Bebo hasta la inconsciencia el hambre de las bestias. Y él es lo más parecido al amor. Pero nunca es lo que yo quiero que sea. Es siempre un poema de nadie. Un vagabundo entrando y saliendo de los trenes. Mezclándose en mi vagina como el LSD y deshaciéndose a la vuelta de la esquina como un extranjero contrabandista de un camino de llamas que no agarraré a mi cadera. El sexo nos hace creer en el acceso a la destrucción del tiempo y del espacio de su arrebato que por un rato hemos vuelto a nuestra casa. Y nos utilizamos mutuamente como una marmita mágica y como un vuelo de peyote. Pero en el fondo, cada cuál se acuesta con su estrella. Cada cuál echa el gemido a su océano y se desvanece y renace y vuelve a morir y a renacer, en su propio éter. A mí me recuerda a mis colegas de la adolescencia que me tomaban en sus reuniones como un hombre más y nunca me trataban como mujer. Yo bebía hasta tumbarlos, cuando tenían miedo a la policía yo iba a buscar la lanza del pielrroja. Gritaba más alto. Conocía la muerte. Y era una suicida sin humanidad relinchando en el queroseno de mi corazón la órbita ácrata del fauno.  Para mí Yoseba es como ellos, en medio de una taberna comunista libertaria. Donde el humo nos hace pangea. La única diferencia es que nos acostamos juntos. Y tenemos ciertos ritos profanos y sin ley, que en el juego del sexo, nos hacen yin y yan, seducción, felino y felina, naturaleza.  Pero es algo puramente físico y químico. Es una danza del deseo y todos sus escondrijos y suburbios, liberados, sostenidos por el fuego que les da vida y los ahoga, en ese ave fenix del orgasmo. El orgasmo es también un soplo desde el útero de la muerte. Nosotros estamos enganchados por el tambor de la muerte, por su placer y por su ritmo. Pero después, bailamos siempre separados y corriendo el aire.
Alguna vez, me ahogué en la mar, persiguiendo un poema.  Me levanté arrodillada desde las patas de los lobos, sobre un grito. Y la mar ya no pedía cuentas. Y las heridas ya no llevaban nombres ni memorias. Me agitó la ceniza y el fuego. Otro camino, siempre fue el camino. Hoy tirito la mandrágora al aullar de la pobreza de mis huesos. Rompo el equipaje. Rompo la singladura del suelo y del papel. 
Ya no defiendo la obra.
Corro su vapor y su agua, su brasa, su olvido, su desecho. Vibro. El drama y el carnaval, usan el mismo pellejo. Ahí afuera huele a zoológico. Ahí afuera nos toman la medida para la caja de madera. Ahí afuera, se puede también romper la maquinaria. Ser a viva voz la sangre y el grito. Tomar las caderas de la vida y exprimir su viaje y redoblar el barco de las siete cabezas, en tu esquina bisiesta que no pude calentar jamás la mano del muerto. Hay un motivo para juntar la gasolina con el ayuntamiento, el corazón y la revuelta, el sueño de marte con la tierra. No caigas en la cuenta. No sumes lágrimas ni pozos. No dejes de mover la cadera. Que nadie firme. Que nadie ponga puerta ni ley. Que nadie diga ni tuyo ni mío.
Mañana o pasado iré a Xixón. Aún no me he decidido. Cada vez me cuesta más pensar en el futuro. Vivo como el barro en las patas de las vacas. Como el río. Me fumo un silencio que da diez vueltas alrededor de los pielesrrojas. Me escupe la flor del beleño. Me desarma. Me dubitativa sobre la onomatopeya de un cangrejo. Me ronca marihuana al desértico crecer de una bota debajo del fango.
Tengo ganas de chubasquearme de las ganas. De sexo, de vino tinto, de arena mojada, de ola sin sombra, de amapolas del delirio, de calles desoladas, de cicatrices sin letra, de fuego contra todo lo mío. De abrir mis piernas como un eclipse. De abrir mi corazón, como todo lo que no tiene el mendigo. De borbotearme en una canción cualquiera, en un hombre cualquiera, en una calle cualquiera y aullar magma. Sin fingir ya que es por ti. Sé que en el fondo lo que deseo, es al fuego. Tú sólo pasas por aquí, tienes cerillas, ruinas, hambre, polvo, sangre. Como yo. Como yo, hacia ningún sitio, con todas las constelaciones en las venas, sin certeza, sin porvenir, sin nada a lo que aferrarnos sino al canto del caos y de la luna. 
Abandoné el camino de la mística, de la verdad, de la casa, del camino. Por empirismo. Por lógica imponderable del anacoluto.  Porque tropecé mil veces en la piedra que cagó un rinoceronte y perdí toda mi empresa. Y como un rebuzno recogí mil veces la mierda y levanté otra vez mi castillo. Y otras mil veces, el sapo me comió el techo y la última razón que me quedaba. 
Ahora soy pragmática.
Cedo al fuego del universo.
Suelto a mi asno. Le devuelvo al monte. Le dejo de una vez tranquilo, no le obstino ya más con mi viga atragantada en la puerta.
Quemo la puerta, la viga, las rosas muertas de mi obstinación.
Y me quedo a pachas con el caos y con la hoguera. 
Me echo un baile, un trago, un viacrucis de niebla, una guitarra escacharrada, un bicho peludo hecho una bola saltando de tejado en tejado. Me quedo en paz con mi guerra, con la locura, con la duda, con la rechingada, con el salto mortal de lo incomprensible. 
Me aflojo al baile de lo arrítmico.
Rompo la noción, el tiempo, el futuro, el pasado. Me desengaño de mis desengaños. Y brindo por la vida.
Quiero emborracharme de aire, de mar, de sexo, de taberna, de trapos sucios, de agujeros de gusano, de teorías que no se cumplen, de morales que se meten por el culo de un carnero y embisten un puercoespín sobre el piano y se cae una catedral y la vieja del rosario pierde el juicio y la dentadura postiza y llueve hacia arriba un cocodrilo y la rechingada del mundo se rechinga y sube la adrenalina y baja muerto el sacristán y la rata engorda y el cielo cava y se equivoca la paloma y donde vimos una civilización, vemos heces de la golondrina que se perdió para siempre cuando cantaste "volverán las oscuras golondrinas" Y salió por tangente el rabo y la sepultura. Y yo ya estaba demasiado borracha para recordar que eras un ser humano y que esa mierda se llamaba país. Tomé gato por liebre. Y acerté al fin.
Suena esa canción que bailaba amarrada a A. Borrachos por las calles que ya no tenían amor ni locura. Desamortizados por los años y por el flujo económico, salimos por suerte, inválidos del sistema, deficientes, retorcidos, monstruosos, con conexiones neuronales anti-retribuyentes, con creencias de rata verde, con maneras de deshollinador salpicando la salpicadura con un óxido muy lejano que antes hacía llorar a mamá. Éramos por fortuna unos enfermos. Éramos una lluvia de sapos que no servía para nada. Nadie nos adaptó al calor de su chimenea. Nadie nos quiso como nuera, ni como mujer, ni como obrera, ni como ejemplo, ni como cordialidad. Nadie nos quiso como testigo, ni como reproducción de la especie, ni como cotizar a hacienda, ni como futuro, ni como palabra, ni como doy fe, ni como camino, ni como hogar. Éramos un virus en rebeldía. Un callejón sin salida. La quinta pata del gato. El robo. El esperpento follando con el piano. La puta. La traidora. La mendiga. La embustera. La marimacho de la hemarfrodita pandemia del agujero. Éramos un roto sin descosido. Un error de la naturaleza. El antirazonamiento. El anti-pais. La antifamilia. Éramos el prejuicio. Los señalados, los defecados, los destazados, los anti-reciclabes, cuerpos amorfos sin tierra y sin manada. No servíamos ni para ser unos locos. No servíamos ni para que engordara el ego patriótico del psiquiatra, ni para hacer caja en las multinacionales farmacéuticas. No servíamos ni para que hiciera una teoría la ciencia y nuestro psiquiatra moviera contento el rabo y se le pusiera dura. Éramos unas garrapatas del anacoluto. Un estorbo. Allá dónde fuéramos, éramos un error geográfico.
Hacer lo que dé la gana.
Sin miedo. Sin manuales. Sin cortaincendios. Sin agendas.
Liberar al monstruo del armario.
Liberar los rencores, las cerillas, los amores, los perros, los nocturnos desastres de haberse tropezado con la víscera y no hallar ni cultura ni tierra donde echar afuera el fuego, pero sacarlo.
Escupir sin sorber, al rostro de la infamia, a la pared, al policía.
Doblar las campanas sólo hacia la luna. 
No guardar la compostura.
No guardar nada adentro.
Ser reflejo de la bestia que somos y que siempre desobedecida planea un mundo mucho más lejano.
Ser su suburbio, su escombrera, su paraiso, su fiesta, su hora zorra, su llanto, su risa, todas las vidas.
Ser la bofetada torcida. El tropezón. La queja. El agujero. Ser sin mesura. También lo roto. Ser imperfectos atormentados de las estrellas.  Ser arrogantes lágrimas de dinamita. Pequeñas motas de polvo en los tulipanes y en los lagos. Ser un error pluscuamperfecto. Ser sin que nada ni nadie, venga a contener, ni a adiestrar, ni a mejorar, ni a lavar, ni a remendar. Ya no quiero llegar a ningún cielo. Yo me quedo aquí, como el alcoholismo de mi viejo. Yo me quedo, con los que nunca encontraron el camino del zen, ni de las cuentas corrientes, ni de las razones, ni de ninguna gloria ni porvenir. Yo me quedo con los zarrapastrosos cantaores de la deriva que no cumulgan jamás con los bienes capitalistas ni con acuerdo de más de uno. Yo me quedo hablando con un conejo de cartón, como ese compadre del manicomio que no cruzó la puerta de salida, ni de la salud, ni de la civilización, pero que lleva todo el universo como un huracán por sus venas contaminadas por la mierda de la industria farmacéutica. Me quedo con el aullido que el suicida sangra sobre los pájaros. Con las ganas de los que ya no tienen nada, ni reparos, ni vergüenza, ni educación, ni miedo, ni axiomas, ni biblias, ni templos, ni favores, ni embargos.
Estuve en el monte. Ahora el café. El canto del cuco. La danza de las salgueiras con esos tonos que ahora son amarillos. El soplido de un animal enterrado que levanta sacadas de tierra con el alfabeto de su hueso.  Caminé lejos. Tuve la sensación de reencontrarme con los montes que vi con la datura. El crepitar inefable de una telaraña abriéndose en lo desconocido, con un estado de alarma y a la vez de deslizamiento. Algo en mí ya no buscaba. Ya no ordenaba. Ya no quería hacer poesía ni curar ni amortizar ni amortiguar, nada. Sólo retumbaba allí como una hierba, como un animal más. En el fondo durante mucho tiempo no podía vivir tranquila, porque no me dejaba fluir. Siempre había una moral de magma, de escarabajo de Alicia, de ardor de vino tinto, de rito de fiesta o de velorio, obligándome a una puta ceremonia llena de leyes secretas e inconscientes, legislándome constantemente, contra mi gemido, mi vómito de ámbar, mi relincho. Vivía como un bisturí, sujeto siempre por una inquisidora mano. Estudiándome. Introspectándome. Planeándome en la exteriorización, en los pinchos del desierto, hacia el beso de la madre o del burdel. Atormentada por el peso de las palabras, porque las sombras eran largas o porque eran cortas, porque me llevaba a mí misma por ahí, como un alijo de huesos y de tambores. Con un perverso Hamelin adiestrándome las ratas. Buscando la conciencia, la percepción, puliendo el verbo, el llanto, la risa. Estaba muy enferma de la enfermedad de existir encuadrando mi existencia en un eco que me trajera de vuelta el corazón. Y he descubierto que es tan simple como ladrar. Echar afuera la patada, el rocío, las alondras, la pasión, la irracionalidad, el hambre, la rabia, la luz y el insomnio. Y que se joda el apuntador. Y que se joda el escenario.  Ser lo que somos, aunque salga un canto ácido y agónico, aunque se aplasten sapos sobre nuestras cabezas. Aunque salgamos sucios, mal avenidos, marginales y esdrújulos, bichos sin mundo. Ser en el cubismo sin preguntarse cubismo. Sin sacar fotografías. Sin hacer putas teorías. Sin aferrarse al timón, ni al sueño, ni a ningún horizonte. El empirismo resolverá en su instante presente, su poema, sin ley, sin patria.
He llegado al centro de la nada.
Por caminos muy retorcidos.
Perdí mucho sudor y sangre, en mi empresa, hasta que al fin, llegó el derribo y se esclareció el producto interior bruto al magma de las lagartijas.
Y en ninguna parte, cantó el jabalí, el resplandor del centro del universo. Y todos estábamos invitados. Y todos seríamos destruidos. Sin favores. Sin masturbaciones ni templos ni medallas, ni a la derecha del padre, ni por tu culpa por tu culpa por tu gran culpa. Ni misericordia. Ni de rodillas. Ni fruto. Ni de vuelta. Ni rezo. Ni hace falta que pidas permiso. Ni que toques a la puerta. Ni aquí vale nada lo que traes, ni nada te llevas. Ni te laves las manos. Ni te purgues. La nada te ama. El esperpento ríe monstruos en lo que te pertenece que es el fuego y la ceniza. 

Ya no te persignes.
Ya no te espejes.
Ya no te agarres.
Ya no te saques la mierda ni te aprietes el rayo del sol. 

Estás en casa amor.
En medio de la nada.
Eres bienvenido a la taberna del andrajo y la obsesión del humus y la llama.
Guárdate la función del producto, del causa-efecto, del dame y te doy, de la leche de la vírgen, del inventario, del tuyo y la digestión y la cloaca y la construcción.

No tienes qué hacer nada.
Es tuyo el reino.
Sólo haz lo que te pique. El escozor acabará desintegrando tus huesos. La muerte arrascará mucho más amante y ebria.

Ya estás en casa.
No busques más. Sólo canta y goza mientras dure.